La Cornuda Fiel Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—Creo que te quedará bien la ropa de Lore.

¡¿Cómo?! Eso no era lo planeado. En nuestro dormitorio no debería entrar.

—Ella tiene más cuerpo que yo.

Espera un momento, ¿he entendido mal o me ha llamado gorda?

—Ésta de aquí, al fondo del armario, es la ropa que ya no se pone.

—¿Seguro que no se dará cuenta? No quiero líos.

—No, esta ropa ya no la utiliza. No sé ni por qué la tiene.

Claro que me daría cuenta. Me daría cuenta de todo.

Pero Nuria estaba atontada por las hormonas del amor y no razonaba bien.

Quería creer lo que Alonso le dijese. Pasaron unos minutos hablando de mi ropa, seguramente probándose cosas.

Mis cosas. Luego le enseñó la casa, muy por encima.

Los hombres son básicos para estas cosas del espacio.

Ni se acercaron a la puerta del baño en el que estaba.

Nuria tampoco mostró mucho interés por conocer la casa en profundidad.

—Aquello es el segundo baño, pero lo tenemos cerrado porque no nos hace falta, una preocupación menos que tenemos.

Nuria lo único que hacía era asentir a las palabras de mi esposo.

«Qué lindo cuarto», «Qué bien rematada está la solería», «Muy espacioso».

Y todo así. Eso sí, ahora ya no llevaba las zapatillas de deporte, sino unos tacones porque escuchaba perfectamente cómo su eco se desplazaba por todo el edificio.

Cuando por fin la vi aparecer en pantalla, Nuria llevaba puesta una de mis minifaldas de juventud, de aquellas que ya no me podía poner.

Sin embargo, no tomó nada mío para ponerse en la parte de arriba.

La muy picarona había tomado una camisa de Alonso, se la había arremangado, y recogido de tal forma que dejaba su ombligo al aire marcando sus tetas.

Verdaderamente, estaba muy sexi con el aire informal que le daba la camisa masculina remetida marcando un increíble vientre junto a unas piernas resaltadas por las mules que me había arrebatado.

Iban a juego con la falda, y no tenían mucho tacón —cinco o seis centímetros—, pero el culete respingón, y la sonrisa, la hacían muy seductora.

Alonso se la comía con la mirada y yo me comía la pantalla del móvil maldiciendo el momento en el que no elegí poner la aplicación en una tablet para no dejarme los ojos inspeccionando cada detalle.

«Cuando quiere, esta chica tiene estilo», pensé mientras ella estaba plantada de pie en mitad del salón esperando.

En verdad, son curiosos los ritos de apareamiento.

Nuria se había vestido sabiendo que se desnudaría al poco rato.

No le importaba vestirse de aquella forma para complacer a su hombre, que además, también era el mío.

Alonso la agarró por la cintura y la besó en la boca. Ella correspondió dejándose comer la boca. Me fijé en el ritmo de la respiración, en su pecho que marcaba el aumento de los latidos. Estaba a mil por horas. Sería mejor que se tranquilizara o de allí la tendríamos que llevar al hospital.

—Perdona, Alonso —se retiró del beso—, pero me es muy difícil hacer el amor.

«Se dice follar, niña. ¡Follar!», me estaba cabreando esa actitud pueril.

—Ya me di cuenta. ¿Pero no has tenido novios? Supongo que habrás estado con chicos.

—Sí, pero no estaban tan bien dotados como tú y me he aguantado. La de mi último novio era como un dedo tuyo —«Hija mía, has mejorado con el cambio», comenté desde mi escondrijo—. Y otras veces me ha dolido mucho. Con otros, al final, lo he dejado, pero tú me gustas de un modo especial.

Sinceramente creía, y todavía hoy lo sigo creyendo, que aquello eran medias verdades. Pero, en fin, cada cual que se cuente las milongas que quiera para autoconvencerse.

—Tranquila, que lo tengo todo previsto. Agáchate y chúpamela.

Se lo soltó así, a saco. Y Nuria, como si fuera lo más normal del mundo, ni se inmutó.

Como si fuera la orden que estaba deseando escuchar nada más entrar, se puso en cuclillas y bajando la bragueta escarbó en los pantalones, hasta que sacó la tremenda tranca de Alonso, que empezó a chupar.

Lo hacía muy bien. A mí me estaba costando aprender a mamar en condiciones y ella parecía que ya lo tenía todo aprendido.

Sus movimientos de cuello, su succión, la posición de sus labios.

Todo para darle placer a Alonso, que la sujetó de la cabeza y le marcó el ritmo.

—Sin las manos —le conminó Alonso.

Ella obedeció, y se agarró a las piernas de mi marido, sin dejar de succionar en la cadencia que Alonso le marcaba.

Chupando de aquella forma pasaron los minutos.

Nuria aguantaba perfectamente. No protestaba.

No hacía pausas. Simplemente contentaba a Alonso con su boca, una y otra vez.

