Capítulo 11
Capítulo
«¿Cómo coño ha llegado tu semen hasta aquí?»
Domingo. Octava mamada.
El domingo me levanté antes que Alonso. Aproveché la ocasión para ir colocando mis minerales en la estantería que había despejado con Kata.
Primero tenía que rebuscar en mis cajas para encontrar los que me parecían más bonitos y dignos de enseñar.
Tenía tres muestras de amatista y me encantaban las tres.
A los que coleccionamos minerales no sólo nos gusta tener el mineral en sí, sino buscar cierta estética en la forma.
—Al final hay que hacer siempre lo que tú quieras, ¿no?
Alonso me pilló enfrascada en mi tarea.
—Ya lo sabes —no sabía ni para qué lo preguntaba—. ¿Qué te gusta más, esta fluorita o esta rosa del desierto?
—¿No tenías otra rosa más chula?
—Sí, pero no la encuentro en las cajas. ¿Ya has desayunado?
—No.
—Yo tampoco. Vamos a prepararnos algo que ya es tarde.
Así controlaba también el desayuno de Alonso vigilando que mantuviera el régimen al que lo sometía.
—¿Qué tienes pensado para hoy, cari? —le pregunté en la cocina.
—Básicamente, despejarme jugando a la consola y tocarme los huevos.
—¿Y si la que te los toca soy yo?
Sin previo aviso me lancé a su entrepierna dispuesta a cumplir con la octava mamada que debía hacerle.
A pesar de mi ímpetu y decisión, la faena no me salió como la había imaginado en mi cabeza.
A veces puedo ser impulsiva y no calibrar bien los contextos.
Alonso respondió, ciertamente, se bajó los pantalones, y yo, en el suelo, estuve fina y precisa acariciándole las pelotas y mamando tan bien como las otras veces.
Pero su polla no acababa de estar totalmente dura.
Si te la meten por el coño puede que las sensaciones te confundan, pero en la boca se nota perfectamente cuando un hombre está bien empalmado y cuando no.
Y mi cari no lo estaba. Lo peor fue que yo tampoco estaba muy caliente.
La situación no me excitaba. Me parecía todo demasiado marital, demasiado ñoño y soso.
Y eso que mamar os aseguro que la estaba mamando bien.
Pasados unos minutos, en los que mi cuello estuvo zarandeándose, Alonso me hizo levantar.
—¿Qué te pasa, cari? —inquirí.
—No lo sé. ¿Tú estás excitada?
—La verdad es que poco.
—Sí, se te notaba cuando me mirabas. Puedo notar en tus ojos cuando estás caliente y ahora me la chupabas bien, pero tus ojos no me transmitían pasión.
—Vaya putada.
—Lore, creo que es porque las veces anteriores han sido morbosas y esta vez parece todo normal.
—Puede ser, cari, puede ser.
Le estuve dando vueltas y no era descabellado que mi Alonso tuviera razón.
De hecho, cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.
Hacía sólo un par de meses que si se la hubiera chupado en la cocina hubiera sido el top del morbo en nuestra vida.
Pero ahora parecía que no nos contentábamos con eso.
Ahora una simple succión en la cocina nos parecía tan erótica como una partida de Parchís. Tolerancia a la dopamina.
—¿Se te ocurre algo para darle más morbo a mi chupadita? —manifesté buscando respuestas.
—Lo primero que dejes de llamarlo «chupadita» —Alonso me sorprendió gratamente.
—¡Gracias, cari! —le zampé un besazo—. Ya se me estaba pegando tu forma de hablar de niño bueno. ¿Se te ocurre algo para que, mientras te estoy comiendo el rabo, se me ponga el coño al baño María?
—A ver, Lore, tampoco hace falta pasarse.
—Pero te estás partiendo de la risa. Ves, si al final te gusta cómo hablo.
—Siempre me ha gustado. Por otra parte, ya sé lo que vamos a hacer.
—Dime.
—¿Te acuerdas del último Halloween? —preguntó.
Claro que me acordaba. Creo que ese invento anglosajón del Halloween se ha extendido por tres motivos.
El primero, para vender películas de terror.
El segundo, para comer azúcar y reventar de diabetes.
Y el tercero, para que las mujeres tengamos una excusa social aceptable para zorrear vistiéndonos de putilla.
No voy a edulcorarlo. La cosa no tiene mucho misterio.
Coges cualquier profesión y enseñas muslo, ropa interior, escote y te pones unos taconazos y ya está.
Ahí tienes la bombero putilla, la policía putilla, la registradora de la propiedad putilla, la procuradora putilla, la ingeniera agrónoma putilla, tanatopractora putilla…
—Intuyo por dónde vas, cari, pero el disfraz de enfermera zorruna lo devolvimos. Los alquiló Raquel para todas en una tienda del centro; por eso el otro día me vestí con la ropa de Kata porque no tenía…
—No me estoy refiriendo al disfraz de enfermera en sí, que ya sé que lo alquilasteis.
—Ah, coño, ya veo por dónde vas.
—Exacto, a las tetas y la peluca.
No me había acordado. Con unas cuantas amigas alquilamos los disfraces de enfermera buscando este año que fueran buenos porque otro año me compré uno de diabla en los chinos y la experiencia sí que fue de terror auténtico.
