La Cornuda Fiel Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Eres muy pesada preguntando. Cállate y lo verás.

Nos inscribimos, incluido Alonso, que después se fue directamente al bar del hotel, mientras nosotras subíamos solitas a la habitación.

Estaba intrigada, no voy a mentiros. El tiempo de espera en el ascensor me pareció eterno.

Por fin entramos en la habitación y la puerta se cerró tras nosotras.

Tenía una extraña mezcla de temor y excitación.

—Desnúdate —ordenó Nila.

Ella se fue directa al sillón que había en el fondo junto a una cómoda.

Cruzó sus piernas y no dejaba de observarme.

Su mirada se me clavaba en cada parte de mi cuerpo, como cuchillas.

Prefiero desnudarme ante un hombre. Por lo menos ellos te miran de modo lascivo.

Nila me miraba como una profesora evaluando cada centímetro de mi piel.

Lo hice lo más rápido posible, para que pasara pronto el mal trago.

Tanto pensar qué ponerme y no iba a durar ni medio minuto con ropa delante de ella.

Al fin, me quedé desnuda frente a Nila, tapando mis pechos y mi pubis con la mano.

—Ven, acércate un poquito más, cornuda. Y no te tapes, que no eres una monja.

Di un par de pasos, pero no aparté mis manos de donde las tenía puestas. Tenía la impresión de ser una pingüina.

—Aparta esas manos, o no continuamos. Quítate también esos tacones horribles, ¿Qué son? ¿Zuecos? Por Dios, quítatelos ya y estate descalza.

Lentamente me acomodé para quedar totalmente expuesta ante ella.

—Muy bien. Ves como es fácil. Ahora siéntate aquí a mi lado, en este taburete. No quiero que estés cómoda. Muy bien, buena niña. No cruces las piernas.

Tomó el teléfono y marcó el número de la recepción.

—Hola, buenas, soy de la quinientos seis. ¿Podrían traernos media docena de huevos?

—Pero qué coño, ¡No voy a meterme esos huevos por ningún lado!

—Cálmate, histérica, que no te los voy a meter por ningún sitio. Aunque para serte sincera, me gustaría metértelos por ese culo de niñata que tienes. Pero ya llegaremos a eso algún día. Por ahora, quédate quietecita, pronto vendrán con los huevos.

Pasaron unos minutos incómodos esperando.

Yo, evidentemente, no tenía el móvil a mano.

Allí sentada ante Nila intentaba mantener las rodillas lo más juntas que podía, mientras ella wasapeaba y tonteaba con su smartphone, hasta que por fin llamaron a la puerta.

Tenía la sensación de que si separaba unos milímetros las piernas, una piraña se me metería dentro a divertirse con mis carnes.

—¿A qué estás esperando? ¡Ve a por los huevos!

—Estoy desnuda.

—No me digas. Si no me lo dices ni me entero. ¡Ya sé que estás desnuda! Por eso mismo te ordeno que vayas.

—Me da vergüenza.

—Pues que no te dé. Toma, la propina —sacó de su monedero un billete de veinte euros y me lo extendió—, luego te lo incluiré en el precio del servicio.

Su mirada fulminante fue suficiente como para que me levantara y fuera hacia la puerta.

La entorné levemente y me puse a un lado, ocultándome con la misma puerta, para que el botones no me viera.

Saqué mi mano, cogí la media docena de huevos que venían en un cuenco de metal, le extendí la propina y cerré cuanto antes.

Seguro que aquellos huevos nos lo cargaban en la cuenta como si fueran de Fabergé.

Se los llevé diligentemente a Nila. Iba a sentarme, cuando me volvió a dar otra orden.

Últimamente se estaba poniendo muy mandona, o al menos, eso me parecía.

—Ve a por el vaso que hay en el cuarto de baño.

En cueros vivos tuve que ir al baño y traerle el puñetero vaso.

Entonces sí, volví a sentarme tal cual estaba.

Con mis tetas no había más remedio, Nila tendría que verlas, pero mi vulva procuraba tenerla cerradita por pudor.

Si hubiera tenido pegamento, me hubiera pegado las piernas para no separarlas ni un nanómetro.

Estar desnuda frente a ella. En cierto modo, me neutralizaba.

Nila era buena en el juego psicológico. Suelo ser altanera y bastante decidida, pero como el primer día que hablé con ella, no sé qué me pasa que me desarma.

—Buena chica.

Con su sonrisa, reforzaba mi comportamiento.

Estaba aplicando casi una terapia conductista.

Tenía la sensación de que me estaba domando.

Lo que no sabía es si aquello me gustaba o lo odiaba.

Lo que es cierto, era que me excitaba a nivel mental de una manera que no creí que pudiera alcanzar por el simple hecho de estar desnuda delante de una mujer.

—Háblame de la nueva novia que tiene mi semental.

Nila me miró fijamente y por un instante noté que era ella la que estaba temerosa. ¿Era cosa mía o al hablar de Alonso le había cambiado el rostro?

—Es una chica de veintitantos años. Bastante modosa. Trabajadora y muy limpia.

—Pareces que me estás vendiendo una mascota.

—En parte, es una pequeña mascota. Creo que ama a Alonso con locura. Siempre le da la razón.

—¿Tan rápido las enamora mi semental?

Que empezara a llamar a mi marido «su semental» me encantaba. Ese semental era mi esposo y no el de Nila, ni el de Nuria. El mío, y de nadie más.

