La Cornuda Fiel Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Tras un bis de algunas canciones que a mí se me hizo eterno, el concierto terminó.

Como solía ocurrir, mis compañeras se quedaron aceptando invitaciones a copas —es lo mejor de los bolos— y charlar como si verdaderamente a esa gente le interesara nuestra música y no meterse entre nuestras bragas.

Pero sacarle copas gratis a los salidos que creen que pueden ligarte era de las mayores satisfacciones después del canto.

Aproveché la situación, me hice la remolona, di varias excusas —que nadie me había pedido— y salí por una puerta trasera buscando la obra de la que me hablaba Alonso.

Dicha «obra» era un solar con una estructura de cemento a medio construir.

Y decir «a medio» es ya ser generosa. Un cartel oxidado indicaba que la entrega de pisos estaría lista para el 2008.

Debieron encadenar una crisis tras otra porque aquello se paralizó y quedó a la espera de tiempos mejores.

En su día tal vez la seguridad del solar era buena, pero ahora, dada la cantidad de latas de cerveza y basura surtida que había por allí tiradas, el lugar debía utilizarse para botellones.

La valla estaba destrozada y se podía pasar sin dificultad.

Me oculté detrás de los únicos palés existentes según me había indicado mi marido.

Allí detrás, y agachada, podía ocultarme fácilmente.

Eso sí, sumergiéndome hasta la coronilla en hierbajos.

Toda la zona estaba llena de hierba seca, paja y abrojos que se te pegaban a las medias como si fuera velcro.

«Ya estoy en posición», le envié por el móvil.

Lo bueno de la disposición de las hierbas y las maderas viejas junto a la única farola que había allí —rota, por cierto—, era que tenía buena visión de lo que estaba delante y además podía ocultarme bien.

En general, todo estaba oscuro, pero al poco tiempo te acababas adaptando y viendo bastante bien.

A lo lejos vi cómo Nuria y Alonso se dirigían hacia donde me encontraba.

Alonso la llevaba agarrada de la cintura y la manoseaba con fruición.

Me gustaba cómo pintaba la cosa. Nuria lucía sonrojada como una colegiala y Alonso estaba en plan galán.

Entre lo pelirrojo del pelo y el rubor sanguíneo de su piel, Nuria parecía una brasa recién avivada.

—Pasa por aquí —sugirió Alonso.

—¿Aquí? Me da miedo —se hace la difícil aunque a estas alturas si ha acompañado a Alonso es porque quería morcilla de Burgos—. ¿Qué vamos a hacer ahí?

«Jugar al Monopoli, no te jode», pensé allí agachada. No era una postura cómoda, sobre todo porque no podía sentarme sin miedo a llenarme el culo de hierbas y diversas mierdas semovientes que pululaban por allí tiradas.

—Me has retado —Alonso sacó su lado alfa, por fin—. Y voy a demostrarte lo que tengo entre las piernas, bonita.

Así me gustaba. Diez por Alonso. Seis y medio para la pazguata.

¿Es que no tenías ojos para mirar el paquete de mi marido?

Joder, incluso yo estando allí agachada y casi sin poder respirar pude verle el bulto.

Nuria pidió ahora a mi Alonso que le diese la mano para entrar en el solar como si fuera una damisela en apuros.

—Esto está muy sucio. ¿Qué hacemos aquí?

Alonso afortunadamente no respondió. La atrajo hacia sí y le imprimió un buen morreo en la boca.

Ella respondió. Ya lo creo que respondió.

Alonso debía estar prospectando con su lengua el píloro de Nuria.

La tomó por la cintura y con las dos manos la levantó para llevarla medio metro hacia unos bidones mohosos que tenía cerca.

Le dio la vuelta y la puso de espaldas. Ella apoyó las manos en los bidones.

—Ah, Alonso, esto está asqueroso.

—Calla. Después te limpias.

Alonso tomó el trasero de Nuria, lo levantó con una mano mientras que con la otra presionaba la espalda de ella para que se doblase y así el culo le quedara en una cómoda posición.

Mi marido lo acarició sin quitarle los vaqueros.

Amasó aquel culo y le comenzó a dar cachetadas como si fuese un pandero.

Mi esposo pasó la mano por delante de su cintura y le desabrochó el pequeño cinturón y los botones delanteros.

Tiró hacia abajo y dejó su carne blanca y reluciente expuesta.

Desde donde estaba le vi perfectamente el trasero.

Es bonito. Hasta a mí me dan ganas de darle cachetadas.

A continuación, Alonso le bajó las bragas.

Vaqueros y ropa interior le quedaron recogidos a la altura de las rodillas.

Nuria desde su posición y yo desde la mía estábamos expectantes. ¿Qué haría Alonso?

