Capítulo 12 #2
—Cóbrate —le dije mientras me agachaba a recoger lo que se me había caído intentando colocar mi culo en situación estratégica para que aquel nerd disfrutase de mi cuerpo.
El chico pasó la tarjeta por la ranura del datáfono, pero sospecho que le hubiera gustado pasarla entre los dos cachetes de mi culo.
—Tiene que poner la clave.
Me incorporé y tecleé el número. Compra aceptada.
—Puede prestarme su móvil —dijo mientras desembalaba el reloj espía.
—Ah, sí, toma.
Lo desbloqueé, se lo pasé y comenzó a toquetear para descargarse la aplicación.
Me volví a agachar entonces para acabar de recoger lo que, sibilinamente yo misma, había dejado caer.
«Disfruta del paisaje, chaval, que ya tienes para pajearte durante una semana conmigo», me dije mentalmente mientras me exhibía.
—La contraseña, señora.
—¿Del móvil?
—No, la contraseña que quiere ponerle a la app para que solamente usted pueda entrar.
—Ah, ponle «cornuda». Así la recordaré más fácil.
El pobre chico no sabía cómo reaccionar.
Parecía descolocado, pero retomó su faena.
Por fin, acabó la instalación, la configuró y me enseñó lo básico para poder manejarla.
Yo cada vez estaba más excitada, y no sabía muy bien por qué ya que el joven, en sí mismo, no me parecía nada del otro mundo.
¿Por qué me calentaba entonces? Descontando el físico, lo cierto era que lo único que parecía diferenciar a aquel pajillero del resto de nerds, era que sabía que yo era una cornuda.
—Mientras me terminas de calibrar el reloj voy a salir a hacer una llamada. ¿Puedo ya utilizar mi móvil?
—Sí, señora, tome. Ya está. Le acabo de preparar el reloj en unos minutos.
Salí a la calle. Debía llamar a Alonso y no quise que me escuchara aquel crío dentro de la tienda.
—Cari, ¿qué pasa? —me preguntó mi marido.
—Estoy caliente. ¿Podemos quedar ahora? Te necesito.
—Tranquila, tranquila, cálmate. ¿Qué pasa?
—Coño, Alonso, que no me ha dado un ataque de ciática, que me he puesto caliente, no te alteres.
—No me altero, pero la que pareces alterada eres tú. Ahora tengo mucho trabajo y no podemos quedar. ¿Por qué estás así?
—Me he puesto a comprar un dispositivo para grabar lo de esta tarde y, al contárselo al chico de la tienda, se me encogen los pelos del coño, Alonso. Te necesito.
No paraba de reírse. Hasta le dio tos de tanta risa.
—¡No te rías, coño! —no me gustó aquello.
—Vale, vale, lo siento, cariño —uff, ha dicho «cariño» en vez de cari, algo gordo va a venir, y no es su polla—. ¿Cómo es el chico ese?
—Un nerd empollón de esos freakis que saben de tecnología y ven series de dragones. A ver, es guapete, pero está lleno de granos, es delgado y afiliado premium al partido onanista; supongo que hasta será su secretario general.
—¿Y por qué no le haces un regalito? Yo no puedo quedar contigo ahora. Me es imposible.
—¡¿Cómo que un «regalito»?! Se supone que la cornuda soy yo, no voy a acostarme con ese mierdecilla.
—No he dicho que te acuestes. Recuerda nuestras normas. No quiero que nadie te penetre. Tus agujeros son míos, pero tú sabes otras formas de calmar la calentura…
Me quedé en silencio. Desde luego, Alonso sabía poner buenas normas.
Y yo sabía aceptarlas. No diré que, en su día, no pensé en las posibilidades de dicha norma, pero lo veía como algo remoto a ocurrir cuando ya estuviera cobrando varios trienios de cornuda.
Sabía que cuando Alonso la dictó incluía dejarme realizar sexo sin penetración con otros hombres, pero creía que eran como esas normas que están en la Constitución y nunca se han aplicado.
—¿No te enfadarás? —pregunté.
—Sólo me enfadaré si no me traes algún recuerdo.
Corté de golpe la llamada y me adentré en la tienda como pajillera a la que lleva el diablo. Allí estaba el chico con el paquete preparado. Mi reloj, quiero decir, el otro paquete tendría que despertarlo yo de su letargo.
—Tome, señora.
Me extendió la caja metida en una gran bolsa con el logo de la tienda.
Yo me mordía el labio sin acabar de decidirme.
Me venían imágenes de mi prehistoria con Alonso.
Hacía ya años que no tocaba una polla que no fuera la de mi marido.
La última vez que mis manos se desplazaron por una tranca ajena a la de mi esposo creo que todavía se chateaba por el Messenger.
—Si quiere mi opinión, señora —me dijo con la mirada agachada como si tuviera vergüenza de cruzarla conmigo—, su marido no debería hacerle eso.
—¡Qué ternura de crío! —le acaricié el rostro levantándole la barbilla—. Deja que me acerque que voy a darte la propina.
Me colé detrás del mostrador y me pegué a su cuerpo deslizando mi mano dentro de su pantalón.
—¿Cómo te llamas, cielo?
—Juan.
Estaba paralizado. Su cara transitaba entre el miedo y el horror por lo que estaba pasando. Seguro que pensaba que yo era algún tipo de ser demoníaco.
