La Cornuda Fiel Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Silencio. Noté perfectamente que Nuria estaba callada de alegría procesando la invitación inesperada.

—Vale, pero ¿y no habrá gente?

La «gente» era yo. Nuria parecía tener vergüenza de decir mi nombre o referirse a mí como su «esposa».

Me dieron ganas de sacarme la polla de la boca y decirle «oye bonita, que te has tragado el cuajo de un hombre casado en mitad de un descampado, por lo menos ten la decencia de asumirlo».

Pero como era una buena esposa me mantuve concentrada en el trabajo bucal y en todas las sensaciones que me recorrían el cuerpo.

La llamada a Nuria había avivado todavía más mi calentura.

No sólo estaba humedecida mi entrepierna sino que mi propia alma me chorreaba.

Escuchar a Alonso hablando con su amante mientras me humillaba chupándola casi me paralizaba de placer.

Un placer psicológico, mental, que dominaba todo mi cuerpo.

La barriga se me encogía. Era un orgasmo mental que me preparaba poco a poco para que el fuego creciera entre mis muslos.

—No te preocupes por Lore. Estará en el ensayo con sus amigas y no regresará hasta tarde. La tengo controlada —por supuesto, yo no tenía ensayo ni me tenía controlada.

—Vale, pues nos vemos mañana —Nuria estaba exultante de felicidad.

—Te mando la ubicación de mi casa por el móvil —Alonso siempre tan perfeccionista—. Nos vemos a las cinco. Un abrazo.

—Besitos.

Fin de la llamada. Yo seguía agachada a lo mío que era succionarle la verga.

No lo miraba. Dejó el móvil a un lado y me agarró de nuevo la cabeza marcándome durante unos minutos el ritmo que le gustaba.

Aceleró el ritmo al tiempo que se aceleró su respiración.

No aguantaría mucho. Se levantó y de pie continuó marcándome el ritmo de la felación. Yo chupaba lo más profundo que podía.

—Ahora voy a correrme en tu cara, mira hacia arriba.

Se la sacó de mi boca. Con la mano izquierda en mi barbilla colocó mi cabeza en la posición que le gustaba y con la derecha se masturbó muy cerca de mi rostro.

No me gustaba el semen en la cara, pero la llamada de Nuria había minado mi voluntad.

Ya que no iba a tragármelo, me sentí obligada a darle a Alonso algo que supuse le gustaría.

Desde mi posición, de rodillas y mirando hacia arriba, sólo vislumbraba el capullo de su polla mientras él lo zarandeaba cada vez más rápido.

Cerré los ojos en señal de aprobación. Oí cómo gruñía de placer y sentía la descarga de su semen caliente sobre mi rostro.

Me cruzó la mejilla. Sentí su crema sobre mi párpado y por partes de mi frente.

Rápidamente su corrida comenzó a enfriarse sobre mí.

Abrí los ojos y, efectivamente, un hilo de semen colgaba de mi párpado izquierdo.

—Voy a lavarme.

—Espera —me ordenó—. Tienes que aprender a esperar. Quítate las bragas.

Qué remedio. Me gustaba que tuviera el control, así que obedecí sin rechistar todavía con su esperma secándose en mi cara.

Se sentó de nuevo en el sillón y ahora me colocó sentada sobre sus rodillas. Continuaba notando a la perfección su semen secándose poco a poco sobre mi rostro. Era una sensación que me gustaba.

—Abre las piernas. Te tengo preparada una sorpresa.

Dejé mi vulva expuesta cuando escuché el sonido de una vibración mecánica. Alonso sacó de debajo del cojín el cepillo de dientes eléctrico.

—Así que eso era lo que fuiste a coger al baño.

—Calladita. Abre un poco más las piernas.

Comenzó a pasar por mis muslos aquel cepillo vibrador con las cerdas hacia fuera y la parte plana tocando mi carne desnuda.

Con aquellas tetas de silicona tan grandes no conseguía verme el coño, por lo que sólo podía sentir la presencia de aquel artefacto en mis bajos.

Al principio no me pareció nada del otro mundo, pero estaba excitada tras la mamada y la corrida de Alonso en mi cara.

Respiré hondo y el cepillo ya se encontraba colocado estratégicamente sobre mi pubis buscando la parte superior de la vulva coronada con mi clítoris.

Colocó el cepillo encima del capuchón. Mi marido jugó con el cepillo rodeando el clítoris.

Me estaba empezando a gustar. Y todavía quedaba lo mejor.

Alonso me introdujo el dedo gordo de su mano izquierda en la boca mientras la derecha proseguía jugando en mi coño con el cepillo vibrador.

—Chúpalo —se refería a su dedo.

Se lo chupé como si fuese una polla. Lo sacó de mi boca.

Lo perdí de vista; en unos segundos volví a sentirlo a las puertas de mi culo.

Alonso lo desplazó abriéndose camino por mi recto.

Acababa de meterme su dedo enterito en el culo.

Iba a utilizar la misma técnica que le vi utilizar con Nuria.

Con los dedos anular y medio hurgó a las puertas de mi vagina.

No conseguí calibrar muy bien cuántos ni cuáles dedos andaban explorándome allá abajo.

