La Cornuda Fiel Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Mientras me buscaba el kit dilatador, me puse a rebuscar en la cesta que me señaló llena de calcomanías.

Escogí tres que me gustaban, uno muy especial para cornudos que esperaba utilizar cuando tuviera ocasión y otros más convencionales.

Cuando entró con la caja, no pude resistirme a preguntarle por los tatuajes temporales.

—Veo que tienen la pica con la Q. Siempre cosas de cuckold. ¿Y el de las cuckquean?

Ya sabéis, el símbolo de Venus típico del sexo femenino con unas astas de ciervo.

—No lo tenemos aquí, pero hacemos tatuajes temporales por encargo.

—Vale, pues encárguame unos cuantos.

—Los hacemos en pack de cinco.

—Pues un pack para probar, por si me gustan.

Ya me imaginaba utilizándolo en alguna ocasión.

Me tomó los datos para avisarme cuando estuvieran, pagué y me volví al coche toda ufana. La mañana había sido productiva.

—o—

Ese lunes, el almuerzo entre Alonso y yo fue tenso.

Por la tarde, vendría Nuria y quería explicarle todo a Alonso para dejárselo clarito.

Lo de los dilatadores, los lubricantes, dónde debían hacerlo y cómo hacer que yo pudiera ver mejor con mi reloj espía recién comprado.

También había llamado a Kata para darle el día libre.

No necesité darle ninguna excusa, ¿quién va a decirle que no a un día remunerado sin trabajar?

Eso sí, iba sumando mentalmente, y me parecía que mis cuernos estaban saliendo a precio de oro entre unas cosas y otras.

—Ya me lo has dicho por lo menos tres veces. ¿Te piensas que soy tonto?

Alonso estaba visiblemente disgustado conmigo, algo inusual en él.

—¿Qué te pasa, cari?

—Es que parece que me tratas como a un retrasado.

—No era mi intención, es que quiero dejarlo todo...

—Ya sé lo que quieres. Te gusta controlar cada cosa. A veces, me pones de los nervios.

—No será tanto —advertí.

—¿Qué no?

Paré de comer porque Alonso estaba bastante cabreado.

—¿Qué te pasa? —insistí.

—Mi colección de cedés.

Era eso. La maldita colección de cedés. Los hombres siempre marcando su territorio y meando en él para que otros no lo toquen.

—¿Todavía estás con eso?

—Sí. No sólo los quitas del salón, que bueno, eso puedo tolerarlo.

Pero los metes en cajas sin ordenar ni siquiera, y ahora si quiero buscar uno, no sé dónde coño está el puto cedé.

Además, las he revisado por encima y hay muchas carcasas rotas que no había.

A tomar por culo mis cedés por la puta cara.

Cuando soltaba tacos es que estaba enfadado de verdad.

—Pero si no escuchas esos discos. Estás con el streaming.

—Sí que lo hago. Ves, a eso me refiero. Sólo piensas en ti. Como tú no los escuchas, o no los escucho contigo, pues nada, nadie los escucha. Tengo cedés que no están en streaming. Algunos son maquetas de compañeros de la Uni y cosas raras que he conseguido por ahí…

—Bueno, pues perdona cari, no sabía que ibas a ponerte así.

—Ya no importa. Siempre vas a hacer lo que te dé la gana. ¿Me equivoco?

Me quedé con la cuchara a la puerta de la boca sin saber qué decir.

—¿Tan mandona me ves?

—Sí.

—Eso puedo compensártelo.

Dejé los cubiertos y me quité la camiseta quedándome en sujetador. Iba a seguir mostrándole mis tetas, acercándome a él, cuando me detuvo.

—¿Qué haces?

—Puedo chupártela ahora si quieres. Ya sabes que la profe Nila me puso tarea.

—Anda, vuelve a tu sitio y ponte la camiseta de nuevo.

—Me paró en seco y cortó mis intenciones—.

A esto, precisamente, es a lo que me refiero.

Planeas las cosas y tienen que ser como tú dices.

Que si le haga esto a Nuria, que si le haga lo otro, que si no hagas esto…

hasta las improvisaciones como ahora tienes que ser tú la que lo proponga.

—No me hagas hablar de iniciativa porque no he sido yo la que te ha depilado completamente las pelotas. ¿Fue idea tuya eso también o de Nila?

—De Nila.

Ahora era Alonso quien pasó a tener vergüenza.

—Nila o yo, yo o Nila… al final somos las que decidimos. Asúmelo, que no pasa nada, y no vayas de machirulo.

—Por eso me gusta Nuria.

Ah, caramba. Ahora vino lo bueno. Aquí era a dónde quería llegar Alonso y no se atrevía a decírmelo directamente.

—¿Qué significa que «te gusta» Nuria?

Esto de que verbalizase que le gustaba otra, no terminaba de convencerme. Vamos, que estaba en la mismísima línea que separa lo que me excitaba y lo que me disgustaba.

—Pues que me gusta estar con alguien que intenta agradarme todo el rato para variar.

—Es parte del enamoramiento de la chiquilla. Ya se le pasará el encoñamiento.

—Lo que sea, no quiero que le hagamos daño.

Tanto reparo con la niñata empezaba a mosquearme, la verdad.

—Nadie la ha obligado a nada, ni hemos hecho nada malo.

No he sido yo la que la hizo ir al Strada a saborear el jugo de tus pelotas.

