Capítulo 12 #4
—¡Qué cándido eres, Juanito!
Volvió a producirme cierta ternura. Le di el número, por pena, y salí de la tienda dispuesta para mi siguiente destino. Un sex-shop.
—o—
Aquella mañana del lunes, Nuria apareció en el despacho eufórica como una niña en una tienda de muñecas.
El fin de semana se había tragado el semen del hombre que más le gustaba desde que tenía conciencia de que le gustaban los hombres.
Por la tarde, se volvería a encontrar de nuevo con Alonso.
Nuria aprovechó la ocasión del concierto de la esposa de Alonso en el Strada.
Ya lo había intentado en la fiesta de aniversario del despacho, pero no había ocurrido nada.
No obstante, el destino parecía estar a favor de Nuria, porque lo consiguió aquel fin de semana.
Si lo pensaba racionalmente, nunca le habría gustado ser una «destrozahogares», la querida o la amante.
Pero emocionalmente, le encantaba ponerle los cuernos a aquella pija engreída y malhablada que era Loreto, su mujer.
«Esa engreída lo merece», se autojustificaba.
Su razón y sus emociones, luchaban y al final quien decidía era su entrepierna: Alonso era lo que necesitaba, y lo necesitaba mucho.
Así que seguiría para adelante con aquella aventura, a ver hasta dónde continuaba.
Sin embargo, ese lunes, por más que buscó en el despacho, no encontró a su querido Alonso.
—Hola, Sandra. ¿Has visto a Alonso? —preguntó entrando en el despacho de la abogada.
—Ha salido. Tiene reunión con unos clientes y está preparando un concurso de acreedores. No vendrá esta mañana; ¿por?
Nuria cerró la puerta tras de sí quedándose a solas con Sandra.
—El sábado me acosté con Alonso.
Sandra intentó no reaccionar y seguir siendo la fría abogada hijadeputa que aparentaba, aunque no podía impedir que dentro de sus tripas fluyeran un sinfín de sentimientos contradictorios.
Por un lado, sentía una envidia tremenda de aquella simple proveedora de catering.
«¿Qué tendrá ella que no tenga yo?», se decía mientras la auscultaba con su mirada de hielo.
¿Tetas? Las suyas eran mucho mejores. ¿Piernas?
Las de Nuria eran más cortas por no hablar de aquellos pies que no sabían estar elegantemente dentro de unos tacones como los que era capaz de lucir Sandra.
¿La cara? Nuria parecía de la misma edad que ella a pesar de tener diez años menos.
Sandra inspeccionó detenidamente el rostro de Nuria; era evidente que la chiquilla no se maquillaba correctamente y no delineaba con precisión la sombra de los ojos.
A menudo los colores del maquillaje no iban a juego con la ropa.
Eso sí, Nuria era jovial y alegre, dicharachera y abierta.
Sandra todo lo contrario: la momia de Tutankamón tenía más sex appeal que ella.
Cero gracia, cero alegría. Y siempre que se estaba a su lado, se tenía la sensación de que estaba oliendo mierda a cada rato.
No obstante —se repetía de forma obsesiva—, en todo era mejor que Nuria.
Y por otro lado, al sentimiento de envidia le acompañaba un reconfortante estado de alegría porque por fin el matrimonio de la niñata Lore se ponía en crisis.
—Cuenta, cuenta. ¿Cómo fue?
—En el concierto del grupo de Lore en el Strada.
—¿Y no os pilló la Lore?
—Estaba a su rollo con la música rara esa que canta.
Me senté con Alonso entre el público, tuvimos una conversación interesante que fue subiendo de tono.
Es un tipo muy interesante, le hice una broma sobre un reto sexual que él se tomó como un reto serio y bueno, tonteamos un poco, me insinué, se insinuó y salimos fuera a un descampado —Nuria ahorró más detalles.
—Es raro, otra cosa no, pero esa impresentable siempre está al loro de todo. Es muy raro que se le escape algo a Lore.
—Estará perdiendo facultades, chocheando, qué se yo. El caso es que esta tarde he vuelto a quedar con Alonso.
Otro puñal que se clava en el corazón —y el coño— a Sandra.
—Vaya, sí que vais en serio.
—Sí, aunque estoy preocupada por Lore, no sé cómo se lo tomará si se entera de que le estoy poniendo los cuernos.
—Bueno, por lo que me dijiste, no sólo se los pone a ella, sino que seguramente te los pondrá a ti. ¿No se estaba tirando a aquella rubia que me dijiste?
Sandra devolvía el golpe. Pero Nuria no cambió su semblante y seguía tan alegre como antes.
—No me preocupa. Esa sería una prostituta. Seguro que Alonso estaba con ella porque la loca de su mujer no lo satisfacía. Conmigo será diferente.
—Si tú lo dices.
—Te lo aseguro.
Sandra comprendió perfectamente el significado de aquel optimismo irracional: Nuria estaba enamorada hasta las trancas de Alonso. «Bienvenida al club de las locas por Alonso», casi dejó escapar Sandra.
La conversación acabó allí y Nuria salió a continuar con su trabajo. Otra vez se había dejado su bolso en el despacho de Sandra. La fría abogada esta vez tomó aquel ridículo bolsito y lo inspeccionó. Supo al instante qué era lo que debía hacer con él.