Capítulo 6 #2
Así que comencé a desnudar a «su hombre».
Nunca lo había hecho. A ver, claro que, antes de follar, siempre nos quitábamos mutuamente alguna prenda; ya sabéis, en el fragor de la batalla lo propio era quitarle los pantalones, que me quitara la blusa, cosas así.
Pero nunca lo había desnudado poco a poco, prenda a prenda, de aquella manera y totalmente.
Primero le aflojé la corbata de bolo y se la quité tirándola al suelo.
Luego le quité la chaqueta para pasar a continuación a ir desabrochando uno a uno los botones de su camisa.
Su pecho quedó descubierto. Ya se notaba perfectamente la dieta y el gimnasio.
Alonso no había estado nunca gordo, pero con ese poquito de ejercicio ahora estaba genial.
Le acaricié levemente los pelos del pecho mientras Alonso me miraba continuamente a los ojos.
Sin desviar la mirada, le quité el cinturón y desabroché los pantalones.
Ahora sí, me agaché y le quité los zapatos para poder sacarle completamente el pantalón.
Me quedaban los calcetines que acababa de quitarle tras dejar el pantalón sobre un sillón que teníamos cerca.
Así arrodillada, le bajé los calzoncillos bóxer que llevaba y apareció su flamante polla que ya había dejado de estar flácida.
¡Se había depilado completamente la polla! Joder, ¿cuándo había sido? La cabrona de Nila me tenía preparada esa sorpresa. Ya me parecía grande, pero ahora, sin ningún pelo, la polla de Alonso parecía gigantesca. Habría querido lanzarme sobre ella y comenzar a besarla, pero Nila reaccionó rápido.
—Sin tocar, cornuda —me ordenó ella al ver mis intenciones—. Levántate.
Obedecí. Alonso no hablaba; sólo estaba allí de pie, observando. Nos cruzamos la mirada continuamente buscando la aprobación del otro. Mi cari notó que estaba excitada, por lo que prolongó el juego de Nila, que no iba a terminar ahí.
—¿A qué esperas? ¡Desnúdame también a mí, cornudita!
Me acerqué a ella por detrás y le aparté su melena rubia para buscar la cremallera del vestido.
Noté su olor especial. El mismo que he olido cada noche que Alonso ha venido tras follar con ella.
Bajé la cremallera y su espalda quedó al descubierto.
Su forma era perfecta y estaba salpicada con graciosas pecas como las que se ven en la cara de Nila cuando no las oculta, como ahora, en cinco estratos de maquillaje.
Ayudé a que sacara las manos de las mangas y dejé caer el vestido al suelo.
Ella se movió para que pudiera recogerlo y colocarlo en el sillón.
Sólo se mostraba ya en ropa interior con los tacones puestos.
Me pareció hermosa. A ver, no soy lesbiana, pero sé reconocer cuando una mujer es bonita y Nila lo era.
Volví a su espalda y le desabroché el sujetador para pasar a bajarle las bragas.
A diferencia de Alonso, Nila no estaba completamente depilada allí abajo.
Todavía conservaba una elegante porción de cabello púbico recortado.
Le miré los pechos e inmediatamente no pude dejar de pensar: «ojalá tuviera yo unas peras como esas».
Nila se descalzó. Ya estaban los dos completamente en cueros.
Yo hice el intento de comenzar a quitarme la camiseta. Nila me paró.
—Quieta —me ordenó con delicadeza—. Tú no puedes hacer nada si yo no te lo ordeno. Mantente en pie, vestida.
No me quedaba otra que obedecer. A esas alturas, la curiosidad ya podía conmigo. Y, no voy a negarlo, el coño ya lo tenía derretido. Sólo pensaba en tocarme, frotarme como loca para que el orgasmo acabara con aquella tensión. Pero por ahora tendría que esperar.
—Pásame ese cojín, cornuda.
Se lo pasé. Lo puso frente a los pies de Alonso, que ya lucía completamente empalmado. Ella se arrodilló mirándome con descarada soberbia.
—Ahora vas a ver cómo se come una polla.
Y vaya si lo vi. Perfectamente. Nila abrió su boca y sus labios rodearon la carne de mi marido.
La engulló casi completa y comenzó a mover su cabeza de adelante para atrás.
Me hipnotizaba el movimiento de su boca, ese rojo intenso de sus labios moviéndose horizontalmente.
No pude negar la belleza de la situación.
Absorta en ver cómo Nila mamaba la polla de mi esposo, me había olvidado precisamente de él.
Cuando caí en la cuenta, lo miré. Alonso estaba con los ojos cerrados y el rostro desencajado de gusto disfrutando de aquella boca que no era la mía.
De pronto paró, se la sacó y la lamió por todos sus recovecos; de seguido, bajó hasta los gloriosos huevos de mi esposo.
Levantó el miembro hacia arriba y, con la lengua, fue lamiendo lentamente los testículos de Alonso, que seguía suspirando de placer con los ojos cerrados.
Tenía vergüenza de mirarme mientras gozaba de esa manera.
Tras la lamida correspondiente, volvió a introducírsela en la boca y volvió a mover su cabeza teniendo bien aprisionada la polla entre sus labios que se movían cada vez a mayor velocidad.
Mi marido volvió a suspirar de excitación.
