Capítulo 7
Capítulo
«La tarea era simple (…): sólo chuparle la polla a mi marido. Hasta una tonta puede hacerlo»
Desde que Nila me puso la tarea, hasta que volviera a verla, pasarían diez días.
Mi esposo y yo tuvimos la «cita» con ella el sábado y la siguiente en común con nuestra escort sería el martes de la semana siguiente a la que comenzaba.
Dicho martes resultaba ser fiesta local y por ello concretamos para ese día el encuentro.
El fin de semana que había de por medio Nila tendría una sesión de folleteo con Alonso de la que tendría prohibido conocer detalles como ya era costumbre.
No soy de ponerme muy espiritual, pero creo que aquella primera noche entre Nila y Alonso conmigo de espectadora me transformó internamente.
Era la primera vez que una tercera persona se inmiscuía en nuestra relación matrimonial.
La experiencia fallida con la primera prostituta no contaba.
Y la segunda, conmigo debajo de la cama, tampoco porque yo fui completamente pasiva y ellos eran ajenos a mi presencia.
Pero esta vez, a nuestra manera, participamos tres en una relación matrimonial que —se suponía— estaba reservada para dos almas.
Y no sólo eso. Nila parecía ser una buena maestra y una gran corneadora.
Hasta me había puesto deberes que debía tener cumplidos para mi siguiente «cita» entre los tres.
La tarea era simple. Nada de ecuaciones diferenciales ni sesudos comentarios de textos de filosofía alemana: sólo chuparle la polla a mi marido.
«Hasta una tonta puede hacerlo», me dije.
Aunque siempre he tenido inquietudes culturales, nunca he sido una buena estudiante.
No soy mucho de cumplir metas, la verdad.
Pero quería demostrar que podía ser tan buena como Nila, así que el orgullo haría que me esforzara por cumplir como una campeona.
Una mamada diaria durante diez días no podía ser muy complicada.
Domingo. Primera mamada.
No pude esperar para hacerle la primera mamada después de nuestro encuentro con Nila.
Cuando desperté el domingo ya me estaba zambullendo entre las sábanas buscando la polla de Alonso.
Él seguía dormido, pero eso no iba a detenerme.
Debajo del edredón me adentré como en una cueva buscando mi tesoro y lo encontré tras bajarle los pantalones del pijama.
Alonso estaba roncando y tenía el miembro totalmente lacio.
Comencé a darle besitos y a meter mi lengua entre el prepucio jugando con su piel.
Le estaba acariciando los huevos con la mano mientras mis besos rodeaban el capullo cuando noté que se despertó y apartaba el edredón y las sábanas para verme allí encorvada intentando que la polla se le levantara como una campeona.
—¿Qué haces? —me dijo soñoliento.
—Macramé, no te jode. Pues chuparte la polla, ¿a ti qué te parece?
—Joder, Lore, no tienes que hacerlo nada más despertar. Todavía tengo sueño.
—Te la chuparé cuando me salga del coño, ¿entendido? —tenía que dejarle las cosas claras.
—Vale, vale.
—Cuando te corras te relajas y sigues durmiendo si quieres, pero ahora ponle atención.
Estaba a punto de darle otra orden cuando mi marido me interrumpió.
—¿Tienes una servilleta o algo?
—¿Qué? —pregunté sin saber a qué se refería hasta que caí en la cuenta. Si iba a correrse y no iba a tragármelo tendría que dejar su pomada en algún sitio.
Le pedí que esperara y fui al baño. Volví con el rollo de papel higiénico del que tomé unos trozos.
—Solucionado, cari.
Mi cari medio dormido ni contestó, sólo se mantenía tumbado bocarriba con los ojos cerrados.
Volví a colocarme encima de la cama, encorvada buscando su miembro que seguía deprimido y tan soñoliento como su dueño.
No podía ser. Lo acaricié y me lo volví a meter en la boca.
Meterse en la boca un pene flácido es una sensación rara.
Si tienes suerte, puedes notarlo crecer dentro de ti y es maravilloso.
Si continúa flácido, parece que tienes entre los dientes un pegote de pellejo y no resulta muy agradable.
No conseguí que se empalmase, así que me la saqué de la boca y decidí centrarme en el capullo.
Le di un beso intenso y volví a meter la punta de la lengua en el prepucio recorriendo circularmente el glande.
El resultado fue exitoso porque ahora noté cómo se estaba hinchando.
La sangre fluía por toda ella y cada vez estaba más erecta.
Ahora sí, era el momento de volverla a meter en la boca y como me dijo Nila, utilizar la lengua.
Dentro de mi boca moví la sinhueso y sentí cómo iba creciendo hasta, por fin, ponerse tiesa del todo.
Era la señal para mover la cabeza. Ya sabéis.
La regla número uno para chuparla bien es saber utilizar la cabeza.
Nunca se insistirá lo suficiente en esto.
