La Cornuda Fiel Capítulo 12
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Capítulo 12

Capítulo

«Así que había decidido dedicar la mañana del lunes a preparar mis cuernos como era debido»

Ser cornuda estaba resultando bastante caro.

Y no metafóricamente. Nos estaba costando una pasta.

Lo primero, las sesiones con Nila. Yo sólo había tenido una, pero Alonso había tenido ya varias, por lo que tuvimos que soltar bastante guita, dado que nos cobraba el polvo a precio de caviar beluga.

Lo segundo, la logística espía para poder saciar mi curiosidad.

Alonso iba a llevarse a Nuria a casa y yo quería verlo.

No sería fácil, ya que en nuestra vivienda no encontrábamos ningún método seguro para que pudiera espiar a gusto.

El sofá era macizo y debajo no podría ocultarme.

Detrás de las cortinas era imposible. En las películas, donde el guionista puede hacer que los protagonistas sean tontos, podría resultar.

En la vida real, ya os digo que si te colocas detrás de una cortina —por más grande y oscura que sea—, se acaba notando que hay alguien detrás.

Desde las habitaciones no había ángulo suficiente para observar correctamente el salón o cualquier otro dormitorio y debajo de las camas era imposible ya que teníamos canapés.

Muy prácticos para guardar cosas, pero nada prácticos para espiar a tu marido y a tu corneadora de turno.

La cuestión me obsesionaba un poco, así que había decidido dedicar la mañana del lunes a preparar mis cuernos como era debido.

En el trabajo pedí la mañana libre con la promesa de recuperar esas horas más tarde maquetando libros.

Tenía que terminar de corregir uno especialmente jodido de estratigrafía.

Mi jefa aceptó porque, al final, era yo la que salía perdiendo.

La lujuria nos hace cometer tonterías y esta era una de ellas.

Valdría la pena. Aquella mañana, la prioridad absoluta era conseguir el material adecuado para ver el polvo de mi Alonso con Nuria en una calidad aceptable.

Mi marido era reticente al uso de tecnología por asuntos legales, pero esta vez conseguí que transigiera.

La condición que me impuso fue que no grabásemos nada.

Sin registro grabado, sería más difícil cualquier prueba.

Los abogados son un peligro cuando se ponen a pensar en cómo saltarse la ley.

Yo le hice caso —no me quedaba otra— y con estas ideas generales me dirigí al Bazar del Espía.

Soy una esclava del GPS y aquel día algo debía de haber cabreado a mi Amo porque me castigaba como si fuera su puta particular metiéndome por zonas en obra, calles en sentido contrario y continuamente me hacía dar la vuelta por demoníacas rotondas en las que se me colaban toda clase de energúmenos del volante.

Por fin, di con la tienda. Por entonces, hubiese sido imposible saber que aquella decisión resultaría determinante en mi vida.

Esa será otra historia. En aquel momento, sólo me pareció un local solitario.

No había nadie salvo el dependiente que andaba enfrascado preparando paquetes e imprimiendo etiquetas.

Ahora, con esto del comercio por internet, parece que ir físicamente a las tiendas se ha vuelto una rareza de mala gente.

—Hola, buenos días —saludé al chico que seguía absorto enfrentándose a un embalaje rebelde.— ¡Buenos días!

—Ah, hola, hola, perdone. Estaba ocupado. ¿Qué se le ofrece?

—Mira, sospecho que mi marido me la está pegando con una zorra de coño estrecho que vende café de culo de mofeta.

—Tenía que darle dramatismo al asunto. Funcionó porque aquel adolescente pareció despertar definitivamente de su letargo—.

Parece ser que aprovechan cuando salgo para fornicar de lo lindo en mi casa. ¿Tienes algo para observarlos?

—¿Grabarlos?

—Lo de grabarlos me da igual, lo que quiero es verlos a tiempo real para pillarlos in fraganti.

—Entiendo. ¿Dónde piensa poner el dispositivo? ¿En el dormitorio?

—No, en el salón. Si follan, lo harán en el salón y no en la cama.

—Pues espere un momento que entre al almacén, creo que tengo algo que le servirá.

Mientras, aproveché para darle un repaso a las cosas que tenían expuestas en la tienda.

Mostraban utensilios de defensa personal, como un broche muy bonito que ocultaba una hoja plegada convirtiéndose en una navaja.

La estuve toqueteando y casi me corto. Un pintalabios grabadora de sonido.

El color labial era horrible, pero por las indicaciones técnicas aquello parecía que podía grabar el pedo de un mosquito a diez metros a la redonda.

Y muchas latas de refrescos falsas para ocultar el dinero.

«Vaya tontería. Si fuera un ladrón antes me tomaba un refresco de tu casa que leería un libro», elucubraba yo pensando que un libro de Hans Kelsen sería más efectivo para ocultar los euros que una lata de Fanta, cuando se me cayó la puñetera lata al suelo.

«Joder». La tapa se había desprendido para salir rodando por el suelo.

Me agaché buscándola cuando frente a mí, vi reflejado en la superficie lisa del mostrador al dependiente.

Estaba callado mirándome. Mirándome las piernas y el culo.