—Tranquilízate, Juanito, que sólo voy a hacerte una paja. ¿Vale? Si el cabrón de mi marido se folla a otra, supongo que yo podré zarandearle la polla a quien quiera. ¿No?
Asintió con la cabeza. Es difícil decirme que no cuando me propongo zarandear alguna cosa.
Mi mano se escurrió debajo del cinturón y se zambulló dentro de los calzoncillos.
Tras una mata de pelo salvaje, encontré la polla.
Ni muy grande ni muy pequeña. Lo esperado.
Como no estaba empalmado, pude abarcarla con mi mano, incluidos los cojones.
¿Por qué no se ha empalmado? ¿No será gay y la estaré cagando de lo lindo?
Hasta que no acerqué más mi rostro no me di cuenta de que la mandíbula le estaba temblando levemente.
Era de esperar. En las películas porno todo se levanta a la primera, pero en la vida real, cuando una tía como yo te mete mano sin esperarlo, lo que se debe sentir es más bien miedo antes que la sensación de haber ganado la lotería de los pajilleros.
Estaba nervioso porque, intuí, no sabía qué coño estaba pasando.
—Tranquilízate, Juanito, que no es nada raro. Sólo una paja. Solamente una manuela. Si no quieres, lo dejo, ¿eh?
Juan no reaccionaba hasta que volví a repetírselo.
—¿Lo dejo?
—No.
—A ver, dímelo más alto, porque no me entero. ¿Quieres que haga llorar al calvo, sí o no? Pero con decisión, no como si te estuviera preguntando por logaritmos neperianos.
—Sí, señora. Quiero que lo haga.
Muy bien, por fin lo escuché claro y sin ambigüedades. Agarré su pene flácido con dos dedos y comencé a estimularlo dentro de sus calzoncillos.
—Mira, chico, o te relajas de una vez, o no se te pondrá dura.
Estuve estimulándolo durante varios minutos y cuando por fin su hombría comenzó a engordar un poquito, alguien entró por la puerta. El cliente impertinente sólo podía vernos a Juanito y a mí pegados detrás del mostrador, sin poder darse cuenta dónde tenía metida mi mano.
—Hola, buenos días, ¿tienen pistolas de airsoft?
La polla de Juanito volvió a su estado de flacidez habitual.
Estaba nervioso, pero por lo menos, intentaba sobreponerse a la situación.
Así me gustan los hombres, que no se amilanen al primer contratiempo.
Puede ser que este chico no fuera el macho alfa del corral, pero apuntaba maneras porque no se inmutó a pesar de que yo podía notarle perfectamente el ritmo acelerado de las pulsaciones desde su mismísima entrepierna.
—Lo sentimos, no tenemos.
—Vale, gracias.
Se marchó tan rápido como entró.
—Hay mucha gente que se cree que somos una armería o algo así —me explicó—. Creen que ser un espía es pegar tiros y vienen buscando armas raras.
—Parece que tu arma está un poquito descargada.
—Es que…
No nos dio tiempo a más diálogo pseudoerótico. Entraba ahora una señora emperifollada de bisutería.
—Chico, quiero presentar una reclamación por la caja fuerte que te compré. No sirve la contraseña. ¡Soluciónamelo ya!
Ni buenos días, ni un saludo. Luego dicen de la juventud.
Hay cada ser viejuno por ahí, que tiene menos educación que un autobús de estudiantes yendo de excursión.
Por lo menos, los adolescentes tienen las hormonas para echarle las culpas.
Esta señora debía ser de los tiempos de Sagasta.
Los dos nos quedamos mirándola con ganas de practicar con ella alguna tortura china impronunciable.
—¿Puso primero la clave que le llegó por SMS?
—¿Qué clave?
—Se lo repetí ayer, por lo menos cinco, o seis veces, señora.
Primero, le llegaría una clave de seguridad y entonces, tras esa clave, le llegaría otra.
Le dije que apuntara esa primera clave, porque la caja funciona con dos claves, una externa que le llega por el móvil y otra interna que es la suya propia.
—La mía no le sirve.
—¿Puso primero la que le llegó por SMS?
—La mía no le sirve.
Me vi en la obligación moral de acabar con aquel bucle.
—Mire, vieja, por qué no coge sus claves, se las mete por el coño y nos deja en paz un poquito. La tontura no la cubre la garantía.
—¡Pero bueno! ¡¿Qué acaba de decirme?!
—Que se vaya a tomar por culo, señora. Lo mismo hasta le gusta y repite.
—¿Quién es usted, quiero presentar una queja?
—Soy una cliente que estaba a punto de hacerle una paja a este buen mozo, hasta que usted ha llegado.
—¡Es usted una ordinaria!
—No, señora, soy extraordinaria. Hago con mi mano lo que otras sólo pueden soñar hacer con su coño. Así que ya se me está largando o dentro de poco entrarán aquí tres maromos negros amigos míos y le meterán a usted la clave en forma de pollazos.
Gritó algo así como «¡Por Dios, por Dios!», y salió corriendo de la tienda. Juan contenía la risa ante mi actuación.
—No te preocupes, Juanito, que no existen esos tres maromos.
—Ya me lo había imaginado.
Le saqué la mano del paquete.
—Será mejor que cierres la puerta unos minutos.