Esto sí que me estaba gustando, ya lo creo.

Alonso lo notó porque aceleré la respiración con más rapidez y el corazón se me disparó.

Colocó la punta del cepillo directamente en la cabeza del clítoris y mi botón del placer respondió endureciéndose todavía más.

Podría correrme ya si me masturbase. Intenté mover la mano, pero Alonso volvió a regañarme.

—Quietecita. Ni se te ocurra tocarte. Déjame a mí.

Siguió acariciándome con el cepillo. Las vibraciones de aquel artefacto se expandieron por todo el cuerpo.

Cada vez estaba más caliente, pero no llegaba el orgasmo.

Mi esposo me estaba haciendo esperar, torturándome de placer un poquito.

Mi respiración se hacía cada vez más profunda buscando calmarme, pero no podía hacerlo.

Me excitaba la situación y todo lo que estaba ocurriendo entre mis piernas.

Me calentaba estar sentada sobre las piernas de Alonso, me cortocircuitaba que tuviera un dedo en mi ano mientras otros jugaban en la vagina y me encendía de placer las vibraciones sobre mi clítoris.

—Por favor, por favor, quiero correrme —supliqué.

—Quieres que te toque como toqué a Nuria, ¿no?

—Sí, sí, por favor, tócame como a Nuria.

—Nuria se tragó mi leche. No sé —sonrió pícaramente—, no sé si te mereces el premio...

—Yo la tengo en la cara, por favor, por favor —me resultaba un poco humillante hablar de mi corneadora en aquella situación. Pero más me encendía.

La corrida de Alonso ya estaba prácticamente seca sobre mi rostro.

Era una sensación extraña y sensual a la vez.

Era una olla a presión de sensaciones. Por fin Alonso comenzó a mover el dedo gordo que tenía en mi recto, dejó a un lado el cepillo eléctrico y con los otros dos dedos frotó fuertemente mi clítoris.

Mi cuerpo se quebró del orgasmo y perdí literalmente el sentido.

Mis piernas convulsionaron y Alonso tuvo que sostenerme para que no me desplomase en el suelo.

Me recobré tras unos segundos de éxtasis.

—Voy a lavarme y a quitarme estas tetas. ¡Qué calor dan las puñeteras!

—No hace tanto calor, la acalorada eres tú.

—Sí, sí, déjate de bromitas. Joder, la puta peluca. La has llenado de lefa, ahora tendré que limpiarla también.

Iba relatando de camino al cuarto de baño.

—Cualquiera diría que no has disfrutado.

Alonso se reía por el trabajo bien hecho.

Sé que había disfrutado mucho y ese era el problema.

Me estaba acostumbrando a aquella clase de orgasmo.

A situaciones explosivas. A descargas paralizantes en la entrepierna.

A correrme completa. Y me aterraba engancharme a ellos de tal forma que ya no pudiera dejarlos.

—¡Por cierto! —grité desde el servicio.

—¿Qué?

—Tu Nuria no tiene el coño estrecho.

—Te digo que lo tiene; al metérsela lo noté.

—Es vaginismo —Alonso ya había venido al cuarto de baño a hablar conmigo de cerca. Me encontró lavando la peluca.

—¿Qué es eso?

—Joder, si tiene corrida hasta en el interior. ¿Cómo coño ha llegado tu semen hasta aquí?

—No sé, se te habrá movido la peluca. Pero cuéntame qué es eso del vaginismo.

—Mira, cari, las vaginas son elásticas. Da igual que sean grandes o pequeñas, se adaptan. Yo no es que tenga el coño muy grande y tu polla me entra, ¿no?

Alonso sólo asintió con la cabeza.

—Pues que lo que tiene tu vendedora de café de mapache es vaginismo. Espasmos en la vagina. Contrae los músculos involuntariamente cuando le metes el cipote. Por eso se ha inventado lo de estrecha.

—¿Y cómo sabes tú estas cosas?

—Porque soy mujer —me subí a la parra y luego tuve que rectificar—. Bueno, la verdad es que mi hermana lo tiene o lo ha tenido. No sé. Yo le busqué una solución, pero ella ni puto caso. Pero Nuria a ti seguro que te hace caso, se le nota en sus ojitos que está loquita por tus huesos.

—Loquita o no, se presentará aquí, así que ya me dirás qué vamos a hacer. Porque cortarse no se corta. Todo el vaginismo que tú quieras, pero aquí se presentará mañana.

—Y mañana tendremos preparado un juguete para tu chica. Tendrás que dilatarla.

Mi cabeza ya andaba ideando un pequeño plan.

—o—

El lunes a primera hora Charo Sánchez, la viuda justiciera que acabó envenenando a su marido maltratador, entró en el despacho de su abogado Teo.

—Buenos días, Teo.

—Hola, Charo.

Saludos fríos, impropios de dos personas que habían compartido la cama.

—Me preocupó mucho el tono de tu correo. ¿Qué pasa?

—Iré al grano —Teo la miró fijamente—. ¿Me has estado utilizando?

Por increíble que parezca, a Charo aquello le pilló por sorpresa. Claro que lo había estado utilizando pasándole documentación contra los Cotrina, pero por alguna extraña razón se sentía incómoda.