Capítulo 14
Capítulo
«No existe “a tu manera”. Eso ya se acabó. Debes dejar volar a Alonso»
Cuando Nuria y Alonso acabaron de follar tuve que esperar un buen rato para salir de mi escondrijo en el segundo baño.
Estuvieron charlando después del polvo en mi propia casa.
Me hubiera gustado seguir la charla, y poder narrárosla, pero estaba un poco desquiciada por lo ocurrido y seguía dándole vueltas en mi cabeza que no paraba de ir de una idea a otra sin control de ninguna clase.
Si todo hubiera salido como lo planeé seguro que, a aquellas alturas, ya me habría corrido varias veces.
Puede que, incluso, hasta con la conversación postcoital que mantuvieron mi marido y su amante me hubiera calentado.
Pero Nuria me había sorprendido, la verdad.
Se había dejado follar con el coño dormido por aquel lubricante anestésico, sabiendo que no obtendría placer alguno, sólo para dárselo a mi marido.
Eso me dejaba a mí en muy mal lugar, la verdad.
¿Cómo podría competir con mis dos corneadoras?
Nila era una profesional, y era la culpable de que Alonso se estuviera comportando cada vez más como el macho de un harén, que como mi dulce esposo.
Tenía a mi favor que era puta, el día en el que me la quisiera quitar de encima, sólo tendría que dejar de pagarle.
El problema con Nuria era distinto. Humilde y trabajadora era, en buena medida, lo contrario a mí en su forma de ser.
Junto a Alonso, siempre parecía una corderita.
Lo miraba con ojitos de niña fascinada por su maestro, y le llevaba siempre la corriente.
Cuando por fin Nuria se fue de casa, y pude salir, el ambiente estaba totalmente enrarecido.
—¿Por qué coño has hecho eso?
—¿El qué?
—Follar en la habitación. Dijimos que nada de follar en nuestra habitación.
—Perdona, pero no «dijimos» nada. Fuiste tú la que lo dijiste.
—Sabías que la cámara estaba en el salón. Lo has hecho a propósito.
—Claro que lo he hecho a propósito. ¿Te acuerdas de lo que discutimos al principio?
No sabía a lo que se refería.
—¿Qué?
—Que esto era cosa de los dos, que los dos tendríamos que disfrutar. Pero siempre se trata de ti y tus fantasías.
—Para el carro, para el carro. ¿Acaso no te la chupé en los probadores? Se supone que esa era tu fantasía.
—Después de tenerme toda la santa tarde como un tonto dando vueltas por las tiendas de ropa. No fue cumplir una fantasía, fue un chantaje.
—Eres mayorcito. Ya tienes los huevos negros como para dejarte chantajear —más bien afeitados, pero no era momento de tecnicismos jurídicos—. Cada uno sabe muy bien lo que hace.
—Exacto. También tú. Primero, te pusiste pasiva-agresiva hasta que me revelaste que te gustaba que te pusieran los cuernos.
Luego, nos metemos en esta aventura y esperas que a mí no me afecte, que siga siendo tu angelito.
Pues no. Has querido que folle con otras, y me follo a otras, pero no esperes que eso no me afecte, porque me afecta.
—No te me hagas la víctima, Alonso, que no cuela.
—No he dicho que sea una víctima.
—¿Y entonces? ¿Cómo te afecta? —pregunté.
—Loreto —uff, cuando me llama Loreto es mala señal—, pues porque Nuria no es cualquiera, la conozco del trabajo. Ya la conocía. Me importa.
—¿Te importa? —la conversación no mejoraba.
—Sí, es buena chica. Me gusta su forma de ser. Es distinta a ti. Es dulce.
—Pues fóllate a una piruleta. Seguro que hacen de esas muñecas de látex sabor a fresa para pervertidos. Ya hay de todo.
—Es imposible hablar contigo con un mínimo de seriedad. Siempre con ese sarcasmo, con esas bromas. ¿Por qué has tenido que hacer ese comentario?
—Pues porque me ha jodido, la verdad. Es como si dijeras que estar con ella es mejor que estar conmigo.
Alonso enmudeció y me miró fijamente. Yo también me callé, porque sabía que de lo que dijera a continuación, dependería nuestro matrimonio.
—Ni mejor ni peor. Diferente.
Maldita labia de abogado. La ambigüedad precisa para que el proceso siga su curso sin afectarle a él, pero dejando a la contraparte sin posibilidad de réplica. De alguna forma, en mi fuero interno, acepté la respuesta porque quería creer que era sincero.
—Vale. Te comprendo. Perdona mis comentarios, ya sabes cómo soy. Acepto que ella tiene cosas que te puedan resultar más atractivas que las mías.
—No me estaba refiriendo a lo sexual.
Hubiera preferido que se refiriera a lo sexual. Yo era fuerte y lo sexual, creía, podría soportarlo.
—Como quieras —le dije—. Acepto que hay cosas de su forma de ser que te resultan más cómodas.
Es la razón por la que mucha gente tiene un perrito en vez de un hijo.
Un niño puede mandarte a la mierda. El perrito, sin embargo, siempre será un animal domesticado, subordinado y sumiso. Eso es lo que quieres tú, una mascota.
Alonso desconectó con mis excesivas explicaciones.
—Otra vez has vuelto a insultar a Nuria.
