La Cornuda Fiel Capítulo 8
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Capítulo 8

Capítulo

«¿Cómo la chuparía ella?» y sobre todo, lo más importante y lo que más me ponía a cien, «¿Cómo se la chuparía a mi marido?»

Miércoles. Cuarta mamada.

No podía decir que hasta ahora me lo hubiera pasado mal chupándole la polla a mi marido. Pero no lo disfrutaba plenamente. Después de haber experimentado la cornudez, ya no podía pasar sin la intensidad que me aportaba la infidelidad.

Admito, también, que el hecho de que me lo hubiera mandado Nila hacía que mereciera la pena.

Era la primera tarea que me había puesto mi corneadora, pero eso sólo me ayudaba a no perder el interés para no defraudarla.

Quería ese plus —ese toque especial—, que hacía que mi cuerpo se estremeciera hasta lo más profundo, y desde mi sesión con Nila, no lo había conseguido plenamente.

Chupársela a tu marido en unos probadores, mientras él supuestamente estaba pensando en una dependienta, no tenía la misma intensidad que ver el cuerpo de Nila siendo perforado por mi Alonso.

Lo bueno era que aquella sensación de insatisfacción me mantenía, de alguna forma extraña, encendida.

Es curioso cómo funciona nuestro cuerpo.

Las ganas de saciar el deseo hacían que el deseo mismo fuera más placentero.

Buscaba más el orgasmo del alma que del cuerpo.

Me corro mejor si antes se corre mi mente que si sólo lo hacen mis músculos.

Aquella tarde del miércoles, había llegado pronto del ensayo con mi grupo.

El sábado teníamos el bolo en el Strada, por lo que no probamos melodías ni arreglos nuevos —que es en lo que más perdemos el tiempo—, sino que repasamos nuestro repertorio y punto.

Kata tendría que aguantarme allí antes de tiempo.

Katarzyna era nuestra asistenta doméstica.

De pelo castaño claro, era de origen polaco.

Su madre y ella trabajaron aquí en las campañas de recolección de fresas durante varios años yendo y viniendo del país, hasta que la madre de Kata cameló a un español y se casó con él.

No le he preguntado por su padre, ni falta que me hacía.

Uno de los objetivos que me propuse al contratar a Kata era no dármela de «la Señora».

Ya había vivido el maltrato al servicio en casa de mi familia y no quería repetir lo mismo.

De hecho, si hubiera sido por mí, no le habría tenido uniforme, pero Kata insistió al ser más cómodo para ella.

—Así no ensucio ni desgasto mi ropa —insistía.

Fue ella la que eligió el uniforme: una casaca azul con las solapas y las mangas en negro y unos pantalones amplios estilo sanitario del mismo color.

Como buena fanática de los zuecos que soy, en lo único que insistí fue en los zuecos de trabajo blancos.

Eso sí, de piel y no esos Crocs de plástico asqueroso que son un atentado contra el buen gusto zueco.

—Kata, vamos a aprovechar que he llegado pronto para ordenar las cosas de Alonso.

Musitó algo en polaco, seguramente acordándose de mi santa estirpe y dejó lo que estaba haciendo.

—Lore, estoy limpiando la vitrocerámica. Estaba fatal —su español era perfecto y apenas se le notaba acento.

—Sí, se me derramó una sopa que me preparé ayer y dejé el estropicio.

—Yo me voy dentro de media hora, ¿nos dará tiempo?

—Y nos sobra. Deja eso que ya acabo yo de limpiarlo y ayúdame con los cedés.

Alonso tenía toda una estantería en el salón llena de ellos.

—Éstos, Alonso ya no los utiliza y están aquí muertos de risa ocupando espacio tontamente. Al final siempre escucha la música en el móvil o en el ordenador. Vamos a meterlos en cajas y llevarlos al trastero.

—¿En qué cajas?

—En las que utiliza Alonso para guardar sus papeles. Ayer compró un paquete nuevo. Vienen plegadas listas para su uso. Las montamos y metemos los cedés.

Y eso hicimos diligentemente. Yo le fui dando los discos a Kata y ella los iba colocando en las cajas. Al final, juntamos cinco grandes cajas repletas que llevamos al trastero.

—Te lo dije, no hemos llegado a la media hora.

Kata se despidió, dejó su ropa en el trastero de la limpieza que tenemos a la entrada y se fue en su patinete eléctrico.

Mi mente perversa había pensado sustituir los cedés de Alonso por mi colección de minerales.

Quería ponerme a ello, pero me entretuve acabando de limpiar la vitrocerámica.

Kata casi había terminado ya el trabajo, así que no tardé mucho.

Lo justo para que llegara Alonso, quien ya en el garaje se percató de mi presencia.

—¡Cari! ¿Ya has acabado el ensayo?

—Sí, hoy ha sido rápido —mientras enjuagaba la esponja se me ocurrió la idea para la mamada reglamentaria que debía hacerle.

—¡No salgas del garaje hasta que te lo diga!

—¿Pasa algo?

—No, nada. Tú, espera.

Me dirigí al trastero de la limpieza y busqué el uniforme de Kata.