Si para chupar un coño lo que necesitamos es una lengua experta y juguetona, para comerse una polla en condiciones no queda otra que mover el cuello como una diosa.
Allá que fui moviendo mi cuello para que toda mi cabeza desplazara los labios que a su vez rodeaban y succionaban la verga de Alonso.
Él ya empezaba a gemir y soltar sonidos guturales de placer.
Era la señal de que lo estaba haciendo bien.
Aumenté el ritmo y cambié el tono de sus sonidos.
Conocía lo bastante a mi Alonso como para detectar el momento en el que su placer iba en aumento.
Era como cuando le hacía pajas antes de casarnos.
Por sus soniditos conocía perfectamente qué pasaba por su cabeza.
Eso sí, chupar pollas no es tan fácil como pajearlas.
Al menos, claro está, chuparlas en condiciones y no esa especie de paja-mamada que hacía yo que ni era paja ni era mamada con la que el pobre de Alonso se quedaba a medias.
Ahora me esforzaba y mi cabeza se movía implacable.
Al tenerla casi entera en la boca la sentía de una manera distinta.
Con mi lengua notaba sus venas, su forma, sus bultitos.
Una sensación placentera, lo reconozco. Era tener cerca a tu hombre de una forma especial, distinta a cuando te penetraban vaginalmente.
Yo diría que al chupar queda más claro que lo tienes dentro de ti.
El coño parece que queda allá lejos. Esa sensación de cercanía me encantaba y no la conseguía de la forma que se la chupaba hasta que Nila me enseñó.
Alonso ya estaba a punto de caramelo a tenor de los sonidos que lanzaba su boca.
Succioné varias veces y en varios movimientos de cuello conseguí que gritara de placer tras un estertor.
Me la saqué y tras otro pequeño grito de placer por parte de mi marido descargó sus grumos en el trozo de papel higiénico que ya tenía recortado.
—Joder, ha estado muy bien —me felicitó.
—Gracias. Ahora sigue durmiendo si quieres.
Lo dejé allí adormilado por el sopor del placer que le acababa de dar y me dirigí al baño.
Mi intención era tirar el mejunje que había recolectado de su polla.
Cuando llegué, decidí que debía dar rienda suelta a mi calentura.
La indicación de Nila era clara. No podía masturbarme mientras se la mamaba.
Tenía su lógica. La idea era centrarme en el placer de mi hombre.
Ahora tocaba el mío, así que me agaché en el bidé.
Antes me había bajado los pantalones del pijama y quitado las bragas, la compresa y abierto mis piernas para tener el chorrito de agua enfrente de mí.
Esta es una técnica de masturbación que aprendí por mí misma lavándome el potorro.
El truco está en la presión del agua. Si es muy fuerte, no sientes nada y además te salpica todo.
Si es flojito, pues no te hace nada. Regulé la presión con la llave y dirigí el grifo a mi entrepierna.
Alcancé el punto exacto en el que aquel chorro me acariciaba el clítoris, me refrescaba y me calentaba todo a la vez.
Antes de comenzar a frotarme, metí un dedo en la vagina y presioné para arriba para levantar mi clítoris y que le diera bien aquel chorrito de agua.
Moví el dedo que tenía metido y me estimulé desde el interior de la vagina.
Me fui calentando lentamente. No era como en las últimas veces en las que la situación disparaba mi calentura.
Se trataba ahora de ir poco a poco saboreando las sensaciones.
Noté que iba lubricando y calentándome hasta que decidí frotarme.
Para mejorar la experiencia, me eché un poco de jabón íntimo en los dedos y froté.
Así me limpiaba el coño y me pajeaba a la vez.
Dos en uno. Máxima eficacia. Allá que estaba masturbándome y frotándome mientras me concentraba en la situación.
No quería pensar en Alonso ni en Nila ni en cuernos.
Si lo hacía, iba a correrme enseguida y quería disfrutar.
Conseguí centrarme en el sonido del agua y allá que estuve unos buenos minutos restregándome el clítoris bañado por el agua y el jabón hasta que aceleré el ritmo cada vez más y noté cómo las piernas me temblaron.
Me había corrido y había estado muy bien.
Esperé un rato pues no quería secarme aún, pues la zona andaba un poco sensible.
Pasados unos minutos me aclaré con agua quitándome el resto de jabón, me sequé, vestí y volví a la cama.
Alonso seguía dormido. Me recosté poniendo la cabeza sobre su pecho abrazándolo cálidamente.
Sin querer, yo también me quedé dormida.
Cuando por fin nos despertamos, salimos a dar una vuelta por el centro y comer en nuestro restaurante argentino favorito.
De vuelta, bien en la tarde, Alonso se puso a hacer su tabla de ejercicios mientras yo tonteaba en las redes sociales cotilleando la vida de mis amigas en Instagram o refutando alguna teoría absurda en Facebook.
Antes de cenar, después de la ducha de Alonso, decidí interrogarlo.