—Es lo que pienso. Te gusta porque es tu perrita faldera.
—Bueno, tal vez sea eso lo que quiera. ¿No lo habrías pensado?
—¿Un monigote como pareja en vez de una persona?
—No, Loreto, no. Una pareja con la que no tenga que estar haciendo un conflicto de todo a cada rato. Una persona con la que pueda descansar a su lado y no sentirme examinado a cada momento.
—No sabía que pensaras eso de mí.
—Ahora ya lo sabes. Voy a ducharme.
—Espera. Se supone que tengo que chupártela. Tengo que cumplir con Nila.
—¿Ahora te importa? Ya te saltaste las normas de Nila, así que poco importa si ahora me la chupas o no. Además, no tengo ganas.
Y se fue a la ducha, dejándome allí preocupada. Mañana, era día festivo y teníamos sesión con Nila. ¿Qué sorpresa me tendría preparada? Rezaba por que fuera algo que reactivara mi relación con Alonso, y no la hundiera más en las arenas movedizas en las que se encontraba nuestra vida.
—o—
Nos despertamos la mañana siguiente como si fuéramos eficientes autómatas.
Nada más levantarnos, desayunamos algo liviano.
Nos dimos la ducha pertinente y nos preparamos para la sesión que íbamos a tener con Nila.
Apenas nos hablamos salvo para darnos indicaciones neutras del tipo «¿dónde has colocado la pasta de dientes?
», «¿queda pan de molde en la nevera?». Alonso acabó pronto de prepararse.
Yo necesitaba más tiempo. Ya había quedado en ridículo comparándome con Nuria, y ahora tenía que intentar quedar bien ante Nila.
En principio, había pensado en mis pantalones vaqueros, pero los descarté.
Mis antiguas minifaldas quedaban también excluidas.
No quería llevar falda larga. No soportaría quedar como la mojigata ante mi corneadora.
Al final, volví a ponerme la faldita con godet, pero ahora quería llevar unas medias.
Casi todo lo que tenía eran pantis, por cuestión de comodidad.
Rebusqué entre mi ropa interior. Encontré unas medias satinadas que ya estaban con agujeros.
«¡Mierda!». Encontré otras blancas, que no pegaban con la falda.
Por fin, di con unas que me quedaban un poquito más grandes de lo normal.
No eran mías; eran de alguna de mis amigas del grupo, pero ahora no recordaba de quién eran ni el motivo por el que yo las tenía allí.
Me las traería confundidas en algún bolo.
Para el caso daba igual, me las puse aunque, en vez de a mitad de muslo, me acabaron llegando casi al culo.
Lo importante era que ya tenía mis medias y las acompañé para la ocasión con los zuecos de tacón más elegantes que tenía.
Llevar zuecos con las medias era una combinación inusual que implicaba decisiones arriesgadas.
Pese a mi inseguridad inicial, conseguí un conjunto bastante mono.
Cuando acabé de maquillarme, y acomodarme la blusa, Alonso ya me estaba esperando en el salón entretenido con el móvil.
—Ya estoy.
Esperé algún gesto de cortesía, pero no respondió nada.
Apenas gesticuló. Se levantó y los dos fuimos hacia el coche para ponernos de camino al hotel.
Alonso conducía mientras yo fingía retocarme mirándome al espejo.
Una vez en el vestíbulo, decidimos esperarla antes de registrarnos.
Quería decirle muchas cosas a Alonso, pero él seguía tonteando con el móvil. Malditos trastos.
De cualquier forma, no tuvimos que esperar mucho.
Nila entró como siempre lo hacía. Regia como una emperatriz.
La muy puta ahora se había puesto un vestido con una falda midi muy ceñida y una pequeña raja al costado a través de la cual su pierna se asomaba de vez en cuando al andar.
Tacones pumps del mismo estilo. Parece ser que ella y yo teníamos nuestras manías propias con los zapatos.
—Buenos días.
Nos saludó acercándose directamente a Alonso, dándole un beso en la boca. Más que un pico, menos que un morreo. Algo casi de pareja. Yo me tuve que contentar con los besos protocolarios en las mejillas.
—¿Qué tal tu hermana? —preguntó Alonso. No tenía ni idea de que Nila tuviera una hermana, ni menos que estuviera mal.
—Bien, ya te lo dije en el mensaje, al final fue benigno.
—Me alegro.
—Gracias.
Yo era una mera espectadora de aquel diálogo de parejita feliz. En lo de que follaran, no tenía problemas. Pero con esto de las relaciones más allá de lo físico, los celos comenzaban a carcomerme de una forma que no me parecía sana.
—Dime, cornudita, ¿has cumplido con lo que te ordené?
Parece ser que ya estábamos metidos en el juego. ¿O ya no era un juego?
—Completamente no, pero mira, la verdad es que...
—¡Cállate! No quiero escuchar excusas. No me interesan.
—Pero es injusto —tuve que insistir—, no las he cumplido por buenos motivos.
—¿Crees que me importan tus motivos de niña mimada? Alonso, quédate aquí como hemos acordado.
—Aquí estaré. Me tomaré algo en la barra.
A ver, a ver. Estos ya habían pactado algo. Seguramente, sería lo que Alonso andaba tecleando en el móvil.
—¿Qué vamos a hacer? ¿Por qué Alonso no viene?