Capítulo 10
Capítulo
«Desde luego vino pidiendo embutido casero con esos vaqueros finos y ceñidos»
Sábado. Séptima (cuasi) mamada.
El Strada era el garito de moda en la escena musical indie.
Eso significaba que, en principio, no pintábamos nada allí.
Cada fin de semana sus cuatro paredes se atestaban de gafapastas, hipsters y culturetas dispuestos a despotricar en sus podcasts al grupo de turno.
Por arte de magia, en aquel escenario pasábamos de ser un grupo de cuatro treintañeras que cantaban música vieja y sin interés a ser «un prometedor cuarteto de música vintage doo-woop con toques vocalese capaz de romper con los dogmas establecidos en la escena musical».
No iba a ser yo la que despreciara aquella publicidad.
Nos había costado conseguir el bolo en el Strada.
Le enviamos emails con enlaces a vídeos de YouTube con nuestras actuaciones, un USB con maquetas que habíamos grabado, llamamos por teléfono…
y nada. Hasta que las casualidades de la vida hicieron que una amiga de Clara —una de las integrantes del grupo— fuera amiga a su vez de una ex del propietario del garito del que conseguimos que se dignara a escuchar nuestra maqueta y acabó llamándonos para concertar la actuación.
Llegamos pronto para preparar el escenario e ir comprobando la acústica y los equipos de sonido.
Como era habitual, me acompañaba Alonso.
Al pobre lo utilizaba como burro de carga ayudándome con el portatrajes y la bolsa con el maquillaje y la caja de zapatos.
No os penséis que era por puro egoísmo femenino.
Bueno, un poquito de egoísmo había, pero el motivo principal era que para conseguir nuestro peinado pin-up de media melena, tenía que sufrir horas antes en la peluquería un proceso de brushing para llenar mi media melena de bucles y luego me tenían que hacer un tupé con rodete delantero para quedar perfecta.
No iba a arruinar el peinado haciendo demasiado esfuerzo teniendo a un hombre fornido y amoroso a mi disposición.
Además, no lo neguéis, esto de ayudar a damiselas en apuros les gusta a los hombres y a nosotras nos gusta aprovecharnos, así que todos ganamos aunque nos neguemos a admitir el juego.
—¡Alonso! —le hice una señal para que viniera a lo que se suponía que era el vestuario. En realidad, un almacén donde tenían toda clase de mierda metida—. Ayúdame a subirme la cremallera.
Ya tenía puesto nuestro «uniforme» para actuar: un vestido retro en forma de A, de color rosa con adornos en fucsia, cuello de barco y conjuntado todo con pendientes, maquillaje a juego y unos tacones rojos peep-toe destalonados.
—Oye, cari, ¿no es esa Nuria?
La vi nada más llegar mientras Alonso revisaba que mi vestido no tuviese arrugas por la espalda.
Mi sexo sentido no falló y me puso alerta.
Nuria, esbelta y mona, asistente de catering del despacho de mi marido.
La misma que había intentado ligar con él en la fiesta de aniversario del bufete la noche que cambió nuestra vida sexual.
Se sentó al fondo buscando desde allí a alguien con la mirada.
—Vaya casualidad, no sabía que le gustaba tu música —me indicó Alonso.
—Ni casualidad ni pollas. Esa ha venido a verte a ti. ¿No ves que está ahí sola sin nadie que la acompañe? ¿Qué tía viene sola a estos sitios? Sobre todo si está buena como Nuria.
A veces había que explicarle las cosas a mi Alonso.
—No seas paranoica, ¿para qué iba a venir a verme a mí?
—El otro día cuando fui a tu despacho a, ya sabes a…
—no quería decirlo por si alguien nos escuchaba, así que hice un gesto con la mano y mi boca de inequívoco significado felatorio—, le gasté una broma sobre la crema de sus bollos que le sentó como el culo.
Se le notó en la cara. No creo que venga por mí.
—¿No se la habías hecho a Sandra?
—A Sandra primero y luego a Nuria.
—No paras, Lore, es que no tienes filtro.
—Ya, bueno. El caso es que si está aquí no es por mí, sino porque espera verte a ti, estoy segura. Me habrá buscado en Google. En la web del grupo tenemos el calendario de actuaciones. Te digo que viene a por ti.
—Eso no lo puedes saber.
—Sí que puedo —mi mente ya andaba maquinando algo—. Además, ¿Nila no te había enseñado a ligar, a ser un macho alfa y todas esas cosas?
—Nila ha perfeccionado mi estilo. Pero a ligar, lo que se dice ligar, no mucho. Todavía me quedan lecciones.
—¿Tu estilo? ¿Y eso qué coño significa? ¿Tu estilo de ballet clásico?
—Coño, Lore, ya lo sabes. Mi estilo de follar —dijo «follar» muy bajito, pues a veces nos pasaba alguien cerca.
Me reí con aquello. Me gusta hacerlo sufrir un poquito.
—Ya lo sé, pero quería escuchártelo. Mira, vamos a hacer lo siguiente.
