La Cornuda Fiel Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Juan ni lo pensó. Fue, cerró la puerta y volvió hacia mí, tierno y tan calmado como un corderito.

Volvimos a estar de pie detrás del mostrador.

Desde allí, se veía perfectamente la gente en la calle paseando a lo suyo fuera del escaparate.

Con cuidado le desabroché el cinturón y tiré fuerte hacia abajo.

Del peso, se le cayeron los pantalones al suelo.

—Bájate los calzoncillos, chiquillo, que no voy a hacerlo todo yo.

El chico se bajó sus calzoncillos hasta las rodillas.

—¿Tu madre no te ha enseñado que tienes que cambiarte de calzoncillos todos los días, guarrete? —El pobre Juanito se moría de vergüenza.

—Es que yo…

—Es que tú, ¿qué?

Le agarré la polla, que ya la tenía tiesa. Cosa buena de la juventud, la rápida respuesta a los estímulos.

—Es que con el trabajo y los estudios, no tengo tiempo…

—Ah, Juanito, mejor que pares con esa mierda que se me va a ir la calentura. Dime la verdad.

Mi mano ya había comenzado a estimularlo con contundencia.

—Es que cuando llego a casa me pongo a jugar on line y se me olvida.

—Eso está mejor, chiquillo. Repite conmigo «Soy un guarrete que necesita cambiarse más los calzoncillos».

—Soy un guarrete que necesita cambiarse más los calzoncillos.

Joder, qué fácil. Me creía que dominar a un adolescente iba a ser más complicado, por aquello de la rebeldía y las hormonas locas.

—Eso, mi niño. Tú eres un guarrete, y yo soy una cornudita. Ahora voy a hacerte la mejor paja de tu vida. Así que disfruta. Escupe aquí.

Dejé su polla para ponerle mi mano cerca de su boca. Otra vez parecía que estaba en la Luna sin saber muy bien qué hacer.

—Coño, que escupas. No es tan difícil —gesticulé además señalando mi mano con los ojos.

Por fin escupió.

—Otra vez.

Así lo hizo. Luego, yo escupí otra vez y con toda aquella saliva en la palma bajé mi mano a su polla.

La lubricación casera funcionó, porque ya la podía desplazar sin rozamiento.

Primero, de arriba hacia abajo, arriba y abajo.

Después, pasé a combinar la masturbación con mis pequeños movimientos de muñeca «made in Loreto».

Aquel mástil ya se había endurecido completamente.

Tras unos minutos en los que Juan no paraba de resoplar y decir continuamente, en bucle, algo así como «Joder, qué gusto, joder, gracias señora, joder, qué gusto…

», noté que su respiración se hacía más intensa.

Cuando su polla estaba a punto de vibrar, me paré.

El chico clavó en mí sus ojos pidiéndome con su mirada que acabase ya de una vez aquella paja.

—Espera, Juanito.

Me subí la falda. Me bajé de mis mules, y me quité las bragas.

Me gustaría decir que con destreza, pero tardé un poco más de lo esperado.

Son unas bragas blancas normales. «Si lo hubiera sabido, me hubiera puesto otras más bonitas», pensé.

Una vez que la tuve en mi mano, envolví con ella la polla del chico y retomé la paja de nuevo.

—Muy bien, muy bien. No te corras todavía.

—No sé si aguantaré. Joder, qué bueno. Joder.

—Precisamente joder, lo que se dice, joder, no estamos jodiendo.

Yo continuaba moviendo la mano, poniendo en juego mi muñeca y frotando como sé hacerlo. Sabía que, con mis bragas rebozando su polla, el placer se multiplicaría.

—Oh, sí, oh, sí.

—Mira qué patética soy, Juanito. Mi marido por ahí follándose a una niñata y yo aquí como una gilipollas haciéndote una paja.

—¿Quiere que follemos?

—Gracias por el ofrecimiento, mi niño, pero te tendrás que contentar con esto. Córrete, córrete.

Aumenté el ritmo. Apreté con fuerza mis bragas a su cipote para aumentar la fricción en cada sacudida.

