La Cornuda Fiel Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Me volví a arrodillar. Ahora la polla de mi marido había perdido su vigor, pero todavía no se había retraído del todo, así que pude metérmela de nuevo en la boca y comencé a mamar tal y como me había enseñado Nila.

Tenía que demostrar que era buena alumna.

Mamé yo solita como nunca antes había mamado la polla de mi esposo.

Reconozco algo de orgullo en aquello. No iba a permitir que Nila me dejara como una inútil.

Así que mamé y mamé moviendo mi cabeza agarrando ahora las pantorrillas de Alonso y salivando como una campeona. Nila no tuvo que ayudarme.

—Vaya, la cornudita aprende rápido. —El comentario indicaba que Nila ya había vuelto a entrar en el juego después de haberse cortado un poco con la palabra de seguridad.

Mi excitación fue creciendo mientras la chupaba y los sonidos de placer de Alonso se hacían más descarnados.

—Para —me ordenó Nila.

Me detuve, aunque seguía cachonda perdida.

—Gracias, cornudita, por preparármelo. Ven aquí —le dijo a mi marido.

Tomó a Alonso de la mano y lo llevó a la cama.

Ambos se recostaron; se besaron. Ella hizo un gesto y mi marido se agachó a comerle el coño.

Desde donde estaba no tenía una buena perspectiva; no me atreví a moverme por si Nila volvía a regañarme por algo.

Vi la cabeza de mi Alonso metida entre las piernas de ella.

Escuché el sonido de la lengua y de la boca de Alonso trabajando entre los muslos de Nila.

Gritó de placer, aunque con las putas nunca se sabe si estas cosas son fingidas o es que mi marido había mejorado en el arte de comer coños y ya con cuatro lametones conseguía que te corrieras de gusto.

De cualquier modo, la situación no duró mucho tiempo.

Alonso se incorporó y, amasándole las tetas como si fueran masa madre, buscó colocarse encima. Nila abrió bien las piernas acogiendo la polla de Alonso, que la penetró poco a poco hasta que la tranca de mi esposo estuvo totalmente enterrada en la carne de ella.

—Ya puedes disfrutar, cornudita. Mira cómo me folla tu marido. ¡Fóllame, Alonso!

Mi esposo comenzó a moverse sobre ella. Nila lo abrazó con sus hermosas piernas y mantuvo sus tatuados pies en tensión sobre el culo de Alonso, que subía y bajaba rítmicamente.

Me desabroché los vaqueros bajándolos hasta las rodillas.

No esperé a quitarme ni las bragas; me metí la mano entre las piernas y busqué mi botón mágico.

Llegué al clítoris y comencé a masajearlo en círculos tal y como me gusta.

Primero, alrededor del capuchón y luego fui frotándome con fuerza la cabeza que ya estaba erecta.

Mantuve mis dedos en movimiento y me corrí bien corrida.

Esta vez el orgasmo no fue como un rayo sino como contracciones profundas que casi me hicieron perder el equilibrio sobre mis zuecos de tacón.

Desde luego la espera y la abstinencia merecieron la pena.

Nunca me había corrido tan rápido. Supongo que es lo que deben sentir los hombres.

Siempre he envidiado ese poder de correrse tan rápido que tienen los varones.

En su día tuve novios que no aguantaban tres zarandeos de polla bien dados.

Incluso con Alonso, cuando no he tenido ganas de follar, le he pedido que se corriera rápido y no tardaba en hacerlo.

No tengo claro si es un poder mágico de los hombres, o una tortura para ellos, pero en aquella sesión sentí lo que era alcanzar un orgasmo rápidamente.

Mientras intentaba reponerme, los oía gritar como cosacos de la taiga siberiana.

«Toma, zorra, toma», le decía mi Alonso.

Me gustaba que la estuviera insultando; me enloquecía que le estuviese magreando los pechos mientras los dos sudaban abundantemente.

Alonso aguantó como un campeón y continuó dándole duro.