—Bueno, tan rápido no. Lleva colada por él varios años. En las fiestas del despacho siempre se le ha notado mucho. Babea por Alonso. Pero Alonso nunca le ha dado bola. Ya sabes, los hombres a veces no se enteran de nada.

—No creí que fueses tan ingenua, cornuda.

La muy puta se reía en mi cara.

—¿Qué dices?

—¿Crees que Alonso no se daba cuenta de que una tía se le insinuaba?

—Pues no, no se daba cuenta.

—Deja de mentirte a ti misma y de contarte cuentos, Loreto —ya no era la cornuda, menos mal—. ¿Crees que un hombre al que se le insinúa una joven guapa no iba a darse cuenta? Alguna vez te habrás insinuado, ¿no?

Asentí con la cabeza.

—Alguna.

—¿Y, ese hombre al que te insinuaste, se dio cuenta?

—Sí, pero no le des vueltas. Cada una somos distinta.

Tú, con perdón, eres puta, así que si eres mala insinuándote apaga y vámonos.

Te quedas sin negocio. Y yo no tengo filtro, así que cuando me he querido insinuar te aseguro que el maromo se ha enterado de mis insinuaciones, porque soy poco sutil.

Pero Nuria es un caramelito, una muñequita.

Siempre temerosa. Si hasta tiene vaginismo y le cuesta meterse la butifarra de Alonso, por Dios.

—Piensa lo que quieras.

—Faltaría más.

Sí, pero la cabrona de Nila ya había introducido el virus en mi coco. ¿Le habré estado sirviendo mi marido en bandeja de plata a Nuria?

—Y esa Nuria, ¿cómo folla?

—De pena, la verdad.

No era del todo cierto, pero no iba a defender a mi competidora.

—¿Y se lo traga?

—¿Que si se lo traga?

—Sí, cornuda, sí, que si se ha tragado la leche de tu marido.

—Pues sí, sí que se ha metido el batido de proteínas de Alonso entre pecho y espalda.

—Ves, por eso tienes a tu marido cabreado.

Nila estaba al corriente de nuestra pelea de pareja. Quedaba anotado.

—No te metas en cosas de nuestra relación que no tienes ni puta idea. Alonso y yo hemos discutido por otras cuestiones. Reconozco que, a veces, puedo ser un poco cargante, pero también veo que Alonso se está volviendo cada vez más insensible conmigo.

—Tragarse la corrida de tu hombre es signo de amor.

—¡Qué coño va a ser signo de amor! Te gusta o no, lo haces o no, pero el amor no tiene nada que ver.

—Tranquilízate, Lore.

Respiré profundamente varias veces hasta que me tranquilicé.

—Vale, ya estoy tranquila.

—Tragarse la corrida de un hombre es un acto muy íntimo —me estaba adoctrinando, y yo, me dejaba adoctrinar fascinada por las explicaciones de Nila—.

En pocos minutos algo que ha estado en el interior de tu hombre pasa a estarlo en tu interior.

Los penes siguen pegados a sus dueños, pero ese líquido pasa de uno a otro.

Por eso es un signo de respeto tragarse el esperma de quien amas. Escupirlo indica desprecio.

—A ver, ¿tú te lo tragas?

—No, yo solo me tragaría la corrida de un hombre si lo amo.

—¿Entonces no respetas a tus clientes?

—Jamás he escupido las corridas, Lore. Simplemente dejo que eyaculen en los sitios que más les guste, pero no lo escupo, y menos delante de ellos. Si alguna vez han acabado en mi boca, procuro expulsarlo discretamente cuando no me vean.

—Di lo que quieras, pero no creo que nuestra pelea sea por eso. Alonso no es tan infantil.

—Sigues siendo una ingenua, Loreto. Tan lista para unas cosas, y tan tonta para otras.

—¿Qué me quieres decir?

—Pues claro que no ha sido exactamente por no tragártelo. Eso es la punta del iceberg. Eres una mandona. Estás anulando la masculinidad de Alonso.

—Alonso nunca ha sido un machirulo.

—Tal vez deba serlo.

—¿Cómo?

En vez de una sesión con una prostituta me parecía que estaba en el psicoanalista.

—Tal vez machirulo no sea la palabra. Cambiemos machirulo por un hombre decidido, empoderado. Debes dejar que Alonso alcance su potencial como varón. Lo estás castrando.

—No voy a enfadarme, porque he prometido tranquilizarme, pero dejar que folle con otras no creo que sea precisamente «castrarlo».

—Lo es, si eres tú la que manda. Si eres la que pone reparos. Si no te entregas completamente.

—Pero yo no mando, siempre consensuamos las cosas.

—Así no funcionan las parejas, cornuda. Y lo sabes. Siempre hay quien acaba imponiéndose, a pesar de que se llegue a un acuerdo. Hay acuerdos y acuerdos. Sincérate de una maldita vez y dime la verdad.

Silencio incómodo en el que Nila aguantó la mirada esperando que me abriera. No de piernas, sino del corazón.

—La verdad es que suelo manipularlo un poquito para que haga lo que quiero. Sé sus puntos débiles y consigo hacer con él lo que deseo.

Las palabras no querían salirme. Estas han sido las frases que más me han costado pronunciar en toda mi existencia. Casi no tenía voz para proferirlas, para reconocer que, bajo una fachada de consenso de pareja, siempre me gustaba llevar la voz cantante.

—Ves, ¿no ha sido tan difícil?