Capítulo 13
Capítulo
«Se notaba que amaba cada centímetro de Alonso, empezando por la punta de su polla»
Por primera vez en mi vida, después de casarme, le había tocado la polla a otro hombre que no fuese mi marido.
Y el afortunado no fue un adonis de piel bronceada, músculos marcados y encanto acumulado en forma de ceros en una cuenta corriente.
Había sido Juanito, un joven nerd dependiente del Bazar del Espía, que me ayudó en la compra del reloj-cámara para poder asistir por vía telemática al polvo que mi esposo iba a tener con Nuria aquella tarde del lunes.
Cumplí, eso sí, con la exigente regla de Alonso.
Sólo puedo ser penetrada por él. Pero zarandear el bote de Juanito para sacar mayonesa juvenil no era ninguna penetración.
Siempre he sido una gran pajillera. Es una pena que en nuestro idioma las pajilleras estemos en una situación ambigua.
¿Pajillera es la que se hace una paja o la que hace una paja?
Ambas cosas. Deberíamos buscar algún nombre técnico que deje claro el concepto.
Veamos candidatos. ¿Masturbadora? No, parece un electrodoméstico («Compre su masturbadora Balay, ahora con centrifugado»); ¿Pajilladora?
Peor, suena a máquina agrícola («Por fin hijo, hoy nos llegó la pajilladora, ya no tendremos que trabajar tanto en el campo»).
¿Pajillatriz? ¿Masturbatriz? ¿Zarandeadora?
¿Recolectora de nabos? ¿Zangoloteadora? ¿Acariciadora de glandes? ¿Onanistóloga masculina?
En todas estas gilipolleces andaba pensando, cuando por fin aparqué cerca del sex-shop tras una nueva sodomización del GPS, que hizo conmigo lo que quiso por esas calles.
Nunca había entrado en un sex-shop. Hasta ahora, mi vida sexual había sido muy normalita.
Todo lo que necesitaba para el folleteo podía comprarse en cualquier Carrefour: condones, cuando no tomaba la píldora o tenía la regla y lubricante, para cuando estaba sequerona allá abajo.
Punto. Eso era todo lo que había llegado a comprar para el sexo en algún establecimiento.
Por tanto, aquello iba a ser una experiencia nueva para mí.
Menos mal que entraba recién masturbada por Juanito.
O mejor dicho: pajeada, por mí, utilizando la mano inexperta de Juanito.
Nada más entrar, me encontré con una dependienta, que me examinaba de arriba abajo.
Tenía un aire tenebroso, a lo familia Munster.
Tenía la sensación de que su rostro era como esos hologramas que se ven de una forma u otra según el ángulo en que los mirases.
Desde cierto ángulo, aquella mujer parecía una señora mayor bastante curtida por los pollazos del destino.
Pero desde otro, el cutis se le aparecía brillante, como de plástico, y se daba aires a una estrella del porno demacrada por el bótox, pero juvenil todavía.
Le miré las manos. En el careto puedes inyectarte toda la mierda que quieras, pero las manos te delatan.
Y tenía manos de antigüedad fenicio-púnica.
—¿Puedo ayudarte en algo, niña?
De una tienda a otra había sido degradada de Señora Pajeadora Mayor del Reino a niña que entra en una tienda de juguetes. Espero, al menos, poder llevarme de allí algo interesante.
—Busco un kit de dilatación vaginal.
—¿Para el vaginismo?
Pregunta directa acertando a la primera. Desde luego, esta tía es profesional. Podía haber sido para una dilatación post-operatoria, pero atinó nada más mirarme.
—Sí, cierto, para el vaginismo…
—Eso te lo recomienda el ginecólogo y lo encargas en la farmacia. Así que si has entrado aquí no es sólo por eso. No tengas miedo, niña, que aquí no nos comemos a nadie.
—Pues quiero eso, un kit de dilatación vaginal.
—Pero no para ti, ¿verdad?
Joder con la vieja plastificada. Una lince.
—Lo cierto es que es para la amante de mi marido.
Dejé caer así, tal cual, la información y que sea lo que Dios quiera. La situación tenía unas dosis de humillación que lograba recalentarme. Después de todo, viendo el pedazo de puño de goma que tenían en una vitrina expuesto, peores cosas le habrán pedido.
—¿Sois swinger? La tienda patrocina un club muy bueno que…
—A mí el swing sólo me gusta en el jazz.
—¿Una relación poliamorosa?
—Más bien pollamorosa. A la polla de mi marido, vamos. Él folla, y yo miro y participo un poquito, si puedo.
—Vaya, vienen pocas cuckquean como tú. Es un honor conocerte.
Aquello me hizo sentir de la nobleza inglesa. Lady Cuckquean sería un buen nick.
—No te preocupes —continuó diciéndome—, tengo lo que necesitas.
Se introdujo tras una cortina negra. Escuché cacharreo y movimiento de trastos.
Aproveché para inspeccionar las cosas de la tienda.
Si quieres que alguien del Opus Dei sufra un infarto, este es el mejor lugar.
Toda clase de artilugios raros colgaban de las estanterías o estaban en las vitrinas.
