La Cornuda Fiel Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

—Y lo seguiré siendo. No voy a lanzar el vídeo a la red para destruirte salvo que intentes jugármela.

—No te la jugaré.

—Pues tendrás que probarlo. Cuando reciba el vídeo, entonces daremos los siguientes pasos. Al parecer va a resultar cierto que soy un poco cabrón.

—Tal vez por eso me gustas —Charo ahora se reía, sabía que tenía que pasar por el trámite de humillarse para conseguir su objetivo.

Grabaría el vídeo. Pero esa mañana no quería salir del despacho de Teo sin sacarle el semen de las pelotas y la idea del vídeo, aunque humillante, la había calentado.

O tal vez la realidad fuera más inquietante: precisamente porque era humillante era por lo que la había encendido de aquella forma.

Charo se levantó, rodeó la mesa y se acercó a Teo. Iba vestida con un elegante traje de pantalón ceñido y unos zapatos de medio tacón cuyos adornos combinaban con los arabescos que lucían las solapas de su chaqueta entallada.

—El cabrón de Petko hace mucho que no me la mete, Teo.

Teo, sin levantarse de su silla, la tomó por las caderas y la colocó entre sus piernas. Tiró de su cintura hacia abajo poniéndola de rodillas.

—Pues yo tampoco te la voy a meter hoy. Al menos, no entre las piernas.

El abogado comenzó a desabrochar la chaqueta de Charo, que aprisionaba sus dos grandes melones. Porque eso era lo que le gustaba a Teo, sus tetas. Sus dos hermosas y abundantes glándulas mamarias.

Charo sonrió. Recobró el ánimo y mejoró su aspecto, aunque el llanto había hecho estragos en su maquillaje.

—Los hombres sois incorregibles. Cuando os da por una cosa sois monotemáticos.

—¿Te disgusta?

—No.

Fue la propia Charo la que acabó de quitarse la chaqueta y desabrocharse el sostén.

—¿Vas a follarme las tetas como la otra vez? —preguntó mientras le abría la bragueta buscando el premio gordo. Lo encontró y lo sacó de su escondrijo. Ya lo tenía erecto frente a ella.

—No voy a follártelas. Vas a ser tú la que me haga una paja con ellas.

Teo pasó la mano por el rostro de Charo recogiendo los restos del llanto y del rímel corrido; a continuación, puso la palma de la mano frente a la boca de la viuda.

—Escupe.

Charo escupió, y con aquel mejunje, Teo se lubricó la polla cual ungüento y acomodó su miembro en el hermoso canal que dividía las ubres de Charo.

Instintivamente, la viuda tomó con las manos los laterales de sus tetas y abrazó con ellas la polla de Teo.

Tenía bien sujeto entre sus pechos el miembro de su amante y comenzó a mover las tetas con las manos.

Con buen ritmo estimulaba la polla de su abogado, que disfrutaba como un niño pequeño de contemplar a Charo en primer plano.

Notaba las sutiles arrugas de su rostro, ocultas bajo una capa de maquillajes.

No era una mujer joven, pero aquello atraía al abogado todavía más.

Había estado muchas veces con escorts de piel perfecta y cuerpo impecable.

Y sin embargo, las pequeñas y sutiles imperfecciones de aquella mujer le resultaban muy eróticas.

—Me gustan tus pecas.

A Charo le encantó aquel comentario de Teo.

Él la miraba de una forma muy especial y ahora se sentía dichosa practicando aquella paja con sus tetas.

Sólo hay una forma en la que la mujer disfruta dando placer y no recibiéndolo a cambio, y es cuando al darlo constata que el hombre la contempla como una diosa.

Así se sentía Charo, con un poder especial capaz de fascinar a los hombres.

De subyugarlos bajo el placer que ella les proporcionaba.

El rostro de Teo comenzaba a desfigurarse por el placer que recorría su miembro. Las tetas de Charo subían y bajaban sin pausa.

—Tienes que buscarte un buen hombre, Charo. Búscalo, búscalooo…

Tras aquellas palabras, Teo no pudo aguantar más y derramó su corrida entre los pechos de Charo, que no dejaba de moverlos.

—¡Para, para! —pidió Teo.

Pero Charo siguió un poco más torturando aquella polla sensible tras el orgasmo. Cuando por fin paró, contempló el resultado de su arte: unas buenas tetas bañadas en nata masculina junto a restos de rímel y escupitajos que había ido soltando para lubricar.

—¿Tienes algún pañuelo para limpiarme?

—Sí, perdona. Aquí en el cajón —lo sacó y ofreció a la viuda, que se limpió concienzudamente los restos de la lujuria.

—Sabes, Teo.

—¿Qué?

—Tú también debes buscarte una buena mujer. No sigas con putas del Smolyan porque no eres el tipo de hombre que lo necesita.

—Tú tampoco necesitas a tipos como Petko.

—Por eso intento remediar mi error. Quiero que te quede claro una cosa, Teo. Una cosa es que siempre me hayan gustado los chicos malos y otra cosa es la maldad. En Tolo veía la maldad. Una maldad que he vuelto a ver en Petko. Tú realmente no llegas a cabrón, sino a entrañable cabroncete.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Te mandaré el vídeo, no te preocupes. Quiero que confíes en mí.

Charo, una vez recompuesto su maquillaje y eliminado todo rastro del reciente momento de pasión, salió del despacho sintiéndose extrañamente empoderada.