Estaba aguantando como un campeón. Nila lo había enseñado bien.
Seguí contemplando toda excitada el espectáculo que se me ofrecía. Quise poder masturbarme ya, pero había hecho una promesa y tuve que aguantarme. Por fin, tras unos minutos de chupar y tragar que a mí me parecieron horas, Nila se la sacó de la boca dejándola toda baboseada y se levantó.
—Ahora te toca a ti, querida.
—Bueno, yo no lo hago así.
—Ya sé que no lo haces así, cornuda. Me lo contó tu maridito. Por eso voy a enseñarte.
Me agarré los vaqueros con intención de bajármelos y desnudarme, pero Nila volvió a impedírmelo.
—Quieta —ordenó—. ¿Te he dicho yo que te desnudes?
Moví la cabeza indicando que no.
—Ven aquí. —Me agarró de una mano y me colocó delante de Alonso.
Nila y él estaban desnudos y yo allí como una panoli vestida y con ganas de correrme como fuera y de cualquier forma.
Alonso y yo cruzamos la mirada. Sus pupilas se clavaron en mí y las mías respondieron al envite.
Notaba su deseo y cómo me recorría el cuerpo.
Alonso jamás me había mirado. Quisiera que jamás hubiese dejado de mirarme de aquella manera.
Me deseaba y notaba su avidez a un nivel que nunca antes había alcanzado.
—Bien, tortolitos, dejad las ñoñerías para cuando estéis solitos en casa. —Nila no daba tregua—. Ahora la señora Loreto va a decirle a su marido lo que va a hacer.
Yo no sabía a qué se refería aunque alguna idea se me pasaba por la mente. Pero permanecí callada. Nila acercó su boca a mi oído y me dijo unas palabras que repetí al instante.
—Quiero mamarte la polla como una buena esposa y quiero que Nila me enseñe porque soy una cornuda. ¿Me dejas?
Alonso asintió con la cabeza y entonces Nila me agarró de los hombros y me puso de rodillas sobre el cojín.
Extendí los pies hacia atrás y los zuecos casi se me salieron.
El capullo de mi cari quedó a pocos centímetros de mi boca.
Me dispuse a agarrar su tremendo miembro cuando Nila volvió a detenerme.
—¡Así no, cornudita! Pon las dos manos sobre las nalgas de tu marido y no toques jamás su polla con las manos. Abre la boca. Así, muy bien. Ahora vete metiéndotela poco a poco. Eso es, que pase del arco de tus dientes.
Nila me agarró la cabeza a dos manos y comenzó a moverla pidiéndome que cerrase los labios.
—Ten cuidado con los dientes, cariño, no quiero que desgracies a mi semental.
Era ella la que me fue guiando moviendo mi cabeza de atrás hacia adelante para darme las reglas de una buena felatriz.
—Las buenas mamadas se hacen con la cabeza, cariño. Debes aprender a mover tu cabecita de cornuda.
Ese era el primer consejo. Le siguió un segundo.
—Chupar una polla es como aprender natación. Hasta que no aprendas a respirar en los momentos correctos, no avanzarás de nivel. Pon atención y respira correctamente para poder estar mamando todo el tiempo que necesites hacerlo.
Con la polla de Alonso en la boca, intentaba aprender.
Hacerlo de aquella forma me resultaba algo realmente complicado, aunque el ritmo que me marcaba Nila me ayudaba.
Había puesto una mano en mi nuca y la otra debajo de la barbilla y guiaba mis movimientos mamatorios mientras me indicaba «inspira; eso es, muy bien»; «espira; así, buena chica», «inspira, espira, inspira, espira». Parecía mi profe de educación física.
Luego vendría el tercer consejo.
—Tienes lengua, así que aprende a utilizarla.
Mientras mamaba y escuchaba la lección, degustaba la polla de Alonso en todo su esplendor erecto.
Notaba en la boca sus venas y ramificaciones al tiempo que saboreaba los restos de carmín que Nila había dejado.
Aquello me gustaba, sobre todo cuando volvía a escuchar los sonidos de placer de mi marido, sus resoplidos de gusto y su respiración indicando que aquello que le estaba haciendo le estaba encantando.
—Eso es, ahora vas a tragarte lo que te dé tu maridito.
Se me cortó el rollo y me la saqué de la boca.
—¡Petronila!
Ahí estaba nuestra palabra de seguridad. Alonso despertó de pronto como si volviera de otro lugar y Nila cambió el semblante.
—¿Qué te ocurre, cari? ¿Estás bien? —me preguntó Alonso.
—Sí, sí, estoy bien. Sólo que no pienso tragármelo. Nunca me lo he tragado y no voy a hacerlo hoy porque me da un asco terrible. Lo siento, pero por ahí no paso.
—Bueno, bueno, perdona.
Nila se disculpó sorprendida.
—No pasa nada. Es sólo eso. Por lo demás, me está gustando la sesión. Espero que no os haya cortado el rollo.
A ver, un poco sí que lo había cortado, pero Nila le quitó importancia y Alonso también. Pero mientras que Nila podía fingir perfectamente, su polla no mentía y ya se desinflaba.
—¿Quieres seguir tú o lo hago yo? —Nila me pedía permiso por primera vez para tocar a Alonso. Era la forma de preguntar si continuábamos con la sesión o no.
—Seguiré, seguiré.