Como aquel puño que he mencionado antes.
O una polla negra de goma, tan grande, que en su capullo podía construirse un dúplex.
¿Qué ser humano podía meterse eso por alguno de sus orificios?
Además, condones. Muchos condones. De toda clase de olores, dimensiones y sabores.
¿Piruleta? Aceptable y dentro de lo esperado.
¿Fresa? Un clásico que nunca falla, ya sea en helados o en pollas.
¿Menta? Ya empezaba a ser un poco raro… ¡Tenían también condones femeninos!
Aquello fue una sorpresa, porque nunca los había visto en venta directa.
Tenían uno sacado de prueba para que pudiéramos ver cómo eran.
Todos conocemos los condones de tíos, pero los femeninos son raros.
De estos, no tenían de sabores, lo cual no acababa de convencerme del todo.
Cuando he chupado la polla de mi marido tras llevar el condón puesto, el miembro seguía sabiendo al látex.
Seguro que si me metía uno de esos condones, el coño me iba a estar oliendo a goma durante varios días aunque me lo lavase con aguarrás.
Llegó con una caja rosa sin ningún dibujo ni foto. Solamente unas letras blancas.
—Mira, esto es lo que tenemos.
La abrió, y allí estaban colocados en serie ascendente lo que parecían unos consoladores, pero sin forma de polla, sino simples cilindros con una punta que se hacía más pequeña acabando en una terminación redondeada más fina que el resto.
Eran como una suerte de penes sin glande.
Me quedé un poco embobada mirándolos porque no los encontraba nada del otro mundo.
—No parecen pollas —dejé claro.
—Ni tienen que parecerlo, niña, porque no son dildos ni consoladores. Son dilatadores. Se dejan insertados en la vagina para que vaya dilatando.
—Vale, y supongo que se irá aumentando de tamaño hasta llegar a este grandote.
El más grande apenas era un poquito mayor que la tranca de mi Alonso.
—¿Son para el vaginismo? ¿Son como los de la farmacia? —inquirí sin dejar de inspeccionarlos con detenimiento.
—De hecho, son los mismos que los de la farmacia.
No hace falta receta. No sólo se utilizan para vaginismo.
Lo utilizan mucho las trans operadas que tienen que dilatarse su nueva vagina.
Aunque hay casos de todo tipo. El último que vendí, era para una chica que le habían tenido que reconstruir las paredes vaginales por culpa de un tumor —demasiado gráfico para mí—.
Si te lo llevas te doy uno nuevo. Precintado.
Este lo tengo para muestras. Puedes tocarlos si quieres.
Estuve tocándolos y mirándolos como buscando algo especial que no encontraba. Si has visto una polla en vivo y en directo, estos dilatadores te parecen aburridos. Los penes eran mucho más graciosos.
—¿Y estos sobrecitos? —al lado de los dilatadores venían unos sobres.
—Es lubricante, pero yo no recomiendo que se utilice éste que viene en la caja.
—¿Por qué?
—Porque es un lubricante anestésico, muy potente, que te deja el coño que no sientes nada.
Como además, lo llevas untado en el dilatador, y tienes que llevar el dilatador todo el tiempo, al final se te queda dormido el coño y luego, si quieres hacer el amor, no sientes nada de nada.
Lo utiliza la gente para iniciarse en el fisting.
—¿Fisting?
Por el nombre en inglés seguro que debía ser alguna guarrada extrema. La dependienta no tuvo que articular palabra alguna. Señaló el puño gigantesco de la vitrina y comprendí rápidamente.
—¿Has probado este kit de dilatación?
—Las clientas son las que me informan. Yo te recomiendo que utilices este lubricante —tomó un bote de otra estantería y me lo enseñó—; no tiene anestésico sino un relajante muscular. Le relajará los músculos de la vagina.
—¿Y funciona la cosa?
—Las amantes de introducirse cosas —miró furtivamente al mega-puño de la estantería—, comienzan por el anestésico para irse entrenando cuando las cosas son muy grandes, y luego, pasan a éste.
Con él sienten más, aunque claro, según lo intenso del asunto, te puede doler más o menos, pero vamos, para lo que me dices, con este lubricante irá genial porque, como te digo, le relajará los músculos vaginales y al mismo tiempo podrá sentir algo más.
Éste es especial para las vaginas femeninas.
Las trans tienen que utilizar el anestésico.
Seguramente por eso el kit trae este para que sirva para todas.
Pregunté por el precio del kit de dilatación y el lubricante.
Costaba tanto como el puñetero reloj-espía.
Qué tiempos en los que follar no costaba dinero.
Y encima, iba a disfrutarlo la Nuria. En parte, eso me agradaba, ser la cornuda que preparaba a mi corneadora.
Me excitaba mucho saber que todo aquello tenía como fin que Alonso se follara, bien follada, a aquel ser angelical.
Pero mi parte rebelde me pedía a gritos que dejara que esa niñata cafetera se las apañara sola, que ya era mayorcita. Andaba un tanto dividida.
—Me lo llevo.
—Vale, entro a por un kit nuevo. De regalo, puedes coger tres de estos tatuajes temporales.