La Cornuda Fiel Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Me decía a mí misma que los encuentros no tenían por qué tener mucho misterio.

Follaban y ya está. Pero, ¿cómo lo hacían?

¿Qué le enseñaba ella a él? ¿Le enseñaría Alonso algo a ella?

¿Algo que hubiéramos aprendido los dos juntos, algo íntimo nuestro?

¿Cómo actuaría mi Alonso? ¿Lo pasaría bien?

«Eres tonta, Lore —yo misma me contestaba—, claro que se lo pasa bien, se la estará metiendo hasta las trompas de Falopio».

Y así pasaba la velada esperando a que volviera.

Escuché el coche llegar en la calma de la madrugada. Eran las cinco y yo estaba despierta en el sofá del salón pasando el tiempo navegando con mi móvil. Alonso encendió la luz buscándome. Sabía que suelo estar esperándolo.

Me levanté dejando el móvil en la mesilla buscando sus ojos.

Nuestras miradas se encontraron por fin.

No nos dijimos nada. Con sólo su mirada sabía lo que sentía.

Me bastaba ver su rostro para notar que estaba encendido.

Esta vez estaba yo con mi sudadera de Elvis y unos pantalones anchos de pijama del que ya hace siglos que no encuentro la parte superior.

Alonso se acercó a mí. Se acercó sin decirme nada, sólo traspasándome con sus ojos.

Follándome con su mirada. Me tomó de la cintura y nos dimos un beso intenso en el que nuestras lenguas bailaron un swing retorciéndose una sobre la otra.

Comencé a desnudarlo. Le quité la chaqueta y luego le desabroché los botones de la camisa.

Besé su torso desnudo. Antes de que pudiera centrarme en la bragueta, Alonso me había quitado la sudadera.

Como no llevaba sujetador, mis menudos pechos quedaron a su disposición.

No eran grandes, pero hoy cumplirían su función.

Alonso los acarició chupándome primero el pezón izquierdo, que ya estaba erecto y luego el derecho que estaba más duro si cabe que el anterior.

Estaba caliente. Y lo estaba no sólo por lo que me hacía mi marido, sino porque me lo hacía después de haberse tirado a Nila.

La sensación de ser el segundo plato de la noche multiplicaba por diez cada una de las sensaciones placenteras.

Una vez que mi esposo había dejado de jugar con mis pechos, decidí cumplir con mi obligación.

Lo prometí ante Nila y tenía que chupársela.

A Alonso no pareció importarle mi imagen: de cintura para abajo pantalones de pijama, de cintura para arriba, desnuda.

De cuello para arriba sólo la boca abierta en forma de o para acoger su polla que ya llevaba unos minutos tiesa buscando consuelo.

La engullí hasta donde mi experiencia me lo permitía.

Cada día parecía que me entraba más polla en la boca que el anterior.

Mi hocico cada vez se adaptaba mejor a aquel inmenso trozo de carne.

Desplacé los labios y comencé a darle placer con ellos succionando y moviendo la cabeza a la vez.

Mis ojos miraban hacia arriba conectados siempre con los de Alonso.

Moví mi boca, pero mis ojos seguían fijos en los suyos.

—Cari, cada día la chupas mejor.

No hacía falta que me lo confirmase. Lo sabía, así que esas palabras de Alonso provocaron que me riese con la polla metida en la boca.

Ya os dije que iba a ponerle empeño. Así que aceleré buscando darle más placer.

Gimió y por el sonido parecía que iba a correrse.

No lo hizo. Otra sorpresa más de mi marido que ahora aguantaba mucho más.

Me tomó de los hombros y me puso de pie.

¿Se supone que ya había acabado de mamársela?

Me bajó los pantalones y las bragas al mismo tiempo que las conducía hasta la pantorrilla.

Acabé la jugada quitándome todo. Ahora estaba completamente desnuda.

Me volvió a besar al tiempo que me desplazó hacia el sillón tendiéndome en él.

Sus grandes manos separaron mis muslos. Así tendida podía contemplar perfectamente el capullo de su polla dirigiéndose hacia mi interior.

Me penetró con facilidad. Estaba caliente y mi coño receptivo.

Ambos comenzamos a movernos. Él embistiendo con su miembro y yo acompasando las caderas a su ritmo.

En medio del torrente de reacciones placenteras, conseguí decirle algo.

—Nila dijo que…

No pude acabar la frase. Alonso había aumentado el ritmo sin avisar y ahora su rozamiento era más intenso.

De nuestras bocas salían sonidos ininteligibles: oh, ah, mmm, agg.

Es el idioma universal del folleteo. Continuábamos fundidos en aquel sillón.

Me cansé de tener las piernas abiertas y cuando fui a bajarlas, Alonso me las agarró para mantenerlas extendidas.

Su polla seguía entrando y saliendo. Me encantaba mirar y ver el falo de mi esposo moviéndose entre mis labios vaginales.

Cuando noté que Alonso estaba a punto, bajé mi mano y comencé a masturbarme, mientras me continuaba follando.

No necesitaría mucho esfuerzo. A los pocos frotamientos, el calor del orgasmo ya estaba recorriendo mi cuerpo y me llegaba hasta las orejas.

Me retorcí como una perra en el sofá. Alonso, excitado por mi orgasmo, me penetró todo lo profundo que podía penetrarme y se corrió chillando.

Menos mal que tomo la píldora porque sus espermatozoides han tenido que llegarme hasta el hígado.

Nos besamos. Tras los orgasmos vino el agotamiento, por lo que de aquel sillón nos fuimos a dormir directamente a la cama. No teníamos ya ganas ni de ducharnos. Ya cambiaría mañana las sábanas.