Yo voy a ir a saludarla, que creo que nos ha visto, pero se hace la remolona.
Tú me acompañas de cerca, y cuando la saludemos, me quedo hablando con ella y tú vete a hacer cosas a lo lejos, pero que ella pueda verte. Siempre estate a su vista, ¿vale?
—¿Y con eso ya sabrás si quiere acostarse conmigo?
—Sí. Vamos.
Salí del cuchitril en el que estaba y me dirigí directa hacia Nuria con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hola, Nuria, ¿qué tal?
Saludo neutro. Nada de escatología ni bromas sobre cremas o mamadas. Alonso le dio otros dos besos, se excusó y se fue al fondo a hacer alguna tontería siempre dentro del campo de visión de Nuria.
—¡Hola! —muá, muá; nos dimos los besos correspondientes—. No sabía que actuabas aquí, Lore. He quedado con una amiga, pero me acaba de mandar un mensaje diciendo que no puede venir.
Pillada. Excusatio non petita, accusatio manifesta.
Nadie le ha pedido que me diera explicaciones de por qué estaba aquí solita y desamparada esperando butifarra.
Porque desde luego, la pelirroja vino pidiendo embutido casero con esos vaqueros finos y ceñidos combinados con unos tacones de diez centímetros, un top de volantes y, sobre todo, con sus ojos.
Esos grandes ojos marrón claro que no paraban de mirar detrás de mí siguiendo siempre a Alonso.
—Bueno, Nuria, tengo que dejarte que empezamos dentro de poco. Ah, y cuida bien de mi maridito, que últimamente se fija demasiado en moscardonas y pelanduscas.
Nuria no dijo nada, sólo sonrió y asintió con la cabeza dándome la razón como a los tontos embelesada en la contemplación de mi esposo. Antes de ir con las chicas para concentrarnos y preparar la salida al escenario, le dejé bien claro a Alonso el panorama.
—Confirmado. Esa tortolita no te quita el ojo. Igual que en la fiesta del despacho. Lo que no sé es por qué ahora no está tan nerviosa como aquella vez. He sentido su lujuria mientras te miraba. Ya no te mira como antes. No sé qué le ha pasado; está como más salida.
—No te me pongas mística que no puedes saber todo eso sólo con hablar con ella.
—No es sólo hablar. Se llama lenguaje corporal, Alonso. Y tienes que aprender a descifrarlo —le limpié una mancha de la camisa—. Cuando quieres puedes ser encantador. Lo sé porque lo eres conmigo. Así que adelante.
Alonso me miró preocupado.
—¿Qué te pasa, cari?
—Estás muy guapa.
—Ya, no digas tonterías que me has visto más veces así.
—No es sólo eso. Es que esto son cuernos genuinos, cuernos de verdad.
—Hombre, no es que hayas estado jugando a las casitas con Nila. A mí lo de follar con ella me parece bastante de verdad.
—Pero es diferente. A ella le pagamos. Esto me parece más real.
—Eso está en tu coco. ¿Crees que a mi amiga Clara le gustaría que su marido se fuera con fulanas? Los cuernos, cuernos son. Si no, no me pondrían caliente.
Esto último se lo dije en voz baja y al oído.
—Te iré indicando por wasap.
Mi marido era rápido con el móvil, tendría que estar atenta a él.
Me fui con mis compañeras a darnos los últimos retoques y prepararnos para el concierto.
Me resultó extremadamente difícil cantar en aquellas circunstancias.
No sólo tenía que estar concentrada en lo que estaba cantando sino que tenía que estar pendiente de mi Alonso.
Se había sentado con Nuria atrás en el fondo y a veces los perdía de vista.
Conforme fue pasando nuestro repertorio, podía ver cómo Alonso se iba sintiendo menos incómodo junto a Nuria.
«Eso es, cariño, despliega tu encanto». Una vez se levantó, la dejó sola y salió del local.
Me inquieté un poco pensando que era algo de su trabajo.
Pero volvió al poco tiempo. Luego supe que fue a explorar la zona en busca de un lugar apropiado para el apareamiento.
Durante el descanso iba a acercarme, pero pensé que podía cortarles el rollo.
Mejor que Nuria pensara que yo era una esposa que desatendía a su marido.
Alonso, no obstante, ya me había mandado algunos wasaps.
«Tenías razón», decía el primero. Así que mi instinto sexual no se equivocaba.
Nuria estaba receptiva. Lo que me intrigaba ahora era si, en caso de que Alonso conseguiera llevársela al huerto, yo podría contemplarlo.
Si se iban a algún motel o al coche, no conseguiría ver nada.
Ya sabéis que no es lo mismo que te cuenten algo que verlo con tus ojos.
Además, si les daba por largarse durante el concierto, también me lo perdería.
Pero mi Alonso ya había pensado en todo.
«Cuando acabe el concierto, ve a la obra de detrás.
Escóndete tras los palés». ¡Qué grande eres, cari!
Me puse contenta y, lo mejor, comencé a excitarme anticipando lo que iba a pasar.