Giré el puño cada vez que los movimientos me llevaban a la cabeza de la polla aumentando la fricción en su capullo.

Gritó mientras se corría descargando su munición.

Acababa de poner mi braga toda perdida con su lefa.

La desenrollé de su polla con esmero y puse las bragas a un lado del mostrador.

—Ahora, Juanito, me toca disfrutar a mí —me miró como si hubiera visto a un marciano con pandereta—. ¡Que me hagas una paja!

Siguió ahí inmovilizado como si le hubiera pedido la fórmula de la Coca-Cola.

—Mastúrbame, coño, que pareces que te has quedado más lerdo de lo que estabas.

Reaccionó después del insulto. Alargó la mano, pero no supo qué hacer con ella. ¿La metía debajo de mi falda o por encima? Duda existencial que le corroía y paralizaba.

—Ves los botones, ¿no? ¿No te has quedado ciego con la paja, verdad? Ve desabrochándome los botones, que esta es una falda abotonada.

A duras penas se fue recomponiendo. Me fue desabrochando los primeros botones hasta que ya sólo quedaban dos. La falda se abrió y dejó mi pubis medio al aire.

—Para. Ahora a ver qué sabes hacer.

Ya me temía yo que poco. Alargó su brazo y posó la mano sobre mi coño. No se decidía entre mirar mi entrepierna o mirarme a mí. Al final, me miró mientras intentaba palparme el coño como si estuviera buscando algo en la oscuridad.

—¿Sabes dónde está el clítoris, no?

—¿Qué?

—¿Sabes por lo menos lo que es un clítoris, verdad?

—Sí, bueno sí, sí.

Tanto sí no era bueno. Mucho ver porno, pero poca práctica.

—A ver, Juanito, trae para acá tu mano —agarré su mano y la guié hacia el punto exacto en el que quería que estuviese—. Tú deja la mano firme, no la muevas.

Y comencé a restregar su mano sobre mi coño, buscando específicamente que sus dedos rozaran mi pequeño botoncito del placer.

Yo era quien le guiaba la mano. Más que masturbarme él, era yo la que me estaba masturbando con su mano.

La moví a mi gusto e hice que sus dedos me rozaran tal y como me gusta.

—Encoge un poquito los dedos. Arquéalos —le ordené—. Así, así.

Tomé su mano arqueada y no la solté en ningún momento. Con ella, froté mi clítoris, mi pubis. Imprimí exactamente el ritmo que me gustaba. Me fui calentando cada vez más, pero necesitaba la chispa que me hiciera explotar.

—Juanito, di lo que soy.

—¿Qué?

—Dime que soy una cornuda.

Por fin el chico no lo dudó.

—Es usted una cornuda. Su marido se folla a otra.

—Así, así.

Me masturbaba con su mano y a la vez disfrutaba de sus palabras.

—Dímelo otra vez.

—Cornuda, es una cornuda.

Sus palabras me traspasaron el alma y caí en la cuenta de que mientras Alonso disfrutaba follándose a Nila y a Nuria, yo me tenía que contentar con la mano de un pajillero que, encima, tenía que guiar yo.

Moví más rápido su mano hasta que por fin una explosión de vibraciones recorrió mi entrepierna.

Me estaba corriendo y dejando la mano del chico llenita de fluidos. Lo había disfrutado.

Cogí las bragas. No debían olvidárseme.

—Joder, todavía están pringadas —mascullé.

—¿Irá sin bragas?

—No.

Tomé el bolso y busqué una compresa. Con ella no tendría que notar la humedad de la corrida de Juan al ponerme las bragas. ¿Era asqueroso? Sí, pero tras la descarga de endorfinas orgasmáticas, mi lucidez no me daba para pensar en estas cosas.

—Ya está. Ves. Tengo soluciones para todo.

Recogí la bolsa con el reloj espía, le di las gracias al chico por todo, pero antes de irme, el pobre de Juanito me pidió el WhatsApp.

—¿Y para qué ibas a quererlo? No pienso follar contigo ni hacerte una paja nunca más.

—Pero seguro que romperá con su marido después de comprobarlo con la cámara. Así que tendré alguna posibilidad.