Su verga perforó a Nila sin tregua ni cuartel.

Centrada mi atención en el culo de mi marido, que no paraba de moverse entre las piernas de la escort, me volví a calentar y allá que fui a buscar un segundo orgasmo, que creo que me lo tenía merecido.

Ahora introduje uno de los dedos en mi encharcada vagina mientras hacía temblar mi palma de la mano sobre el clítoris.

Me concentré en el culo de Alonso, en sus gritos y gestos, en el sudor, en la maravillosa escena que estaba contemplando.

Me dije a mí misma que era una cornuda y seguí moviendo la mano sin parar mientras mi dedo medio habitaba en mi vagina.

Aunque estaba caliente, no iba a ser tan fácil alcanzar este segundo orgasmo que busqué con fruición.

Mi marido se movía cada vez más deprisa y gemía llamando zorra y puta a Nila.

No se podía negar que lo fuera, la verdad.

Embestía sobre ella cada vez más rápido hasta que le hizo un gesto a Nila.

Parecían compenetrados, lo cual, extrañamente, me excitaba más.

Alonso salió de ella y se puso de pie junto a la cama.

Nila rápidamente se tiró a sus pies y se levantó las tetas mientras mi marido se zarandeaba la polla cerca de ellas.

Sabía lo que iba a ocurrir y comencé a frotarme más rápido entre las piernas.

Alonso me miró. Nos miramos los dos. Tenía a Nila arrodillada poniéndole las tetas en bandeja y a mí con los pantalones bajados frotándome como una loca de gusto.

Alonso se retorció y gritó un rotundo «¡Me corrooo!

» mientras su esperma bañaba las tetas de Nila.

Aumenté el esfuerzo, seguí frotándome con más ímpetu y desplacé mi dedo medio dentro del coño para —ahora sí— alcanzar otro orgasmo mientras mi mirada se clavaba en la corrida de Alonso sobre los melones de Nila.

Esta vez el orgasmo fue un poco menos intenso, pero acaso más excitante.

Tuve que sentarme en una de las sillas de la habitación porque mi cuerpo ya no podía más.

Nila se rio como si hubiera hecho bien su trabajo —razones no le faltaban para pensar así—, se levantó y fue la primera al baño.

Alonso se acercó a mí desnudo, sudoroso y con la polla goteando semen.

Me dio un gran beso en la boca. Yo la abrí y estuvimos casi todo el tiempo que duró el baño de Nila morreándonos bien morreados.

Joder, volví a saborear el carmín de Nila en la boca de Alonso; sentí el sudor de ella, el perfume de él, y me inundaron las ganas de adorarlo, de comerme a Alonso enterito.

Increíblemente, volví a estar caliente aunque ya sabía que la fiesta había terminado. Nila salió envuelta en una toalla.

—Ya está libre —nos dijo.

Dejamos de besarnos y Alonso se alejó hacia el baño. Yo me quedé allí clavada como una tonta.

—¿Tú no vas a ducharte con él?

Me tomó de sorpresa la pregunta. No me lo había planteado. Seguía en modo «cornuda-sumisa».

—Tía, que es tu marido, ve y báñate con él. Ya hemos terminado la sesión.

Salí corriendo, me descalcé rápidamente y me fui quitando la ropa que me quedaba para meterme en la ducha con él.

Allí nos reímos y nos dijimos cosas en voz bajita como enamorados.

Me gustaba estar allí en la ducha con él.

Nos abrazamos y estuvimos un pelín de tiempo más del que necesitábamos para ducharnos. Nos lo merecíamos.

Al salir, Nila ya estaba completamente vestida. Nadie diría que hacía pocos minutos tenía a mi macho entre las piernas jadeando y sudando. Impecable y elegante, se dirigió a mí.

—Espero que te haya gustado la sesión, Lore. Y perdona por lo de antes.

Lo de antes era su intento de hacer que me tragara la crema de Alonso.

—No te preocupes por eso. He disfrutado mucho.