La Cornuda Fiel Capítulo 8 #3
35%

Capítulo 8 #3

Yo seguía mamando, pero ahora con una de mis manos metida en mi entrepierna.

Busqué un pliegue en la cama. Cuando lo encontré, comencé a mover mis caderas restregando mi entrepierna para encender mi clítoris.

El placer que estaba dando con la boca retornaba a mí multiplicado entre las sábanas.

Pensé en esa Paqui y cómo se la debía chupar a mi marido.

No me importaría compartir esta carne que tenía en mis mofletes con ella.

Había carne para las dos. Seguí moviendo la cabeza y Alonso ya sólo llegaba a decir «Chupa, chupa, chupaaa».

Pura poesía. Aceleré y fue el momento en el que sus huevos eclosionaron y el esperma inundó mi boca.

Tenía todavía su abundante pomada en la boca cuando aceleré el ritmo de mi frotación y alcancé otro orgasmo pleno, completo.

Escupí la corrida en mi mano y me levanté rápidamente para tirarla al lavabo.

Volví a la cama. Alonso ya había buscado una serie que podría gustarme.

Me la enseñó y asentí a lo lejos con la cabeza.

Retorné a nuestro lecho. Nos acurrucamos juntos y continuamos como si no hubiera pasado nada.

Pero no podía dejar de pensar mientras veía la serie que yo estaba transformando poco a poco a Alonso en alguien que temía y me excitaba al mismo tiempo.

¡Upss! Y además me había saltado la regla de Nila.

Me había masturbado mientras se la comía.

Pero bueno, aunque ya no tuviera el sobresaliente, un notable alto también me valía.

Sobre todo si suponía correrme de aquella manera.

—o—

Teo se encontraba aquella noche dentro de su automóvil en el aparcamiento del Smolyan.

A pesar de los intentos de que pareciera elegante, el Smolyan no podía ocultar lo que era en el fondo: un prostíbulo.

Puede que más caro que otros burdeles, pero prostíbulo al fin y al cabo.

Entre su oferta se incluía el mejor servicio de escort de la ciudad, cuyo apreciado valor para ricos y adinerados era la discreción y el servicio a domicilio que proporcionaba.

El Smolyan procuraba tener sus propios estándares de calidad, así que sus prostitutas debían, si no tener, al menos sí aparentar elegancia y clase para poder venderse a gente con dinero.

Teo no es que fuera rico, pero era un prestigioso penalista que al estar soltero y no tener más vicio que las entrepiernas femeninas podía permitirse ese lujo.

Estar allí aparcado esperando no le hacía ninguna gracia.

Odiaba el lugar, sus luces azules, sus vidrieras, su fachada negra.

Y sobre todo el tipo de gente que entraba y salía de allí.

Teo se creía diferente a aquella gente. En algunos sentidos lo era, pero en otros no dejaba de ser un cliente cuyo acto fomentaba una y otra vez aquella prostitución.

La moralidad de Teo se debatía internamente y era en aquel lugar —en el que no podía fingir como en un hotel normal— donde la conciencia le atormentaba un poco.

Estaba esperando a Lua, una escort que había contratado. Generalmente quedaban en un hotel caro del centro, pero aquel día Lua le había pedido que la recogiera en el Smolyan porque tenía su coche en el taller. Le hubiera gustado estar con Nila, pero últimamente era difícil conseguirla disponible.

Mientras esperaba, un Mercedes clase S de un precioso gris metálico entró en el recinto y aparcó a la entrada del Smolyan.

Nadie normal aparcaría allí, así que debería ser alguien especial.

Y lo era. Se trataba de Petko, el búlgaro jefe de aquel lupanar y lugarteniente de otros búlgaros con más poder.

La sorpresa no fue ver la gran figura de Petko bajar de aquel cochazo, sino que detrás de él bajaba, con unos taconazos y un vestido entallado, Charo Sánchez, la mujer maltratada que estaba defendiendo por haber envenenado a su marido.

Había conseguido sacarla de prisión provisional y ahora estaba preparando su defensa.

Era cierto que en un momento de debilidad también se había acostado con ella, pero todos somos humanos.

Charo se veía diferente, se había arreglado el pelo, llevaba joyas caras y, sobre todo, los hombres de Petko la trataban con el respeto de una primera dama.

¿Qué hacía Charo con Petko? ¿Qué tendría que ver con el hecho de que su marido asesinado, Tolo, perteneciera al clan de los Cotrina, enemigo de los búlgaros?

No se hizo más preguntas porque Lua aporreaba el cristal pidiendo entrar. Le abrió el coche y ella entró toda emperifollada y radiante oliendo a Chanel.

—Hola, Teo, perdona, pero es que no tengo coche. Lo he dejado en el taller y he tenido que estar aquí hasta ahora.

—No te preocupes —encendió el auto—. Hoy te traigo de los que te gustan.

Lua se giró y en el asiento de atrás abrió la bolsa.

Había varios pasteles de crema de Boston que le encantaban.

Se los traía Teo de su despacho, el bufete de abogados mejor servido de catering de toda la ciudad.

Y Lua era una fanática de los dulces y del chocolate.

Se tiraba todo el día sin comer sólo para poder comerse alguna chuchería que le gustase.

Y aquellos, tan especiales que le traía Teo, le encantaban.

Por desgracia, en la bolsa había también una caja de condones y, lo peor, una caja de lubricante especial.

Su presencia siempre significaba que aquella noche Teo le follaría el culo.