La Cornuda Fiel Capítulo 8 #2
34%

Capítulo 8 #2

Con una mano me agarró de la cintura y la otra se desplazó entre los pliegues que el traje ajustado dibujaba en mi vientre.

Me acercó más a él y me besó en el preciso momento en el que su mano ya estaba debajo de mis bragas.

Estaba mojada y receptiva. Los dedos de Alonso lo notaron rápidamente.

Las yemas del dedo medio y el anular se posaron sobre el capuchón de mi clítoris y comenzaron a moverse.

Primero, despacio, lentamente, como si tuvieran miedo de tocarme.

Me rozaban en círculos. Presionaron con más fuerza e iniciaron movimientos circulares cada vez más fuertes.

Creció mi excitación. Percibí cómo el fuego se iba desplazando de la entrepierna a mi abdomen, y desde allí inundaba el resto de partes de mi cuerpo.

Alonso continuaba masturbándome. Me tenía de pie y a su merced.

Quise cerrar los ojos para concentrarme en mi placer pero cuando lo hice se produjo otra sorpresa.

—¡Mírame! —me ordenó—. Quiero que te corras para mí. ¿Lo entiende, señorita? Mi esposa es una frígida que no me la chupa tan bien como usted. ¡Córrase!

Lo seguí mirando tan fijamente que podía ver mi rostro reflejado en sus ojos.

Tenía la boca abierta y jadeé de placer mientras la mano de Alonso continuaba avivando el fuego.

De pronto llegó el estertor del orgasmo, me corrí bien corrida; las piernas me temblaron y casi perdí el equilibrio de no ser porque Alonso me sostenía.

No grité esta vez. Sólo un pequeño silbido de placer. Me gustó mucho.

Tras unos minutos recreándonos en silencio en lo que acababa de suceder, salimos de nuestros papeles.

—Será mejor que recojamos esto —me dijo Alonso—. Voy a por una fregona.

Miré al suelo y no sólo estaba su corrida con mis babas, sino gotas que se habían escapado de mi entrepierna.

—Vale cari, voy a dejar el uniforme.

Ya en el trastero, revisé que no tuviera nada roto y lo dejé tal y como estaba e igual hice con los zuecos. Desde allí escuché perfectamente el grito de Alonso. Algunos tonos ya los conocía y este era el grito de rabia cuando le hacía alguna putada.

—¡Joder, Loreto! ¡¿Dónde coño están mis cedés?!

Jueves. Quinta mamada.

El jueves ya me imaginaba que, con suerte, se la iba a chupar por la noche en la cama.

Aquel día, estuvimos hasta los topes de trabajo y las obligaciones sexuales deberían esperar hasta que los dos estuviéramos bien arropaditos en la cama viendo nuestras series con el portátil.

Tenía interés en una pequeña charla con Alonso sobre lo que nos estaba sucediendo.

—Cari, ¿puedo preguntarte algo? —indiqué con voz humilde mientras navegábamos buscando qué nuevas series habían subido a la plataforma.

—Me lo vas a preguntar de todos modos.

—No te lo tomes a broma.

—No me lo tomo a broma, ya lo sabes. ¿Qué te ocurre?

—Ayer, cuando te la chupé al llegar, actuaste raro. Como si no fueras tú.

Abrazada a él lo miraba seriamente indicándole que aquello me lo tomaba en serio.

—Es que no era yo —odio cuando Alonso se pone filosófico—. ¿No se trataba de que los dos nos metiéramos en nuestros personajes? Tú la sirvienta golfilla y yo el señorito dominante.

—Sí, pero nunca creí que fueras capaz.

—Ahora sí que me tomas el pelo.

—No, en serio, Alonso. Te he visto tantas veces tan dulce, cariñoso, no sé, tan recto en todo. Verte adoptar ese rol me dejó en shock.

—¿Y por qué no dijiste la palabra de control si no te gustaba?

Gran pregunta de mi marido a la que yo no respondía. Apoyé la cabeza en su pecho y continué mirando el portátil a ver si alguna serie me llamaba la atención, aunque mi mente estaba en otro lugar.

—Loreto, respóndeme, por favor, ¿por qué no dijiste la palabra? ¿Me hubieras parado en ese instante?

Me volví hacia él y le confesé mis temores.

—Porque me gustaba, cari. Me gustó mucho y me da miedo. Por una parte me excita y por otra temo perder a mi antiguo Alonso. Me pregunto si no habré hecho mal en haberte metido en esto.

—Necesariamente estamos cambiando. Tenemos que aceptarlo o parar. De lo contrario vamos a volvernos locos. A mí también me asusta un poco la nueva Lore. ¿Crees que alguna vez pensé que ibas a recibirme de esa manera al llegar del trabajo? Creía que esas cosas sólo pasaban en las películas porno.

Me incorporé y le di un beso.

—Hoy no he cumplido con mi obligación.

—No lo llames así que parece que verdaderamente te obligan o que no quieres hacerlo. Podemos parar en cualquier momento.

