Capítulo 9
Capítulo
«Alonso ahora comprendía la diferencia entre la Nila que fingía un orgasmo y la que no lo hacía»
Cuando Nila cruzó la puerta del hotel, Alonso ya la estaba esperando.
Como siempre, Nila rezumaba elegancia por todos sus poros.
Aquella tarde, lucía un ajustado vestido azul no tan corto como solía llevarlo con los clientes.
A Alonso sólo le hizo falta una furtiva mirada de Nila para saber que algo le pasaba a la escort.
—Hola, vamos a registrarnos —le cortó Nila antes de que él pudiera saludarla.
No era normal que estuviera tan fría. No era la primera vez que quedaban y habían tenido sesiones a solas, bastante intensas e íntimas, como para tener algo de confianza. Incluso, habían tenido una con su mujer, Loreto, que gozó como nunca al ver a su marido siéndole infiel en vivo y en directo.
Su habitación era la 104, por lo que no tomaron el ascensor. Subieron por las escaleras aledañas sin dirigirse una palabra. Una vez en la habitación, Alonso tomó la iniciativa ante las malas ondas que recibía de ella.
—¿Vas a decirme lo que te pasa?
—No me pasa nada. No es de tu incumbencia —respondió de mala gana.
—O no te pasa nada, o no es de mi incumbencia. Las dos cosas a la vez no pueden ser.
—¿Y a ti qué más te da, si sólo vas a follarme? No tengo por qué decirte una mierda.
Aquella pregunta confirmó a Alonso que algo le pasaba a Nila. De su esposa podía esperar ese lenguaje, pero a Nila nunca le había escuchado ese tono en una conversación normal.
—En la vida hay cosas más importantes que follar. Prefiero que me digas lo que te pasa a que hoy echemos mil polvos.
Al escuchar aquello Nila se puso a llorar y Alonso la abrazó.
—Tranquila, tranquila. Desahógate. Tranquila.
Por increíble que pareciera, a Nila nunca la había abrazado un hombre de aquella manera.
Sólo era un abrazo, pero de alguna forma le traspasó el corazón.
Un gesto mínimo de cariño como ese, en aquel momento certero, era lo que necesitaba para sacarla del abismo.
Nila ya había hecho «servicios» estando mal anímicamente y ni un solo cliente, ni uno, había dado marcha atrás en sus objetivos sexuales.
—Es mi hermana —musitó ella todavía con lágrimas en el rostro.
Alonso ahora la tomó del brazo y la hizo sentarse en el único sillón de la habitación. Él se sentó en el borde de la cama.
—¿Qué le pasa?
—El miércoles le detectaron un bulto raro en el pecho, y hoy le han hecho una biopsia. El lunes o el martes tendremos los resultados, pero no puedo pensar en otra cosa. Mi madre murió de cáncer de pecho.
Nila estaba tan avergonzada de abrirse emocionalmente que no miraba a la cara a Alonso.
—Cualquier cosa que te diga —Alonso sí que la miraba— va a sonarte a tópico.
Sólo puedo decirte que eso que sientes es más importante ahora mismo que cualquier cosa en este mundo.
Yo sólo soy un marido con una mujer un tanto rara que tiene que pagarte por follar para que su matrimonio no se vaya a la mierda…
—No digas eso —Nila ahora miró a Alonso retomando el ánimo—. No debes maltratarte así.
—Es la verdad. ¿Habías visto algo más penoso que un matrimonio en el que la mujer anime al marido a ponerle los cuernos?
Nila sólo lo miraba ahora fijamente. Alonso continuó hablando.
—Son problemas de gente aburrida, problemas del primer mundo, no sé. Una gilipollez comparada con la posibilidad de perder para siempre a alguien que quieres. Porque de lo que estoy seguro es que tu hermana es muy importante para ti.
—Mi hermana es el único apoyo que tenemos en este mundo, Alonso. Sin ella no podríamos vivir. Es quien nos mantiene a flote.
Ese plural había sonado raro, pero él no quería preguntar más de lo necesario. Ya era bastante inusual que Nila se abriera emocionalmente como para indagar en cuestiones que no le incumbían. Nila se sentía extrañamente segura con Alonso, y por fin, reveló su pequeño secreto.
—Tengo un niño de cinco añitos.
—No voy a hacerte más preguntas. Lo que sientes es tuyo, tu vida es tuya y nadie, menos un mindundi como yo, debe meterse en ello. Sólo quiero preguntarte una cosa, ¿cuándo fue la última vez que tuviste una tarde para ti sola que no sea con un cliente, con tu niño o con tu hermana?
Nila sonrió, pero no contestó.
—¡Por fin una sonrisa, aunque sea pequeñita! ¿Qué te ha hecho gracia?
—Ahora eres tú el que se contradice.
—¿Qué?
—Has dicho que no ibas a hacerme ninguna pregunta más y luego me haces una pregunta.
—Es deformación profesional. En los juicios los abogados siempre estamos hablando y soltando preguntas hasta que el juez nos para. Pero insisto, señoría, ¿cuándo fue esa tarde?
Nila ya estaba de otro humor. Se sorprendió a sí misma mirando a Alonso con cariño, un cariño que no había sentido por ningún cliente hasta entonces.
—¡Por lo menos ocho años! ¿Lore y tú tenéis hijos?
—No. Lore a veces me ha dicho que le gustaría tenerlos, pero con ella nunca se sabe si lo dice en broma o no.
—Los hijos no son ninguna broma. Cuando los tienes ya no vives para otra cosa.
