Capítulo 13 #5
Siempre obediente, Nuria separó los labios y mi marido le colocó el preservativo con cuidado. No lo podía ver perfectamente desde la pantalla, pero pude observar claramente cómo lo acondicionaba entre sus labios poniendo la punta del condón mirando hacia el interior de su boca.
—Ahora te agachas y con cuidado mueve los labios y la boca hasta que entre todo el capullo. Luego, con las manos, vas desenrollándolo.
Así lo hizo, cumpliendo como una buena alumna. Cuando acabó de ponérselo, se la mamó un poco con la goma puesta. Tras unos minutos, se levantó de nuevo.
—Fóllame, chiqui, lo necesito.
Alonso le pasó una mano por la cintura.
—Ven, vamos a la habitación.
Eso no era lo acordado. No era lo acordado.
Me estaba desesperando, porque si follaban en nuestra habitación, no podría ver nada.
Estaba claro que Alonso me estaba castigando.
Busqué en el baño hasta que encontré un pequeño espejo de maquillaje.
Otra cornuda puede que se resigne, pero yo no me quedo sin ver lo que pasa.
Abrí la puerta con sigilo, y descalza, fui lentamente andando hacia la habitación matrimonial.
Mi habitación. Nuestra habitación. El lugar en el que Alonso se iba a follar a la niñata del catering del café de culo de mofeta.
Estaba cabreada, pero extrañamente caliente por el cambio de planes.
Por lo menos, Alonso había tenido la decencia de dejar la puerta abierta de par en par.
Me coloqué en el borde para que no pudieran verme.
Los podía escuchar perfectamente. Ver era algo más difícil, pero algo veía.
—No te cortes, Alonso. Nunca, ningún hombre, ha acabado de follarme en condiciones.
—¿Eso qué quiere decir?
—Que me la metían, pero tenían que salirse. Era penoso. Pero ahora es como si no tuviera coño, como si la entrepierna me flotara. Quiero sentir tu cuerpo encima de mí, porfa.
Demasiadas explicaciones, niña. Follad ya o jugad al parchís, pero haced algo que se me estaban enfriando los pies allí encorvada y descalza.
Alargué el espejo y los pude ver. Ella había separado las piernas.
Ya no llevaba los mules —mis mules—, ni las bragas.
Sólo mostraba su vulva, que todavía tenía incorporada el dilatador.
Alonso lo sacó, y lo dejó a un lado, mientras se agarraba la polla con una mano acercándose a Nuria.
Colocó su capullo, encapuchado con el preservativo, a las puertas vaginales de Nuria.
Lo fue introduciendo poco a poco, preguntándole qué sentía cada vez que alojaba un nuevo centímetro en ella.
A cada pregunta, Nuria repetía que «nada».
Hasta que, por fin, Alonso se la clavó enterita.
Ella, ahora, lo abrazó con los pies y comenzó a acariciar el culo de mi marido.
—No tengas miedo —le dijo a Alonso.
Y Alonso, efectivamente, no tuvo miedo. Comenzó a moverse.
Al principio, con lentitud y cuidado, hasta que confirmó que, efectivamente, Nuria no sentía nada.
Y entonces, aceleró a ritmo frenético. Temí que la fuera a partir en dos.
Escuché cómo crujía nuestra cama. La respiración de Alonso era inconfundible: le estaba gustando mucho.
Repetía sonidos como «sí, sí» mientras se la follaba sin compasión.
Su culo subía y bajaba entre las piernas de Nuria mientras ella gritaba que no se detuviese.
Que siguiera, que lo necesitaba, que lo necesitaba demasiado.
Yo, en el fondo, la comprendía perfectamente.
No estaba sintiendo placer en su entrepierna, pero tampoco dolor.
Hay muchas formas de sentir a un hombre, y poder rodearlo con tus piernas, y saber que eres la causa de su placer, es una forma que tenemos las mujeres de sentirnos poderosas.
Y Nuria se sentía así. Nunca antes lo había sentido y, por eso, con aquel polvo no tendría un orgasmo normal, pero su mente disfrutó de una suerte de orgasmo psicológico más placentero y duradero.
Alonso resoplaba y seguía follándosela. Yo me debatía entre la excitación y los celos.
Quise masturbarme. Durante un tiempo lo conseguí escuchando los gritos de Alonso, pero la envidia hacia Nuria me paralizaba.
La cama seguía crujiendo. Miré de nuevo por el espejo y ahora sólo veía los pies de Nuria moviéndose sobre el culo de Alonso.
De pronto, Alonso pegó un grito tremendo.
Retumbó la casa. Pareciera que hubiese estado sin correrse tres meses.
Pero no había estado tres meses sin follar.
Era Nuria quien había provocado ese orgasmo en mi marido.
Quien había exprimido sus pelotas como yo no había podido hacerlo.
Ni yo, ni esa prostituta de Nila. Esta niñata me había demostrado ser toda una mujer y eso me inquietaba.
Me volví a mi escondite a la espera de que todo pasara.
Encerrada en aquel baño, me comía el coco.
¿Sería todo cosa de mi imaginación? ¿Estaría Alonso fingiendo?
Por extraño que parezca, sentí vergüenza y temor de preguntarle eso a mi marido, porque tenía miedo de la respuesta.