Ella es más menuda que yo, puro nervio y hueso.

«Dios mío, que me quede bien, que me quede bien».

Kata tiene dos equipos de uniformes. Cuando se va deja uno usado junto a otro limpio.

Así, al día siguiente, cuando lava la ropa, lava también el que utilizó el día anterior y así tiene siempre uno limpio.

Ni os tengo que decir que me probé el que estaba usado. Parte de la excitación es sentir los olores de Kata, meterme en su piel. «¿Cómo la chuparía ella?» y sobre todo, lo más importante y lo que más me ponía a cien, «¿Cómo se la chuparía a mi marido?».

No fue fácil, pero al final conseguí abrocharme la casaca. Me quedaba como una faja marcándome cada curva del cuerpo. Me pareció más sensual no llevar pantalones. Los zuecos sí que me los puse. Embutida de aquella manera, salí al pasillo.

—Ya puede entrar, don Alonso.

¿don Alonso? Mi marido pensó que ya andaba con alguna de mis locuras. Lo confirmó al verme allí en el pasillo enseñando muslo con una pierna arqueada y el pie de puntilla para resultar más sensual.

—¿Ha tenido buen día hoy, don Alonso? —pregunté descaradamente amanerada.

—Los he tenido mejores. Nos han notificado la sentencia de...

—Shsshshshs, cállese, don Alonso —le indiqué sensualmente—. ¿Quiere que lo relaje?

—Lo que quiero es que me comas la polla.

¡Bingo! Alonso había entrado en el juego.

Me gustaba no tener que explicarle las cosas.

Ahora era él quien me sorprendía. Me puso una mano en el hombro y me jaló hacia abajo colocándome de rodillas.

Notaba su aura de dominio. Ya iba teniendo práctica en esto, por lo que flexioné bien la rodilla para no tener que clavar la rótula en el suelo.

Arrodillada notaba cómo la tela me iba apretando cada vez más aprisionando mis carnes.

Tenía la sensación de ser un morcón ibérico.

Recé para que no estallase y no tuviera que darle explicaciones a Kata.

Por lo menos, llevar el traje tan ajustado tenía sus ventajas: se me habían levantado las tetas y parecían más grandes.

Antes de que yo pudiera hacer nada, Alonso ya se había bajado la cremallera. Este nuevo Alonso, que tomaba la iniciativa, me excitaba y me preocupaba al mismo tiempo.

—Venga, criada, gánate el sueldo.

Me agarró de la nuca y me atrajo hacia su polla.

Abrí la boca como una buena chica. Ya la tenía dentro.

Al cerrar mis labios, noté perfectamente que ya estaba llena de sangre, completamente erecta.

Sabía lo que tenía que hacer y mi cuello comenzó a moverse.

Apoyé mis manos en sus glúteos para no caerme de espaldas y comencé a chupar.

Cada día lo hacía mejor. Esta vez fui eficiente.

Movimientos precisos, profundos. Creo que cada vez conseguía que me entrase más y mejor en la boca.

Moví la cabeza con soltura y decisión. Aunque Alonso tenía la mano apoyada en mi nuca, era yo la que se movía a su gusto deslizando mi boca por todo el tronco hasta llegar al capullo, y volver de nuevo a introducirla buscando darle todo el placer que pudiese.

Con la lengua sentía su sudor, el sudor de un día de trabajo en el despacho.

Olía también el perfume de Kata en la ropa que llevaba puesta.

Estaba muy excitada. Me imaginé que otra le estaba comiendo el rabo a mi marido.

Ya había visto cómo lo hacía Nila y yo quería ser tan buena como ella.

Quería demostrar a mi marido que podía chupársela tan bien como Nila.

«Seré cornuda, pero con dignidad», se me venía a la mente.

Y en ese momento bajó mi excitación. Al parecer, necesitaba la humillación para que mi cuerpo se estremeciera.

Alonso lanzó bufidos de placer mientras continuaba mamando.

Miré hacia arriba, quería que mis ojos contactaran con los suyos.

Cuando por fin lo hicieron, de Alonso salieron palabras de cariño.

Al menos el que yo quería en ese momento.

—Sigue chupando, sigue chupando.

Entonces caí en que aquello tenía poco de digno.

Estaba disfrazada y arrodillada succionando la polla de mi marido infiel intentando cumplir con los deseos de la prostituta a la que se follaba.

Volví a excitarme y moví la cabeza más fuerte.

Quería que se corriera. Con tantas babas, la polla de Alonso había perdido ya su sabor.

Moví la boca cada vez más deprisa, mi cuello trabajó cada vez más rápido y por fin la polla de mi marido palpitó y su grumo llenó mi boca.

Se corrió dando un gran grito «síiiii» como si confirmara lo puta que me sentía.

Escupí la corrida en el suelo. Alonso me tomó de nuevo por los hombros y me levantó.

—La chupa usted muy bien, señorita. Tendrá que limpiarme el sable más a menudo.

Vaya, al parecer amaneció poeta.

—Lo que usted mande, don Alonso —continué el juego al ver en los ojos de mi cari que todavía seguía en el papel.

—Ahora, tendré que darte tu sueldo.