Capítulo 11 #3
—Los papeles que me has pasado son una bomba contra los Cotrina —Teo continuó ante el silencio de Charo—.
Tu marido estaba a las órdenes de los Cotrina.
Era su mensajero y su enlace entre el registro de la propiedad y el Colegio de Arquitectos.
La Yoli con la que te ponía los cuernos también se tiraba a alguien del registro.
No sé todavía cómo, pero conseguían falsificar notas simples de la propiedad y las colocaban al Colegio de Arquitectos para tener informes positivos y recalificar terrenos saltándose el Plan General de Ordenación Urbana.
Además, todo camuflado a partir de empresas tapaderas en las que tú figuras.
—No sé qué decirte.
Charo estaba verdaderamente avergonzada. Parecía una colegiala a la que le hubieran pillado en el examen.
—Yo he hecho mi trabajo. Mandé investigar a Yolanda, pero si quieres que haga explotar la bomba contra los Cotrina y hable con el Equipo de Delitos Urbanísticos de la Guardia Civil tendrás que ser clara conmigo o si no ya puedes irte buscando otro abogado.
Charo comenzó a llorar sin control.
—Tranquila, siéntate en el sillón. Toma un pañuelo. ¿Qué ocurre?
—Te juro, Teo, que no había planeado nada.
—Me resulta difícil de creer, la verdad.
—Ya sabes que contacté contigo gracias a mi hija, que te recomendó.
—¿Y?
—Pues que entonces no sabía que Tolo estaba con los Cotrina. Sabía que estaba en cosas turbias, siempre estaba con sus chanchullos. No me preocupé mucho por lo que hacía, la verdad. Me importaba una mierda.
—¿Y firmabas todo lo que te ponía por delante?
—A ver, Teo, ya sabes lo que era capaz de hacerme. Le firmaba lo que quería, no lo leía, lo mismo era la matrícula del cole de la niña que cualquier otro papelote.
—¿Y qué tienes que ver con los búlgaros?
El rostro de Charo se puso todavía más pálido. Las lágrimas seguían destrozándole el rímel.
—Estoy jodida, Teo, jodida.
—Te vi en el Smolyan con Petko. O me dices lo que pasa o no podré seguir representándote. Y quiero, entérate bien —se levantó y se sentó en la mesa. Desde lo alto de su escritorio, Teo alargó la mano y acarició el rostro de la viuda—, quiero seguir representándote y librarte de la cárcel.
—Fue a raíz de salir en la tele y la prensa. Petko tuvo que leer o ver algo y acabó contactando conmigo en persona. Su idea es utilizar mi juicio para sacar mierda contra los Cotrina y que la Guardia Civil o la Poli inicie una investigación. Así ellos quedarán al margen.
—Vale. ¿Y por eso tienes que liarte con Petko?
—No puedo evitarlo. Me gustan los cabrones. Soy una estúpida.
—Haré como si no lo hubiera escuchado.
Charo se dio cuenta de la metedura de pata. Se había acostado con Teo y era poco menos que llamarlo cabrón en su cara.
—No me refiero a ti.
—¿Y por qué quisiste acostarte conmigo? ¿Te lo ordenó ese cabrón?
—No, me acosté contigo porque quise. Tienes que creerme, Teo.
—Te creo, te creo —era evidente que Teo quería sacar la verdad de aquel llanto—. Pero tú no lloras porque te haya pillado. En el fondo comprendo que quieras acabar con los Cotrina como hiciste con tu marido. Van en el mismo lote. Por eso hay algo más que quieres decirme.
Charo ya estaba algo más calmada.
—Petko y los búlgaros son unos sádicos hijos de puta —le soltó a Teo.
—¿Contigo?
—No, conmigo por ahora no. Pero tendrías que ver lo que le hacen a las chicas.
A Teo le cambió el semblante. Como asiduo del Smolyan, no pudo dejar de sentirse cómplice de alguna manera.
—¿Qué les hacen?
—Las tienen divididas en dos categorías.
Las búlgaras y las españolas. Las españolas son escorts normales que más o menos tienen algún tipo de deuda o acuerdo con Petko y su gente.
A estas las suelen tratar medio bien porque no quieren levantar sospechas.
Pero las búlgaras son casi esclavas. Las tienen controladas y si hacen algo mal las violan, las marcan y Dios sabe qué más.
—Sé que las búlgaras no trabajan como escorts normales —Teo le indicaba así a Charo que estaba al tanto de algunas cosas—. He intentado tener alguna cita con ellas y es imposible.
—Sí, no suelen trabajar con todo el mundo, sino con unos clientes que ya tienen acordados.
—¿Es por algo sexual? ¿Hacen algo especial, algo ilegal, o es otra cosa?
—No lo sé, Teo, pero voy a averiguarlo.
—Es peligroso.
—Ya sabes que no tengo miedo —mintió—, pero cuando me entere de lo que ocurre quiero poder denunciarlo. Quiero que acabes con esos cabrones.
—Quieres acabar con todo el mundo, los Cotrina, los búlgaros… no van a quedar cabrones a los que follarte.
El comentario sentó como un puñal en el abdomen a Charo. Teo pensó al ver la reacción de ella que se había pasado, pero se mantuvo seco e impasible.
—Vale, lo capto, me lo tengo merecido —Charo se amilanó.
—Perdona lo que he dicho, pero tengo que ser un poco duro contigo porque me la has intentado jugar. Tengo que saber que si quieres tirar de la manta no vas a dejarme en la estacada.
—Créeme, Teo.
—Si quieres que te ayude, antes tienes que grabar un vídeo sexual con Petko y enviármelo. Un vídeo en el que claramente se vea que eres su amante.
Charo ahora no daba crédito a lo que escuchaba.
—¿Para qué coño quieres eso?
—Si voy a confiar en ti, tengo que saber que también confías en mí. Los dos sabemos que un vídeo de ese tipo destruiría tu imagen de víctima para pasar a ser la viuda que se tira al mafioso enemigo de su marido.
—Sabes que eso no es verdad.
—Ya.
—Se supone que eres mi abogado.