Capítulo 10 #4
Buena excusa. Nuria salió del solar mirando de un lado a otro temiendo encontrarse conmigo.
Por fin desapareció a lo lejos y salí de mi escondrijo para lanzarme a los brazos de Alonso, que me recibió con un intenso beso.
Pude saborear a Nuria en sus labios. Como cornuda estos besos no tienen precio.
A estas alturas no hacía falta decirnos nada.
Queríamos follar y no nos hacía falta hablarnos.
Mientras nos morreábamos me agarró con fuerza de la cintura y me sentó sobre aquellos bidones.
Nuria tenía razón. Aquello estaba asqueroso.
Entre la hierba y la grasa o lo que coño hubiera allí tendría que tirar los pantys a la basura. Temía por el vestido.
—Cuidado, cari, que se mancha.
—¿No querías cambiarlo por otro?
—También es verdad. Uno más de zorrón. Te gustaría, ¿a que sí?
Alonso no quería seguir la conversación.
Yo tampoco, la verdad. Entre los dos conseguimos bajar los pantis y las bragas, pero en aquella posición, sentada y con el culo pegado a aquella mierda le era imposible a Alonso acercarse para metérmela.
Me hubiera gustado abrazarlo con mis piernas, pero los pantis me lo impedían y no podía romperlos como rompí los leggins la primera noche que me hizo realmente cornuda.
Así que me puse otra vez de pie y le di la espalda.
Tendría que follarme el coño desde atrás.
Y así lo hizo, se acercó y me la metió por la vagina.
Nada de vaginita pequeña. La mía era una señora vagina encantada de recibir al señor polla dura.
Alonso notando que estaba lubricada comenzó el metesaca a un ritmo trepidante.
Es increíble cómo había cambiado mi marido.
Se había recuperado rápidamente de la corrida en la boquita de la pelozanahoria.
También es cierto que cuando los varones cambian de pareja sexual el tiempo refractario entre orgasmos se acorta.
La evolución favorece mis vicios de cornuda.
«Deja de pensar sandeces, Lore, y concéntrate», me dije mientras ponía empeño en la jodienda.
Mientras Alonso me empotraba desde atrás, comencé a mover mis músculos acompañándolo.
Me había puesto las manos en la cintura.
Bajó la cremallera del vestido en un gesto que me calentaba todavía más y me acariciaba la espalda mientras me seguía follando sin tregua.
Estaba sumergida en un placer mucho más allá de lo físico.
Sentía que el rumbo de mi vida merecía la pena si me hacía sentir lo que estaba sintiendo en aquellos momentos.
Con mi mano seguía masturbándome. A cada empellón de Alonso, mi mano acariciaba en círculos el clítoris.
Genial sincronización. Él aceleró. Yo aceleré.
Aceleramos los dos. Gemimos, gritamos y nos corrimos juntos.
No lo conseguíamos todas las veces y a mí me encantaba cuando ocurría.
Se quedó dentro de mí y me dio besitos en la espalda desnuda.
Noté menos semen que de costumbre en mi interior.
Nuria le había vaciado antes las pelotas y eso repercutía en la cantidad de esperma.
Recuperados los dos, volvió a subirme la cremallera y antes de que él hiciera lo mismo con la bragueta, le detuve.
—¡Quieto, cari!
—Coño, Lore, me has asustado. ¿Qué pasa?
—No te la guardes todavía.
Me agaché mientras cogí su polla —que ya se estaba desinflando la pobrecita—; me la metí en la boca y le di un par de lametones y otro par de mete-sacas en la boca.
Me saboreé a mí misma en la polla de Alonso.
Era excitante, pero tras el orgasmo que acababa de tener no estaba para más juergas.
Mi marido tampoco, evidentemente. Lo tenía todo calculado.
Me levanté de nuevo.
—¿A qué ha venido eso?
—Se supone que hoy te la tendría que haber chupado, ¿no? Pues así podremos decirle a Nila que, técnicamente, hoy te he hecho una mamadita.
—Más bien es cuasi-mamadita.
—Deja lo nerd para el despacho, anda.
Salimos del solar y por fin, en la calle principal pude verme con más claridad.
Las pantimedias habían quedado siniestro total y todo el culo del vestido estaba lleno de grasa.
Los tacones no sólo estaban sucios sino también rayados vete a saber cómo y de qué.
Nadie ha dicho que joder sea limpio. Nos resignamos y volvimos al Strada para cambiarme y regresar a casa.
—o—
Teo no paraba de darle vueltas a lo que había visto en el Smolyan.
Charo y Petko. Dos eran las cuestiones que le inquietaban.
La primera, el propio caso de Charo. Si la prensa se enteraba de que la viuda vengadora estaba con un tipo como Petko, podría tener a la opinión pública en contra.
Era primordial el clima a favor de Charo que se había producido.
Había trabajado mucho para que Charo fuera socialmente reconocida casi como la víctima de aquella situación: Charo era la maltratada, la vejada, la acorralada a la que no le quedaba opción…
Si aquello desaparecía, era muy probable que el juez no sintiera ninguna presión en amargar a Charo con las pruebas que había.
La justicia puede que sea ciega, pero no está sorda y el sonido de la calle llega al interior de los juzgados.
La segunda inquietud, y no menos grave, era la sospecha de que Petko y Charo pudieran estar utilizándolo. Si era así, estaba en una situación complicada. Decidido, mandó un correo electrónico a su cliente lo más formal y duro posible para que tuvieran una reunión el lunes.