Me había puesto aquel día una falda de vuelo muy coqueta; nada en plan zorrón, sino una falda midi abotonada por delante muy de señora respetable.

Eso sí, mis mules beige cerrados de medio tacón iban a juego con mi camisa.

Me quedé allí un ratito en cuclillas subiendo un poco mi trasero.

No suelo comportarme de este modo y mi propia actitud me sorprendió.

Mis ojos se cruzaron con los de aquel chico y sentí una ternura especial.

En su mirada libidinosa había un poso de bondad ingenua.

No solía ser así. Mi nueva vida sexual me estaba transformando y aquella situación lo demostraba.

En otras circunstancias la antigua Lore previa a los cuernos se hubiera dado la vuelta y le hubiera gritado algo así como «¡Qué coño miras, pajillero!

¡Cáscatela mirando a tu abuela!». La nueva Lore cornuda era diferente, y ahora el pensamiento que me recorría era «¡Sigue mirando pajillero!

¡Cáscatela con mis piernas!». Como podéis intuir, lo que me calentaba no era sólo la situación de ser observada por un adolescente con las hormonas hasta arriba, sino que yo no hubiera entrado nunca a ese sitio, si no fuera para organizar mi cornamenta.

Dejé que se recreara en mí. Mentiría si os dijera que no me gustó.

Al ratito me levanté, puse en su sitio las latas falsas para volverme hacia el mostrador.

—Perdona, pero se me han caído.

—No pasa nada, señora. Ya tengo lo suyo.

Que Nuria me llamara señora me enfurecía.

Que aquel niñato me llamara señora, me calentaba un poquito, lo reconozco.

No debería llegar a los veinte años; tenía todavía granos en un rostro enjuto y alargado.

No era feo. Debía de ser un poco nerd para trabajar allí, porque no se le notaban músculos.

El ejercicio no era lo suyo sino el cacharreo electrónico. E iba a ponerme al día.

—Este es como el modelo de reloj SKU 00531, pero mejorado. Es la siguiente gama.

—Mira, niño —me acerqué hasta que pudo sentir el aliento de mi boca en su rostro sudoroso—.

No tengo ni puta idea de qué coño es un reloj SKU ni falta que me hace.

Quiero pillar a mi maridito trincándose a esa fulanita; así que como si me vendes un chorizo de Pamplona con cámara incorporada, pero lo quiero para poder pillarlo esta tarde con la tranca entre las piernas de esa camarera de café culero. ¿Capisci?

Asintió con la cabeza como si fuera un alumno sorprendido por su maestra.

—Creo que su marido se daría cuenta del chorizo en el salón, señora.

—¿Y no se dará cuenta del reloj hortera este?

—Los relojes de pared están en alto. Cuando se dé cuenta, señora, usted ya tendrá lo que quiere.

—Mmm, buen chico. Explícame la movida esta del reloj, James Bond.

—Mire la foto de la caja, señora. Es un reloj de pared normal y corriente.

Elegante —eso de «elegante» podría discutirse, pero aceptemos que era de diseño pasable—.

Usted lo coloca en la pared. Tiene un ángulo de noventa grados.

Si lo pone bastante alto, pillará todo el salón.

El micrófono se puede activar por sensor de movimiento, o desde la aplicación.

—¿Qué aplicación?

—Trae una aplicación. Desde ella usted puede activarlo, grabar, verlo y escucharlo a tiempo real… lo que quiera.

—Yo pensaba que me ibas a sacar de esas microcámaras que ponen los degenerados para grabarnos meando. Desde que lo vi en las noticias, cada vez que voy a mear en un garito, no paro de mirar las mierdas que hay en el suelo de los servicios.

—Esas no podrían grabarle todo el salón. Esto es mucho mejor. Y la amante no se enterará.

—Fulana, no amante.

Tenía que ponerle color. Tenía que parecer real, que era una esposa despechada. Me gustaba meterme en mi papel de pobre cornuda desvalida.

—Perdone, la fulana no se enterará.

—Buen chico. ¿Y cuánto cuesta el relojazo este?

—Su precio son 205 €.

Como he dicho, la cornamenta me estaba saliendo cara. No tenía muchas opciones y me gustaba que una vez puesto en el salón ya tendría acceso a todo lo que pasara allí en HD y con sonido de primera calidad. Aquel chico continuó explicándome las cuestiones técnicas.

—Puede ponerlo a pilas, pero la autonomía es limitada. Para hoy le servirán estas. Se las puedo poner si quiere. Pero lo suyo es que lo conecte a la corriente y así tendrá autonomía ilimitada. Si le pone una tarjeta SD puede almacenar en el propio dispositivo…

—Sí, sí, entiendo. ¿Y se controla todo con la app?

—Sí, señora.

—¿Puedes instalarme esa mierda?

No soy torpe con la tecnología, pero me daba una pereza terrible ponerme con ella.

—Si compra el reloj puedo instalársela ahora mismo.

Empecé a rebuscar en mi bolso hasta encontrar el tarjetero. Con picardía me hice la inútil dejando que se me salieran cosas del bolso y se cayeran al suelo.