Capítulo 9 #2
—Sí, a veces viene bien.
Pasaron unos minutos de tenso silencio sin que supieran qué decirse. Uno sentado frente al otro callados y mirando a cualquier detalle de la habitación. Como aquellos cuadros con tres trazos de colorines sobre fondo blanco que supuestamente eran arte.
—No tienes por qué estar aquí —Alonso ahora acababa de quitarse por fin el último zapato aunque continuaba vestido—. Ya te dije que hoy era un día exclusivamente para ti. Ve con tu hermana y tu niño.
—Ellos ya estarán dormidos.
—Aun así. Lo digo en serio. No tienes por qué estar aquí. A mí Lore no me espera hasta mañana y ya estoy muy cansado y bebido como para coger el coche a casa.
—Ahora no quisiera estar en ningún otro lugar del mundo —sentenció ella.
Alonso no sabía qué significaba aquello.
—Quédate así —volvió a ordenar su acompañante rubia.
Cuando Nila ordenaba algo de aquella forma, no había otra opción más que obedecer.
Alonso se quedó sentado en la cama con la ropa puesta.
Nila también seguía vestida. Se levantó el vestido y con delicadeza se quitó las bragas dejándolas caer, al tiempo que caminaba hacia Alonso.
Se subió a la cama y se colocó sobre las caderas de aquel hombre sobre quien tenía sentimientos encontrados.
Era la primera vez que Nila sentía algo así por un cliente.
«Será cosa del alcohol» pensaba, mientras con su mano derecha buscaba la bragueta.
Por fin, consiguió encontrarla. Se tuvo que encorvar para poder sacarle correctamente el miembro a su cliente, y al hacerlo, Alonso tuvo una vista perfecta de sus pechos.
Por fin le encontró el pene. Él ya estaba erecto y ella caliente, por lo que no tuvo más que guiarla a la entrada de su vagina y dejarse caer.
Iba a cabalgarlo como una amazona. Iba a ser ella la que mandase ahora.
Alonso se dio cuenta de que la lubricación de Nila era magnífica.
Ya se había introducido en ella varias veces desde que comenzaron a verse y nunca la había sentido así.
Nila se arqueó hacia adelante, y mientras se movía iba desabrochándole la camisa para dejar libres los pectorales de Alonso.
Apoyó las manos en ellos y comenzó a moverse más rápido.
Estaba dispuesta a cumplir con exactitud matemática lo que le había pedido Alonso.
Lo que quería era exactamente eso, no preocuparse del placer de otra persona que no fuera ella.
«Esta noche es para mí» se repetía mientras movía con precisión las caderas.
Al tiempo que contoneaba sus caderas sobre la polla de Alonso, contrajo y relajó sus músculos pélvicos.
Alonso no había sentido nunca nada igual.
Era como si Nila tuviese una aspiradora allá dentro.
Nila se despeinaba cada vez más a cada movimiento de caderas, se reía y soltaba unos grititos que jamás se le habían escuchado; al menos Alonso no los recordaba.
La gran polla de su cliente facilitaba el rozamiento con el clítoris desde aquella postura.
Nila lo sabía y lo aprovechaba en su beneficio.
Se lo estaba requetefollando. Alonso ya resoplaba de gusto, gritándole que siguiese y que no parara.
Nila no iba a parar. Sabía lo que quería e iba a conseguirlo.
Sólo salían de ella gritos de baja frecuencia, ronroneos de placer.
Allí montada se negaba a decir las palabras que solía decir a sus clientes.
Nada de «eres mi macho» o «soy tu puta».
Sólo susurros de placer. Nada de palabras que no sintiera.
Cuando se notó lo suficientemente a punto, dejó de apoyarse en los pectorales de Alonso para abrirse el vestido y bajar su sujetador.
Alonso casi explotó cuando la vio frotarse los pezones.
Ella permanecía cabalgándolo hasta que se contrajo, convulsionó y gritó. Se estaba corriendo.
Alonso ahora comprendía la diferencia entre la Nila que fingía un orgasmo y la que no lo hacía.
El cuerpo de Nila había caído ya hacia adelante, y ella continuó resoplando como consecuencia de la intensidad del orgasmo.
Alonso apartó el pelo de su rostro, la miró y le dio un intenso beso al que Nila correspondió activamente.
Sus lenguas jugaron un ratito, y Alonso comenzó a desnudarla.
Desabrochó lo que todavía quedaba abrochado del vestido, lo colocó con cuidado en una silla y acabó él mismo de quitarse los pantalones y la camisa.
Nila se rio al verlo erecto sólo con los calzoncillos.
Alonso tenía, a los ojos de Nila, algo de gracioso contemplado de aquella manera.
En general, a ella le parecía que todos los hombres desnudos en erección poseían cierto aire cómico.
Si todavía llevaban los calzoncillos, más cómicos le resultaban.
Alonso se los quitó. Ahora estaban los dos completamente desnudos en aquella habitación.
Nila tendida en la cama, extendió las piernas, las arqueó y las abrió esperando que Alonso la penetrara y se saciara como ella lo había hecho unos minutos antes.