Alonso dedujo que Nila era madre soltera. Pero había prometido no preguntar y no preguntó. Sólo lanzó su propuesta.
—Tengo una propuesta que hacerte. Pensándolo mejor, no es una propuesta. Es una obligación. Para eso he pagado un pastizal por esta noche.
Nila volvió a preocuparse. Cuando un cliente decía algo así, lo siguiente que salía de su boca era alguna guarrada sexual asquerosa.
—Vamos a salir —le expuso Alonso— y vamos a hacer esta noche lo que tú quieras. ¿No hay algo que quieras hacer, algún sitio al que quieras ir?
—No sé.
—Venga, Nila. Seguro que quieres hacer algo que no puedes hacer debido a este trabajo o al niño que tienes.
—Me gustaría ir al Golonomo, es un local de monólogos. Me encantan, siempre los veo en YouTube cuando les da por subirlos; pero nunca puedo acudir porque por las tardes y noches o tengo trabajo o tengo que estar con mi niño.
—Golonomo es monólogo al revés. No se han currado mucho el nombre.
Nila por fin soltó una gran carcajada.
—¡Te has dado cuenta! ¡Nadie se da cuenta!
—Tampoco hay que ser Einstein.
—¿Te gustan los monólogos? —preguntó entusiasmada.
—Los odio —respondió Alonso—, pero eso ahora a ti te debe importar un pimiento porque vamos a hacer lo que a ti te gusta.
Resultaba extrañamente atractivo y seductor que alguien le pagara para hacer lo que ella quisiera.
—También me gustaría cenar en un restaurante asturiano. Me fascina el cachopo.
—Mira, eso sí que me gusta. Y la sidra.
—La sidra es casi lo mejor —Nila ya había recuperado su ánimo jovial.
—¿Y tu abrigo?
—Lo tengo abajo en el coche. No pensaba que íbamos a salir y no hace frío.
—Ahora lo recogemos —Alonso se levantó de la cama. Nila también hizo lo propio. Le pilló por sorpresa que Alonso le tomara las dos manos y la mirara con ternura.
—Nila, pase lo que pase con ese bulto, tu hermana y tu niño necesitan que seas fuerte. Y si puedes aguantar a tipos como yo cada noche es que eres la persona más fuerte del mundo.
Salieron. Nila se sentía extraña por la mezcla de sentimientos que aquella noche llevaba encima. De algo estaba segura. Por desgracia, no todos los clientes eran como Alonso. El hecho de que él estuviera resultando especial le preocupaba ahora tanto como el resultado de la biopsia de su hermana.
—o—
Sería sobre la una de la madrugada cuando Nila y Alonso volvieron a la habitación del hotel.
En Nila ya había brotado un atisbo de alegría y el Alonso oxidado se había desinhibido.
Habían pasado una velada encantadora. La sidra también ayudaba un poquito a desengrasar el ambiente tenso con el que comenzó la velada.
—¡El de la rana! El de la rana no puedo quitármelo de la cabeza —Alonso se refería a uno de los monólogos que habían estado escuchando aquella noche.
—Ese Losko es un crack. Me habré visto como cincuenta vídeos suyos en YouTube. Ya te he dicho que los que iban a hablar esta noche eran buenos, pero ese tío lo peta.
—Sí, tenías razón. No me gustaban esos monólogos que echan por la tele descafeinados y políticamente correctos. Pero estos podría soportarlos un poquito.
—Ya te lo dije.
—En lo que has hecho trampa, Nila, es en la comida.
—¿Por qué? —preguntaba ella mientras se quitaba los tacones. Tenía ya los pies hinchados.
—Sólo te has comido dos dedos del cachopo. Dos deditos.
—¡Pero qué trolero eres! Me he comido medio cachopo.
—Ni hablar. Dos deditos de bebé, que los he medido. El resto me lo he tenido que comer yo. No me extraña que no engordes. Yo tendré que pasarme la semana corriendo para quemarlo. Lore ahora me tiene atado en corto con el peso.
Nila se rio y se tendió en el sillón, cansada y alegre de la jornada.
—Gracias, Alonso. Me lo he pasado muy bien.
Alonso, en la cama, se desabrochaba los cordones de los zapatos. Para él no era tan fácil descalzarse como para Nila.
—¿No se supone que eso es lo que hacéis las escort? Acompañar a hombres elegantes a sitios elegantes.
—Eso es una jodida mentira —soltó Nila, que con la sidra haciendo efecto era tan deslenguada como su mujer—. Somos putas, Alonso, ¡¡¡Putaaasss!!!
Alonso se sorprendió del grito.
—Tranquila. Perdona no quería...
—Es la puta verdad. Te exhiben como si fueras un trofeo o su puñetera muñeca. El último que me llevó a cenar a un sitio caro lo hizo porque al cabrón le ponía correrse en mis bragas y que fuera a cenar empapada en aquella mierda. ¿Crees que disfruté con eso?
Alonso se puso serio, comprendía lo que Nila quería decirle.
—Lo siento, Nila…
—No pasa nada, Alonso. Tú no tienes la culpa.
—Yo te he pagado por hoy, así que…
—Tú eres diferente. Tú no has querido irte nunca de putas. Ha sido tu mujer la que te ha metido en esta mierda.
Alonso se quedó paralizado ante aquello. ¿Qué podía decir? Nunca se lo había planteado así.
—Perdona, perdona —Nila se dio cuenta de que había hablado más de la cuenta—. Cuando bebo más de lo normal siempre se me va la lengua. No tienes por qué escuchar estas cosas.
—Está bien escuchar de otros lo que uno no es capaz de decirse —le aseguró Alonso.