Mi cari no defraudó. Se metió el dedo gordo en la boca, lo ensalivó y lo bajó hasta el ojete de Nuria para introducírselo con suavidad.

La chiquilla dio un gritito y Alonso mantuvo en el recto el dedo gordo mientras veía claramente cómo curvaba sus dedos anular, medio e índice para jugar con el coño de Nuria acariciándolo con mimo.

No sabía si me enfadaba o me alegraba que nunca me lo hubiera hecho a mí.

No se entretuvo mucho en el agujero negro, sólo lo estimuló lo suficiente como para sentir gustito.

Pasó entonces a acariciar los labios de su vulva mientras ella no podía dejar de moverse acompañando la mano de Alonso.

Debía estar caliente porque lanzaba unos gruñidos de placer muy cantarines que a mí me fueron excitando.

En la noche se escuchó el sonido inconfundible de una bragueta. Mi marido había desenfundado la pistola. Nuria volvió la cabeza, quería contemplarla y vaya susto que se pegó.

—Por Dios, Alonso. Joder, joder, joder. ¡Espera! El condón, lo tengo en...

Eso es lo que intentaba precisamente Alonso, joderla. Ella siguió cotorreando y repitiéndole.

—¡Espera! Joder ¡Espera! El condón, lo tengo en…

Vaya, vaya. Así que Nuria venía al Strada con condones. Para que luego digan que mi sexo sentido no funciona.

—Toma, chiqui, tengo aquí uno —Nuria sacó el profiláctico y se lo entregó a mi marido.

¡¿Chiqui?! ¡Nuria le ha llamado «chiqui»! Una extraña mezcla de celos y placer me inundaba. Incluso agachada e incómoda de aquella forma me estaba calentando cada vez más.

Alonso se había puesto ya el condón. Se la agarró, escupió sobre su polla enfundada para lubricarla mejor y poco a poco se la metía en la vagina desde atrás.

Nuria chilló y no fue de placer. Desde la acera de enfrente alguien que pasaba giró la cabeza al escuchar el berrido.

Nuria había sido ensartada por aquella polla que la rellenaba entera.

La pobre no podía moverse y Alonso se quedó paralizado sin saber qué hacer en aquella situación.

A Nuria aquello le estaba doliendo de verdad y Alonso lucía la cara de un niño al que le hubieran pillado rompiendo algo.

Cuando ella se calmó, mi marido metió algunos empellones a ver si aquel coño cedía o lubricaba, pero Nuria le paró.

—Joder, joder, joder —gritó ella aunque, irónicamente, era justo lo que no estaba ocurriendo—. ¡Qué grande! ¡Me duele mucho! ¡Qué grande!

—¿Qué te ocurre, chiqui?

Y dale con lo de chiqui.

—No te lo he dicho porque me daba vergüenza, pero tengo la vagina estrecha.

Alonso se quedó ojiplático. «¡¿Qué?!» debió pensar según se reflejaba en el rostro.

Sabía que yo estaba detrás de aquellos palés y miró hacia mí aunque no podía verme en la oscuridad.

Alonso no comprendía nada. Seguramente Nuria padecía de vaginismo.

No es exactamente tener la vagina estrecha.

Ya se lo explicaría cuando llegásemos a casa, pero ahora recé para que mi cari recompusiera la situación pues —tengo que admitirlo—, que a ella le hubiera dolido me había excitado un poco.

Sentía que el poder de Alonso, de alguna forma, se transfería a mí.

Nuria dio la vuelta para poder mirar cara a cara a Alonso, que seguía perdido por la situación.

No sabía si era culpa suya. Nuria descifró rápidamente su rostro y le regaló otro beso intenso al que mi marido correspondió como era debido.

Pasaron unos minutos con el morreo. Me estaba gustando, pero era insuficiente.

Ni me había metido la mano en la entrepierna.

En la escala de calentura de Lore, del uno al diez, andaba por un tres y medio.

Mi mano no se molestaría en bajar hasta que aquello no pasase del cinco.

Dejaron de besarse y ella le susurró al oído.

—Puedo chupártela, si quieres.

Me dieron ganas de levantarme y decirle «Perdona, bonita, pero ese es mi trabajo. Si no puedes con pollas grandes búscate a algún pichacorta al que le guste el café de mofeta ese que vendes». Por supuesto, me contuve.

Alonso le contestó con los hechos. Puso su mano en el hombro y la hizo agacharse.

Un modus operandi que ya parece serle connatural.

Una vez alineada su cara sonrosada a la altura de la polla, Nuria le quitó el preservativo.

Acarició con primor sus huevos afeitaditos y masturbó con dulzura a mi esposo.

Cuando iba a metérsela en la boca, mi cari la detuvo.

—Espera; cuando me corra no te lo tragues. Mantenlo en la boca. ¿Lo has entendido? No te lo tragues.