—Ya, pero quiero que sea un reto. Eso es lo que me gusta de este juego.

—¿Lo que te gusta o te excita?

—Lo que me gusta. Lo que me excita ya sabes lo que es.

Los dos sabíamos ya a esas alturas que era su infidelidad la que tocaba un hilo sexual que nada más tocaba.

—De todas las novias que tuviste antes que yo, ¿quién te la chupaba mejor?

—Lo dices como si hubiera tenido un currículum de quinientas novias. Sólo estuve con cuatro antes de ti.

—Déjate de rollos y contesta.

—Paqui.

—¿La Paqui? —Francisca era hoy día profesora de derecho mercantil en la facultad. No es un dato que supiera, lo tuve que buscar luego en Google.

—¿Tú la llegaste a conocer? —me preguntó sorprendido.

—Cuando estábamos saliendo. Nos la encontramos en el Sónar, vino a saludarte muy efusiva.

—Sí.

—La tienes en el Facebook, ¿no?

—Eres peor que un fiscal, cari. La tengo agregada, sí.

—Búscala.

Alonso se metió en la red y buscó a su ex. Por fin la encontró. Su último estado era una publicación sobre política de la Unión Europea que no le interesaba a nadie salvo a ella.

—¿Qué tramas? —preguntó Alonso mientras yo tomaba control del portátil—. ¿A ti qué te parece? Quiero mamártela mientras ves alguna foto suya. Si no ya no me caliento lo suficiente.

Busqué entre las fotos. Algún meme de política, otros muchos sobre el derecho, fotos de un cocido que había comido en casa de su madre —la gente sube cada cosa—, un montón de fotos ñoñas de ella mirando al horizonte junto a frases de autoayuda.

«Lo peor de ti nunca es tuyo» y chorraditas de este tipo hasta que, por fin, encontré las fotos de una fiesta.

Allí estaba ella, posando en diversas formas con sus amigas en plan putilla recatada.

Ya sabéis, enseñando demasiado para ser decente, pero ocultando demasiado como para ser una golfa.

En una hasta se agarraba la falda poniendo morritos de pato y subiendo una pierna enseñando más muslo de la cuenta, pero sin mucho zorrerío.

El comentario que había escrito era un poco penoso: «Dándole una patada a las dificultades de la vida ♥☺».

—Vamos a ver, tía; si quieres enseñar carne, enseña carne, pero no te me inventes excusas de niñata de secundaria, que ya tienes una edad.

—No seas mala, Lore… —Alonso disfrutaba con mis comentarios aunque no quisiera admitirlo.

—Sírvase usted mismo la foto que desee —dije a Alonso mientras lanzaba el edredón y la sábana para atrás. Me arrastré por la cama colocándome bocabajo entre sus piernas con la cabeza a la altura de sus calzoncillos. Se los bajé y su juguete ya aparecía casi erecto.

—Vaya, parece ser que las piernas de esa zorrita te gustan —sentencié.

Noté cómo el rostro de Alonso se volvía a transformar para que yo pudiera gozar.

—Porque son mejores que las tuyas. Comienza a chupar y calla.

Conocía mis obligaciones. Esta vez abrí bien la boca y procuré no tocarla con los labios mientras me entrase hasta que el capullo tocara el paladar.

Entonces cerré los labios y succioné, fui babeando y ensalivando.

Reconocí el dulzor de su carne, conocía la orografía de su polla: cada bulto, cada vena y cada pliegue.

Me encantaba la sensación de tenerlo tan cerca entre mis labios.

Paré unos segundos para pedirle a Alonso lo que estaba deseando.

—Dame lo que quiero.

—¿Cómo se piden las cosas? —su mirada era en sí misma una orden para mí.

—Por favor, deme lo que quiero, señor Alonso.

—Así se piden las cosas. Siga chupando y no diga nada más. Ya hablaré yo.

Fui diligente y volví a chupar a buen ritmo. Mi cabeza se movía al tiempo que mis ojos miraban a mi marido esperando lo que quería.

—Mira qué piernas tiene. ¡Qué elegante!, qué buena que está la zorra. Ella tiene estudios, no dice palabrotas, sabe comportarse, no como la chupapollas, ¡oh, sí!

La chupapollas se suponía que era yo y, efectivamente, estaba allí comiéndome su rabo y a la vez poniéndome como una moto. Cuando me hablaba así, pasaba a otro nivel y el cuerpo no sólo entraba en calor, sino que parecía contraerse de placer sólo con la imaginación.

—¡Qué labios tiene Paqui, por Dios! —prosiguió Alonso—.

No como los tuyos. Qué cuerpo, qué tetas.

Joder, qué tetas, todavía recuerdo cuando dejaba que se las tocara en mi habitación.

Cómo me gustaría que ahora fuera ella la que estuviera chupándomela y no tú.

Oh, oh, seguro que ella se lo tragaría. Oh, sí, sigue. Sigue.