Alonso se incorporó en la cama y se aproximó a ella, pero el abogado volvió a sorprenderla.
No iba a penetrarla, sino que sumergió la cabeza entre las piernas de ella buscando hacerla gozar de nuevo.
Empezó primero por los muslos interiores besándola delicadamente.
Alonso avanzó poco a poco tomándose su tiempo en llegar a la entrepierna.
Ahora se entretuvo con los labios besándolos y lamiéndolos.
Notó que Nila estaba receptiva. Y entonces subió al clítoris para lamerlo moviendo rítmicamente la lengua.
Ella misma se lo había indicado en otras sesiones: «Si quieres comer bien un coño, deja la lengua relajada y muévela sin que esté tensa».
Alonso cumplió diligentemente aquellas órdenes.
Su lengua desplegada se movía encima del clítoris, primero de arriba abajo, luego cambiaba de ritmo hacia los lados.
Nila le daba indicaciones. «Así, así. Muévela ahora más deprisa.
Más a tu derecha, así, así». Tener la boca de Alonso a su disposición había sido otra de las sorpresas de la noche.
No fue la primera vez que se lo había comido, pero sí era la primera vez que sentía que pensaba en ella.
Con sus manos, Nila acariciaba el pelo de Alonso.
No guiaba su cabeza. Alonso sabía lo que hacer, sabía qué tenía que lamer y Nila ya le había indicado el ritmo que le gustaba.
Sólo necesitaba acariciar la cabeza del hombre de cuya lengua gozaba entre las piernas como si acariciase a un cachorrito.
Ella resoplaba y gemía. Alonso se levantó.
¿Iría a metérsela ahora? Ella abrió un poco más las piernas esperando el pene de aquel hombre.
Alonso era una caja de sorpresas esta noche.
Se agarró la polla y la colocó justo a la entrada de su coño; no la introdujo.
Con su capullo granate y reluciente, comenzó a masturbarle el clítoris.
Nila cargaba ya con unos cuantos años de prostitución a sus espaldas y nunca jamás le habían hecho eso.
Cosas más raras había soportado, pero nunca que alguien la masturbara con su glande.
Alonso repetía con su glande los mismos movimientos que había hecho con la lengua.
De arriba a abajo, en círculos. Carne contra carne de un modo directo.
Nila no pudo dejar de mirarlo y de excitarse.
Alonso aceleró. El truco estaba en no presionar con la polla demasiado, sino dejar que el capullo friccionase con suavidad ayudado por los jugos naturales.
Alonso cambió el ritmo y lo compaginó con la respiración de Nila, que profería otro gritito para contraerse sobre las sábanas.
Volvió a tener un orgasmo. A las mujeres les resulta más fácil repetirlo.
Prosiguió retorciéndose echando la cabeza para atrás.
En el éxtasis, al encoger y estirar las extremidades le propinó un rodillazo a Alonso en la cara. Al darse cuenta, reaccionó preocupada mientras Alonso no podía parar de reír.
—¡¡Ay, perdona, perdona!! No me había dado cuenta, perdona.
—No pasa nada.
Alonso estaba feliz. Nunca se había considerado un semental, pero poder hacer gozar a una mujer experimentada como Nila era un reto que aumentaba su autoestima como hombre. Se levantó de la cama y Nila lo llamó con la mano.
—Ven, que ahora te toca disfrutar a ti.
—Ya te dije que hoy era sólo para ti, Nila. Así que voy a ducharme. Y por cierto, he disfrutado.
—¡Todavía estás empalmado! Y no te has corrido. Ven, anda —insistía. Casi era una situación de orgullo. Quería pajearlo, chupársela, restregarse sobre él. Hacerle algo.
—No, cuando llegue a casa Lore me estará esperando. Tú descansa que te lo mereces.
Tras decir esto, Alonso se metió en el baño. Nila, tendida en la cama, escuchando el agua caer, volvió a estar preocupada. No sólo por el resultado de la biopsia de su hermana, sino porque estaba empezando a sentir celos de la mujer de Alonso.
—o—
Viernes. Sexta mamada.
Siempre me comía la cabeza cuando Nila y Alonso tenían una «cita» sin mí.
Hasta ahora, Alonso y ella habían tenido varias, pero yo sólo había participado en una.
Dos si contamos la vez que me escondí debajo de la cama.
Soy de palabra y había prometido que no preguntaría sobre esas sesiones y que a pesar del pacto con Alonso, él no me diría nada.
Cada vez que se producía una de esas «citas», siempre me ocurría igual: un torbellino de sentimientos me inundaba.
Cuando te ponen los cuernos y tú no sabes nada es como una piedra que cae en Plutón, ¿a quién le importa?
Tú vives tan feliz sin saber nada. Cuando estás presente, participas del juego y disfrutas a tu manera, eres uno más.
Pero de este modo, sabía que se había producido un encuentro, pero no exactamente cómo ni qué había pasado.
Es una tortura, cierto, lo que no tenía claro es que fuera del todo placentera o dolorosa.