Ahora sí, empecé a calentarme viendo aquella escena desde el ángulo elevado que proporcionaba la cámara.

Como sólo estaba en bragas, y con una camiseta en el cuarto de baño, lo tenía fácil.

Me las quité y comencé a acariciarme el coño de la forma que me gusta, intentando que el ritmo de mis dedos sobre el clítoris coincidiera con la cadencia de la mamada que tan bien estaba haciendo Nuria.

Alonso aguantaba impasible. Vi que estaba disfrutando, controlando totalmente la situación. Levantó a Nuria y la sentó en el sofá.

—Súbete la falda. Vamos a probar algo.

Mi esposo sacó el kit de dilatación, y el lubricante de una bolsa estratégicamente situada detrás del sofá.

—Es para dilatarte.

Nuria se encontraba entre medio asombrada y medio asustada. Se le notaba en la cara que no sabía si aquello iba a gustarle mucho o disgustarle bastante.

—No sé, Alonso.

—Tranquilízate, que yo estoy aquí contigo. No haremos nada que no quieras, pero me gustaría poder follarte algún día como es debido.

Palabras mágicas. Nuria, que ya tenía la falda recogida, abrió más las piernas aunque por la expresión de su rostro se veía que las dudas no habían desaparecido.

Le tenía que gustar mucho mi marido para dejarse hacer aquello.

Alonso había desprecintado la caja y la había abierto delante de ella, que observaba con ojos abiertos todo el arsenal de dilatadores.

—Tienes que llevarlos todo el tiempo que puedas y, poco a poco, irás dilatando, cambiando a los dilatadores de más tamaño y relajándote. Verás como lo consigues. Dime exactamente cuánto te duele normalmente. Por ejemplo, durante el concierto, cuando te la metí, ¿cómo fue?

—Al principio, cuando me introducías el pene el dolor no era tanto, pero conforme te movías aumentaba y se hacía muy incómodo. Me dolía más.

—Es porque te tensas mucho. Es un círculo vicioso —más bien un círculo casto, pero no iba a corregir a Alonso—, en el que sientes molestias, te pones nerviosa, te tensas, no lubricas y sientes más molestias y te pones más nerviosa y así…

—Eso.

Parecía feliz por aquella explicación. Que Alonso la comprendiera debía ser importante para ella.

—¿Cómo la tenía tu novio?

Le enseñó el kit como si fuera una caja de bombones. Nuria no dijo nada y señaló el segundo más pequeño. Mi marido lo tomó y abrió uno de los sobres que traía el kit. «¡Ese no! ¡Te lo he explicado mil veces!», le grité en mi mente sin poder hacer mucho más que mirar la pantalla.

—Chiqui, este lubricante es anestésico. Muy potente. Hará que no te duela el dilatador. Este otro, es un lubricante relajante muscular. Ayuda a dilatar, pero puede que te duela si no estás acostumbrada. Por eso empezaremos con el anestésico.

Alonso le había retirado las bragas y había comenzado a masturbarle el clítoris con movimientos suaves. Ya tenía embadurnado el dilatador. La estaba preparando. ¿A qué esperaba?

Mi esposo se arrodilló y fue besando, poco a poco, los muslos de Nuria.

Supe hacia dónde se dirigía perfectamente.

Al poco, vi desde el ángulo que permitía mi cámara, su cabeza entre las piernas de ella.

Unas piernas que mantenía abiertas, pero que fue cerrando poco a poco hasta colocarlas encima de los hombros de mi marido, que continuaba comiéndole el coño con fruición.

Los sonidos eran inconfundibles: le estaba gustando igual que me gustaría que me lo hicieran a mí.

Pero ahora era ella la que disfrutaba de su lengua, mientras yo tenía que contentarme con toquetear mi coño.

La estuvo lamiendo, acariciándole con la lengua su punto de placer mientras el mío permanecía aquí solito.

No puedo decir que no tuviera celos. Los tenía.

Y a la vez me excitaba, y estaba muy caliente.

Tuve que dosificarme porque no quería correrme rápido. Quería hacerlo cuando lo hiciese ella.

Alonso se detuvo. Tomó el dilatador con una mano, y con la otra vi perfectamente desde mi ángulo cómo le abría los labios vulvares.

—Dime si te duele.

Nuria asintió con la cabeza sin decir nada, mientras mi marido iba introduciendo el dilatador, poco a poco, hasta que llegó al fondo y se detuvo. Le noté en la cara que estaba conteniendo la respiración.

—¿Ahora qué hago? —preguntó ella mirándose el coño cuando ya tenía todo el dilatador introducido. Miró a Alonso con una sonrisa cómplice que me traspasó el alma.

—Ahora vas a correrte antes de que el anestésico te haga efecto.

Volvió a bajar a su entrepierna para proseguir comiéndole el coño. Tuve que mantenerme alerta porque me sentía profundamente perturbada por una mezcla explosiva de amor y odio. Toda la escena me estaba gustando demasiado; me masajeaba el clítoris esperando el momento para acelerar.