Se me cayeron los adornos de plástico malo y al final en vez de demonio zorrón iba de gilipollas con mallas rojas.
Alquilamos los trajes, pero, como necesitaba darle mi toque Lore especial, lo que hice fue comprarme como complemento unas prótesis de silicona de tetas enormes.
El sujetador que compré por internet para poder llevarlas era uno especial ajustable a varias tallas aunque calculaba a ojo que sería por lo menos un 170L o así.
Una barbaridad. Eran color carne y se adaptaban muy bien sobre tu pecho porque estaban preparadas para poder ponerlas sobre tus propias tetas y que no te molestaran.
Acompañé además el disfraz con una peluca rubia ondulada.
—¿Y con qué quieres que me las ponga?
—Sorpréndeme, cari. Sé que estos retos te gustan.
Tenía razón.
—Espérame en el salón mientras me preparo.
—Espera que voy al baño y luego dejo que te prepares.
Así lo hizo. Fue al baño y cuando ya estaba en el salón esperándome comencé a prepararme.
Lo primero era recordar dónde había dejado guardada la prótesis y la peluca.
En el armario del dormitorio seguro que no.
Pero el vestuario de mi marido me dio la idea genial que necesitaba.
El sujetador lo tenía localizado junto a mi ropa interior normal.
Seguí buscando. Me costó un poco, pero al final las encontré en unas cajas del trastero con los adornos de Navidad.
—Lore, ¿ya estás lista? —me gritó desde el salón.
—¡Espera, que estoy maquillándome!
Terminé de maquillarme de forma exagerada y estridente. Si había que zorrear, se zorreaba. Buena era yo. Me atreví con algo que nunca había probado: perfilarme de negro el borde de los labios que ya tenía pintados de un rojo muy vivo. Y, ¡tachan!, aparecí por sorpresa en el salón.
—Hola, señoría. Quisiera poner una felación, digo, una apelación en su juzgado…
Alonso alucinaba al verme con su toga puesta. La toga no es el atuendo más sexi que el hombre hubiese inventado, pero con mis grandes tetas postizas hacía que se levantara por delante y con ello enseñaba mejor mis pies calzados con los zuecos de tacón más altos que tenía.
—Tendrá que presentar la felación, digo la apelación, en tiempo y forma —me siguió el juego. Yo ya estaba excitada. Qué digo excitada. Estaba cachonda perdida.
Me acerqué con decisión hacia Alonso, que ya había separado las piernas. Me planté delante de él.
—¿Has imaginado que alguna en esos juzgados va en pelotas debajo de la toga? Seguro que lo has hecho. Todos los hombres sois unos salidos.
Alonso no dijo nada.
—Qui tacet consentire videtur, señoría. Tendré que recusarlo —bromeé metiéndome en mi papel.
—¿Y cómo lo hará, señora Loreto?
—Tengo estos dos grandes fundamentos jurídicos.
Me levanté la toga, me la quité de encima y me mostré en ropa interior con aquellas descomunales tetas que hasta llegaban a taparme la visión desde aquel ángulo. Había que reconocer que con el sujetador puesto aquellas domingas parecían bastante reales y gigantescas.
Me arrodillé entre sus piernas. Ya había aprendido cómo doblar mis articulaciones para mamar bien, pero mis tetas de silicona eran tan grandes que me costaba encontrar la postura cómoda.
Aun así, conseguí abrirle la bragueta y sacar su polla.
¡Oh, yeah! Ya estaba dura. No me quedaba otra que doblar el cuello y con mis labios bien puestos en círculo metérmela lo más profundo que pude, que era su mitad.
Alonso me tomó de la nuca y me apretó suavemente.
—Un poquito más, que tú puedes.
Y mi boca cedió un poco más. A cada mamada que hacía parecía que la polla de mi marido alcanzaba mayores cotas de profundidad.
Me gustaba, pero me vino una arcada. Me la saqué y volví a empezar.
Ahora sí, comencé a moverme, ensalivando y subiendo y bajando por la verga.
Era una chica aplicada. Mi cabeza y cuello no paraban.
Mientras se la estaba chupando, Alonso sacó su móvil. Lo miré y disminuí el ritmo mamatorio.
—Sigue chupando, no te pares. Sigue así. ¡Y no me mires! Sólo mama como hasta ahora.
Marcó un número de teléfono. Puso el manos libres.
—¡Hola, Alonso! —escuché la voz de Nuria. La zorra que se la chupó ayer a mi marido. Estaba entusiasmada. No la culpaba. Poder engullir otra vez más esta polla que estaba degustando era para alegrarse.
—Hola, Nuria, te llamo para disculparme, la verdad es que me sentó mal dejarte marchar ayer.
—No te preocupes, no te preocupes, no pasa nada —a la pobre Nuria se le notaba demasiado que estaba encoñada con mi Alonso. Me calenté pensando que ahora era yo la que disfrutaba su polla entre los labios; lo entendí perfectamente.
Proseguí chupando diligentemente. Como Alonso me había ordenado que no lo mirase, en cada movimiento de subida y bajada de mi boca por su miembro sólo alcanzaba a ver el pubis afeitado de mi marido.
Ya le había crecido un poco el pelo en esa parte.
Pensé que se lo podría afeitar de nuevo, pero en fin, mi labor ahora era mamársela.
—Te llamaba para ver si podemos quedar mañana por la tarde en mi casa.