La Cornuda Fiel Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Mi jefa se creyó la trola. Así que salí del trabajo a media mañana dispuesta a cumplir mi fantasía.

Llevaba la mini que me había comprado el día anterior junto a una camisa roja y mis clásicos zuecos, esta vez de medio tacón para que me resultaran más cómodos.

En la mano, unos papeles para disimular.

Se trataba de unas galeradas de un libro de mineralogía descriptiva que estábamos a punto de sacar.

Entré en las oficinas del bufete altiva y soberbia.

No solía ir mucho por allí, así que mi presencia llamaba la atención.

Los que me conocían me iban saludando. Mientras le estaba dando dos besos a una de las administrativas que conocía sentí detrás de mí el sonido inconfundible de los tacones de Sandra.

—Vaya, veo que hoy se digna a visitarnos la señora —me soltó.

Yo me volví.

—¿Qué tal, Sandra? —arqueé mis labios forzando la sonrisa.

—Podría estar mejor —cruzó los brazos y me miró como si hubiera hecho algo malo—. ¿Y tú? ¿A qué has venido?

—Pues, básicamente, a comerle la polla a mi marido.

Sandra debía estar hecha de piedra berroqueña. Ni se inmutó la hijaputa. La administrativa que estaba al lado intentaba contener la risa.

—Siempre tan fina y delicada.

—Esa soy yo, Sandra. Esa soy yo. Todo un capullito de alelí.

—Alonso está en su despacho. Pero dale los papeles que tengas que darle y no lo entretengas mucho que en media hora tenemos una reunión.

—Ok.

Y me largué directa al despacho de Alonso.

Entré y cerré la puerta. Mi esposo estaba allí enfrascado tecleando sus movidas de abogado.

Yo andaba cavilando que lo bueno de ser una cornuda cuckquean era que si en ese momento lo hubiera cazado ensartando a una cliente, en vez de una mamada, le hubiera hecho un monumento.

—Buenos días, cari.

—¿Qué haces aquí? —mi presencia lo había pillado por sorpresa.

—Vaya, yo también me alegro de verte.

—Claro que me alegro, es que dentro de poco tenemos reunión.

—Ya me lo ha dicho Sandra.

—¿Has hablado con ella? —Alonso temía mis interacciones con Sandra—. ¿Qué le has dicho esta vez?

—Pues la verdad. Que he venido a comerte la polla.

Mi afirmación no acabó de tener el efecto que me hubiera gustado en Alonso.

—¡¿Le has dicho eso?!

—No te preocupes, cari, esa pazguata cree que se lo he dicho en broma. Si es que no puede ser más estirada la pobre. Tendrías que haberla visto cuando se lo he dicho.

—Ni se ha inmutado, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabes?

—Pues porque trabajo con ella. Es de acero la cabrona.

Por fin complicidad entre ambos. Me acerqué y me senté en sus rodillas.

—Quería darte la sorpresa —le susurré.

—Así que era aquí donde querías, picarona —me dijo mientras me metía mano debajo de la falda. Hacía años que no coqueteábamos así. Me estaba encantando.

—¿No me digas que no has pensado nunca que alguna de estas de la oficina te pulía el sable en tu despacho o que alguna clienta te pagaba con succiones de rabo?

Alonso se sonrojó. Otra vez sintió vergüenza.

—No voy a decírtelo.

—Vaya, vaya, así que es cierto que lo has pensado. ¡El acusado es culpable, señoría! Interesante lo que descubre una de su maridito —me moví retozando sobre sus piernas restregando mi trasero.

Nos dimos un beso intenso que duró menos de lo que me gustaría.

No tenía mucho tiempo. Había cerrado bien la puerta, pero además de la reunión que urgía a Alonso, nunca faltaba algún empleado que viniera a comentarle alguna tontería jurídica.

«Cabrones, leed bien la jurisprudencia del Supremo y dejadme comerle tranquila la polla a mi marido». Teníamos que ser rápidos.

Así que me agaché y bajé hasta el suelo. Mis rodillas se clavaron en las baldosas. Busqué la entrepierna de Alonso, pero al arrodillarme uno de mis pies se había enredado a mis espaldas con algún cable. No lo veía bien, pero sentía el puñetero enredo.

—Algo se me ha enredado en el pie —le dije arrodillada a Alonso.

—No te preocupes, es el cable del ordenador. No pasa nada.

—¿No será peligroso? A ver si me electrocuto con esta mierda mientras la estoy chupando y te iluminas como un gusiluz.

—Es seguro. Además lo has desenchufado tú al darle con el pie.

Ya no había excusa. Corrí la cremallera del pantalón de mi marido y metí la mano buscando el premio gordo.

—Espera que me desabroche el cinturón —me pidió.

—No, cari. Me da morbo así. No te bajes el pantalón. Ya te la saco yo.

Y efectivamente, eso hice. Se la saqué por la bragueta sin bajarle los pantalones ni quitarle el cinturón.

En mitad de aquella tela apareció poderosa la polla de Alonso, que ya estaba empalmada.

¿Es cosa mía o ahora se le empina más rápido que antes?

No quería que estos pensamientos me detuvieran, por lo que encorvé la cabeza.

No me la metí directamente en la boca. Le di un par de lametones por todo el tronco.

Sabía algo a sudor, pero nada asqueroso.

Alonso es limpio, pero claro, desde que se duchó aquella mañana ya habían pasado varias horas.

La lamí bien lamida y entonces sí, cuando estaba lubricada rodeé con el círculo de mis labios el capullo e inicié el movimiento de mi cabeza de delante hacia atrás tal y como debía hacerse.

Quería que durase poco, por lo que mantuve un ritmo constante e intenso.

Alonso gemía. Buena señal, le estaba gustando.

En esa posición no me resultaba fácil chuparle la polla en condiciones.

Si hubiera más espacio, podría flexionar bien la rodilla y no clavarla directamente en el maldito suelo.

Al principio no dolía mucho, pero al poco tiempo notabas cómo la rótula comenzaba a inflamarse y era como si estuviera arrodillada sobre cuchillos.

Era algo que descubrías al chupar de rodillas y que no te cuentan en ninguna peli porno.

Aguanté el dolor y me moví más deprisa. Recé para que se corriera pronto.

En general, me gustaba recrearme en el dulzor de su carne o en los pliegues de cada zona de su cipote, pero ahora no quería sensaciones, quería que acabase ya.

Sin embargo, Alonso había mejorado en estos días como amante y ahora el cabrón aguantaba más sin eyacular.

Por fin se me ocurrió imitar la técnica infalible con la que le pajeaba.

En esta ocasión, en vez de girar mi muñeca, giré el cuello a la vez que la mamaba de arriba a abajo.

En el movimiento ascendente giraba hacia la derecha y cuando bajaba hacia la izquierda.

Los sonidos guturales de Alonso habían cambiado y sabía que estaba por buen camino.

Aumenté el ritmo cada vez más rápido, succionando hasta que por fin su polla tembló y se descargó en mi boca.

Ya no me sorprendió: llevaba preparado un pañuelo en el que escupí la corrida.

No me había dado cuenta, pero Alonso se había mordido un dedo para evitar gritar de placer en la oficina. Buen niño.