No te me pongas moralista a estas alturas porque aquí, todos, incluida ella, ya somos mayorcitos y sabemos lo que queremos.

Y si no lo sabe, pues que espabile un poquito, que le vendrá bien.

—Ya, bueno. Lo que sea.

Y Alonso se marchó habiéndome dado la razón como a los tontos. No me gustaba la situación y fui tras él.

—Alonso, ¡Alonso! ¿Te pasa algo?

—Nada, deben ser los nervios.

Me dio un beso rápido y entró en el servicio. Aquello sonaba a excusa, pero el tiempo pasaba y tenía que preparar las cosas.

Comprobé otra vez más que la cámara del salón funcionaba y tenía buen ángulo.

Hice pruebas de sonido a ver si algo se acoplaba y podría fastidiarme la sesión.

Todo funcionaba genial. Juanito había hecho un buen trabajo.

Por cierto, ¿no estaría Alonso así a causa de la paja que hice al nerd en la tienda?

Salí en busca de mi esposo para un nuevo interrogatorio.

—No estarás cabreado por la paja que le hice al chiquillo de la tienda, ¿no?

—¿Qué? ¡No! ¿Crees que me importa una mierda que se la cascaras a un pajillero? Estará toda su vida machacándosela pensando en ti.

No sabía cómo tomarme aquello. Alonso me estaba inquietando con su forma de encararme.

Reconozco que me hubiera gustado que sintiera unos poquitos de celos.

Pero vi en su rostro que de verdad no le importaba que se la hubiera pelado al chiquillo.

Iba a continuar mi interrogatorio cuando un wasap oportuno nos interrumpió.

—Es Nuria, ya está llegando. Me lo ha mandado desde un semáforo.

Iba a hacer un chiste sobre la capacidad de escribir novelas en el tiempo de los semáforos, pero no había tiempo.

Cada uno a nuestras posiciones. O mejor dicho, yo a mi posición.

Había montado mi cuartel logístico en el otro cuarto de baño que teníamos.

Nuestra casa tiene dos baños. Por comodidad, tenemos uno cerrado que no utilizamos.

Prefería que Kata se dedicara a otras cosas de la casa.

Pero para la tarea de espía aquel cubículo me venía genial.

Me encerré allí y me coloqué los auriculares.

Revisé la aplicación del móvil de nuevo.

Todo funcionaba perfectamente. Salvo Alonso, del que no tenía muy claro qué le estaba pasando.

Gracias a la abertura de ventilación del baño, podía escuchar la llegada de un vehículo.

Había tenido la astucia de aparcar el mío lejos de aquí para que Nuria pensara que no estaba.

Me asomé de puntillas. Vi una pequeña furgoneta con el logotipo de su empresa de catering.

Era Nuria, que venía con una especie de mono de trabajo que utilizaba en algunas ocasiones, el bolso del que no se separa, y llevando algo que no identifiqué envuelto entre sus manos.

¿Te presentas así para follar con mi marido? Un poco de respeto, por favor.

Tocó el timbre y Alonso la recibió con una sonrisa. No le vi el rostro, pero por su tono al hablar sabía que mi marido había cambiado de ánimo. Otra cosa que no me gustaba.

—Perdona, perdona —dijo compungida—, pero cuando quedamos creía que iba a salir antes del trabajo.

—No te preocupes. Has llegado a tiempo. Pasa.

—Ya, pero mira cómo vengo. No me he podido cambiar. Estoy horrible con estos pelos.

—Estás muy guapa.

«Y una mierda», pensé yo.

Pasaron al salón y ella continuaba disculpándose para agradar a Alonso.

—He estado toda la mañana haciendo tartaletas para un evento que tenemos el jueves. Te he traído unas pocas para que las pruebes.

—Muchas gracias, Nuria. Ahora las probamos. ¿Quieres café? No es tan bueno como el que nos traes a la oficina, pero se deja beber.

—Sí, con leche.

«Leche la que te va a dar mi marido», musitaba yo atenta a los sonidos que me llegaban. Por fin, entraron en el salón.

—Tienes una casa muy bonita.

—Gracias. Luego te la enseño —le gritó Alonso mientras preparaba los cafés en la cocina.

Por la pantalla veía a Nuria sentada en el sofá con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas.

Parecía que iba a asistir a una entrevista de trabajo.

Se la notaba nerviosa. Un encuentro sexual aislado no significaba mucho, pero un segundo indicaba que la cosa podía ser seria con mi marido, por lo que ya la ansiedad empezaba a hacerle mella.

Ella sabía que si lo hacía bien podría haber un tercero, algo crucial si quería ir más allá del simple folleteo con Alonso.

Entró mi marido con el café. Para mi desesperación, Alonso le dio cuerda y se tiraron sus buenos minutos hablando sobre el trabajo de Nuria.

¿A quién le interesaba para quiénes eran esas jodidas tartaletas?

¡Poneos a follar, ya! Me desesperaba un poquito en aquel baño.

Respiré profundamente para relajarme, e intenté reflexionar los motivos de mi cabreo.

Lo que me cabreaba, no era tanto que no hubieran follado todavía, como que estuvieran hablando como si mantuvieran ya una relación.

Eso me cabreaba. Creo que son celos. Espero que no crezcan.

—Ven —le dijo Alonso a Nuria cuando acabaron el café y probaron las tartaletas. El tono era, casi, el de una orden. Ella obedeció. Salieron de enfoque y sólo escuché lo que captaba el micrófono.