La Cornuda Fiel Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

—Lo he notado y me gusta que la cosa siga bien. Alonso me ha dicho que tenéis el hotel pagado para toda la noche, así que podéis quedaros el tiempo que queráis, pero yo me tengo que ir ya.

Alonso me abrazaba por la espalda mientras yo me ajustaba la toalla a la altura de las tetas. No quería que me las viera Nila. Las comparaciones son odiosas y quería evitarlas.

—Ya que te estoy enseñando y quieres aprender, tengo tu tarea hasta la próxima sesión. Si no quieres cumplirla me lo dices, pero si aceptas, tendrás que ser metódica.

No lo dudé, faltaría más.

—Mientras no sea tragarme corridas, lo que sea.

—Desde hoy hasta que nos volvamos a ver, quiero que le chupes la polla a tu marido cada día sin falta. No es necesario que te tragues nada, pero quiero que practiques lo que has aprendido.

Alonso arqueó las cejas. Desde luego no iba a oponerse.

—Podré masturbarme, ¿no? Es que, si no, la cosa no tiene mucho aliciente.

—Siempre que no lo hagas a la vez que se la chupas. Cuando lo hagas, concéntrate en su placer. Luego, si quieres, te refriegas todas las veces que quieras cuantas veces quieras. Ah, y por supuesto, nada de follar con Alonso. Sólo practicar con la boca como una buena chica. ¿Aceptas?

—La duda ofende —le dije resuelta—. Y por la cara que ha puesto, mi cari no va a negarse. ¿Eh, cari?

Alonso no pudo evitar partirse el culo de risa porque era la pura verdad. Nila se despidió, nos deseó buenas noches y desapareció tras la puerta.

Alonso y yo seguimos abrazados. Fuimos plenamente conscientes de que aquello sí que constituía un antes y un después porque iba más allá de que me pusiera o no me pusiera los cuernos con una prostituta.

Suponía que ya estábamos los dos metidos hasta las trancas en una espiral de nuevos sentimientos que eran irreversibles.

Después de aquello, ¿cómo volver a nuestra vida sexual monótona?

—o—

Nuria se encontraba vestida como un pingüino.

Por alguna extraña razón, los gerentes del hotel pensaban que ir vestida de frac era lo adecuado para servir un catering de diversas porquerías deconstruidas.

Lo que antes era una ensaladilla rusa ahora se pasa por la batidora, se le añade algún condimento exótico de la India, se sirve en un vaso de barquillo, y pasa a ser una ensaladilla gourmet mucho más cara.

A sus veintiséis años, Nuria era copropietaria de una pequeña empresa de servicios de comida; lo cual no impedía que tuviera que vestirse de aquella guisa cuando lo pedían los clientes.

De los tontos se dice que siempre hay que darles la razón y acaso por eso se diga que el cliente tiene siempre la razón.

Estos querían un catering de comida posmoderna servido por gente disfrazada con un frac moderno.

Se trataba de una recepción nocturna para unos peces gordos.

Nuria y su equipo se dirigían a ellos en inglés paseando con bandejitas por el hall.

No era difícil distinguir a los peces gordos de los clientes normales del hotel porque estaban realmente gordos.

Por eso, la entrada de la estilizada figura de Alonso en el hotel no le pasó desapercibida a la copropietaria.

Alonso era socio del bufete de abogados que la había contratado para proporcionarles el desayuno y aperitivos de calidad.

Sandra, que era la socia con la que trataba Nuria, a ratos parecía una neurótica de la perfección incluso con el café.

Pero Alonso era distinto. Moreno, guapo, atento.

A Nuria le caía muy bien. El único defecto de aquel abogado era que era un abogado.

Siempre hablando de leyes. Pero esa noche se veía diferente.

Lucía distinto. Más guapo, como si hubiera hecho ejercicio o se hubiera cambiado de look.

Hacía días que no lo veía en el despacho.

Buscaba encontrarse con él siempre que podía, pero ora por algún señalamiento judicial que lo alejaba del despacho, ora por alguna reunión, Nuria se había pasado casi dos semanas sin verlo ni saber de él.

Esta noche Alonso estaba allí mismo, elegante, con nuevo peinado, traje distinto y nuevo estilo.

A Nuria le gustaba Alonso a pesar de que estuviera casado.

Ya había tonteado con hombres casados otras veces, pero nunca había concretado nada.

Siempre se decía que iba a ser la última vez que pensara en Alonso y siempre caía de nuevo al verlo tan elegante y seguro.

Nuria se hizo la remolona y se ocultó tras un compañero más alto.

No quería que su adorado Alonso la viera vestida de aquella manera.

Su idolatrado abogado iba a registrarse en el hotel, pero no lo haría solo.

Una despampanante rubia en minifalda le acompañaba.

Podría haber sentido envidia, pero no sintió nada de eso.

Por extraño que parezca, sintió esperanza.

Aquella rubia no era la mujer de Alonso y eso significaba que, si él se tiraba a alguien que no era su mujer, ella tenía una mínima posibilidad de poder jugar con el gran juguete que parecía lucir Alonso entre sus piernas.