La Cornuda Fiel Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Busqué el zueco que se me había quedado enredado entre los cables.

Recompuse mi ropa y salí del despacho tan ufana y decidida como entré.

Me gustaba esta nueva faceta de mí algo golfilla.

Sentirse sexi nunca está mal. De vuelta me encontré en la entrada del bufete a Nuria, que venía cargada y casi no podía sostener las cajas que estaba llevando.

—¿Ya les traes el café ese del culo de mofeta?

Nuria no se esperaba que me dirigiera a ella y sorprendida apoyó su barbilla en la caja para que no se le cayeran.

—No, señora, son las cajas de los pastelitos de crema.

—Para crema, la que le sale a mi Alonso de las pelotas, niña —había que castigarla un poquito por llamarme señora. ¿Se cree que soy mi abuela o qué?

Nuria estaba en shock. Generalmente la gente del despacho ya me conocía y soportaba mi lenguaje aunque nunca he sido de referencias sexuales tan explícitas.

Pero me encontraba con las hormonas a mil y no podía evitarlo.

Mi lenguaje soez solía consistir más bien en sugerencias sobre dónde podían o no meterse ciertas cosas del bufete.

Como esos pastelitos de crema que supuestamente eran de «crema de Boston» y a mí me parecían de vulgar crema pastelera de toda la vida.

—No pongas esa cara, pelirroja, que era broma —le quité hierro al comentario—. Que te vaya bien con esa estirada.

La estirada era Sandra, of course.

Así que la dejé allí mientras la pobrecita continuaba su camino con aquellas cajas y un bolsito negro con motivos horteras.

—o—

Nuria tenía que llevar esa mañana los pastelillos al bufete.

Sandra se los había encargado expresamente del catálogo gourmet que manejaba la empresa de catering y Nuria fue a llevarlos en cuanto tuvo el pedido.

Dos cajas en las que cada bollito venía cuidadosamente envuelto.

Eran de crema de Boston, una crema que podía parecer crema pastelera normal, pero que el paladar de la abogada distinguía perfectamente como más intensa y, sobre todo, aromática.

—Ve a ponerlos en el frigorífico —ordenó Sandra tras su inspección.

—No hace falta, resisten bien a temperatura ambiente. Pondré sólo la mitad, dejaré los otros fuera y ya iré reponiendo a lo largo de la semana.

Nuria ya sabía dónde debía colocar cada cosa. Hizo su trabajo y volvió para que Sandra le firmara el albarán.

—Ni te vas a creer lo que me ha dicho la mujer de Alonso —dijo Nuria.

—¿Algo relacionado con chupar penes?

Nuria se rio.

—Pues sí, algo parecido, ¿cómo lo sabes?

—Porque es una ordinaria. A mí me ha dicho, literalmente «he venido a comerle la polla a mi marido».

Nuria, sonrojada, no paraba de reír. Sandra continuó informándole.

—Siempre está igual. Cuando no es que nos metamos algo por el culo es que nos vayamos a la mierda y si no, se inventa alguna broma escatológica. Es una niña rica, una pija que no ha dado un palo al agua en su vida.

—Bueno, una cosa es segura —Nuria quería dejar caer el cotilleo. El apuro en el que la mujer de Alonso la había puesto merecía una pequeña venganza—. No creo que haya venido a chuparle nada a Alonso.

—¿Por qué? —Sandra captó algo en el tono de Nuria.

—Bueno, hace unos días tuvimos un catering en el Peletier.

—¿Es el hotel ese que está cerca del Mango de la Avenida España?

—El mismo.

—¿Y? —Sandra quería ir al grano.

—Pues que allí Alonso pasó la noche con una rubia.

Sandra estaba manifiestamente inquieta e interesada al mismo tiempo.

—¿Seguro que era Alonso? ¿No será Teo? Estas cosas son propias de Teo.

—Segurísima.

—¿Y te vio?

—No, yo estaba a lo mío con los del catering y no me vio. Llegaron rápido, se registraron y subieron para arriba. Supongo que no irían a jugar al parchís.

Sandra no sabía si sentir decepción o alegría ante la información de Nuria.

—Vaya, me pilla por sorpresa. ¿Era guapa?

—Guapísima. La chica tenía un tipazo. Desde luego mejor que Lorena.

—Loreto.

—¿Qué?

—Que la mujer de Alonso no se llama Lorena, se llama Loreto.

—Como le decís Lore…

—Sí, bueno, otra de las cosas de su familia pija.

—Pues a la pija le están poniendo los cuernos bien puestos —sentenció Nuria con evidente alegría.

—No me extraña, la verdad. No sé cómo Alonso acabó con esa elementa.

Por un momento se hizo un extraño silencio. Las dos mujeres se miraron sin saber qué decirse hasta que Sandra rompió el hielo.

—Perdona, Nuria, pero tengo que seguir con el trabajo.

—Sí, perdóname tú. Fírmame esto —le extendió el albarán que Sandra firmó tras leerlo rápidamente—. Por cierto, Sandra. ¿Sabes cuál es el apellido de Loreto?

—Loreto Guzmanrique de no sé qué y no sé cuánto. ¿Por?

—Por nada.

Nuria salió del despacho de Sandra reteniendo aquella información.

—¡Nuria! ¡Que te dejas aquí otra vez el bolsito este! —le gritó la abogada asqueada por el aspecto vulgar de aquel bolso. No lo soportaba.

Pero Nuria andaba dándole vueltas a lo que quería hacer y tardó en reaccionar al grito. Recuperó su bolso repitiéndose aquel nombre y apellido que le había proporcionado Sandra. Sería lo primero que teclearía en Google tras bajar por el ascensor.