La Cornuda Fiel Capítulo 6
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Capítulo 6

Capítulo

«Quería comerse el mundo, polla de mi marido incluida»

La semana siguiente, mi marido tuvo varias «citas» con Nila en las que yo no participé. Ya sabéis que lo de «citas» era el eufemismo para indicar que mi esposo y la escort estarían follando como posesos en el hotel.

Fiel a la palabra que le di a Nila, permití que los dos tuvieran encuentros sin que yo participara ni estuviera presente.

Es verdad que la primera vez, mi marido y yo la habíamos engañado y había conseguido seguir el espectáculo debajo de la cama, pero esta vez, decidí hacer las cosas bien y cumplir con lo prometido.

Así lo hablé con Alonso y en eso quedamos.

No fue fácil, porque a mí, eso de cumplir las normas, me suele costar por más que lo intente y le ponga empeño.

Eso sí, cuando Alonso llegaba por las noches después de haberse tirado a Nila —o Nila a él— me encendía como una estufa.

No paraba de darle vueltas al coco sobre lo que habrían hecho y, sobre todo, lo que se habrían dicho.

¿Hablarían de mí? Por supuesto que hablarían de mí, joder, para eso quedaban a solas.

Yo me calentaba e intentaba agarrarme a cualquier sensación.

A menudo, sin que mi marido me viera, olía su ropa reconociendo el aroma dulce de Nila.

Tenía la sensación de que cada prenda que Alonso traía exudaba sexo.

Nila tenía razón. Combinar estas sensaciones con la abstinencia sexual me estaba volviendo loca de calentura.

Aprendí que la espera puede ser tan excitante como la consumación.

Algo así como alargar los preliminares, haciendo que no sólo antes del coito, sino todo el tiempo de tu vida anterior a él, forme parte del juego sexual.

Me gustaba estar excitada. Me gustaba sentirme así, como no me había sentido en mucho tiempo.

Caliente, buenorra, con ganas de tirarme sobre Alonso cuando llegaba de trabajar y dejarlo seco a polvazos.

Ya os he dicho que nunca he sido una mojigata sexual, pero tampoco una calenturienta.

Ahora, por primera vez en mi vida, lo estaba siendo.

Diez para Nila por la enseñanza y diez por hacerme ir más allá de mí misma.

De este modo, llamé a Raquel, compañera de trabajo, diseñadora gráfica y compañera del grupo de música.

—¿Cómo estás, Raquel? Ya me dijo la Mari —la «Mari» era mi jefa— que estabas resfriada.

—Un catarrazo bestial, tía.

—¿Y has estado en el médico?

—Sí, pero nada, paracetamol y a la cama.

—¿Estarás bien para el bolo en el Strada?

—Esperemos que sí. He quedado con Mari para trabajar desde casa. Creo que, si no salgo y estoy abrigadita acabando la última portada, podré estar lista.

—No te preocupes si no lo estás.

—Gracias por llamar.

—Ah, otra cosa que se me ha ocurrido para el grupo.

—Dime.

—Creo que ya es hora de cambiar el vestuario —yo estaba on fire.

—¿Qué le pasa a nuestro vestuario?

—Pues que tengo fotos de mi abuela y vestimos igual.

—De eso se trata, somos un grupo retro, no vamos a perrear. Bueno, si tú quieres perrear me gustaría verlo, pero a mí me gusta cómo salimos, ya lo hemos hablado.

—Ya lo sé, tía. Estoy de acuerdo con el concepto retro, pero podría ser, no sé, más atrevido. Estilo pin-ups, ya sabes, que se nos vea el liguero.

Me callé las imágenes gráficas y las palabras que se me venían a la cabeza para describirlo.

—¿Más atrevido? ¿Liguero? Pero si ya me cuesta ponerme unas malditas medias de encaje. Con lo cómodos que son los pantis, por Dios. Por algo se dejaron de usar esas mierdas: porque eran un jodido incordio llevarlas siempre.

—Tía, esas medias ni se ven. No enseñamos nada. Y a veces ni eso llevamos. La última vez actuamos todas con los pantys. Los ligueros molan.

—Te molarán a ti. No enseñamos nada porque se supone que vamos a cantar y no a enseñar manteca.

—Ya, pero podríamos mostrar más pierna, más escote, por ejemplo —me expliqué.

—Si quieres yo te doy el pase y haces un strip-tease, pero no voy a salir así para contentar a los cuatro pajilleros que suele haber en los baretos donde actuamos. Me niego.

—Bueno, no me he explicado bien.

—Mira, Lore, te compro lo de cambiar de vestuario. Llevamos desde que empezamos con el mismo y ya cansa. Pero lo de mostrar más carne, no sé, no lo veo.

—Pues si estás de acuerdo con cambiar el vestuario, avisaré a Clara y Lucía e iremos de compras a buscar ropita nueva —propuse.

—No sé por qué, tía, pero tengo la sensación de que me has manipulado.

Nos reímos y seguimos charlando de nuestras cosas.

—Mejórate, cielo, que vamos a buscar unos vestidazos.

—Gracias por llamar.

Me puse a navegar por las redes actualizando mis perfiles intentando que pasara el tiempo. Me llegó un wasap de Alonso.

«Mañana, por fin los dos con Nila ♥»

Me estremecí. Aquella sensación placentera entre las ganas irresistibles y el miedo a lo nuevo era impagable.

—o—

Nos preparamos para ir a nuestro encuentro con Nila.

Mi nerviosismo no había desaparecido y todos los preparativos previos no mejoraban la cosa.

Durante esa semana había vuelto a ir de compras con Alonso para sus trajes.

Como fanática de los zuecos que soy, me compré unos negros de tacón alto con tachuelas doradas a los lados.

Los quise utilizar para esta ocasión y los combiné con mis vaqueros ajustados, los skinny jeans Miu Miu, y mi camiseta de los Manhattan Transfer como declaración de intenciones.

A lo tonto, aquel conjunto me había costado una pasta, pero lo interesante es que no se notara y pareciera informal.

En principio, según me dijo mi marido, «no debemos ir muy elegantes».

El consejo no resultaba muy preciso, así que aquel outfit era mi apuesta.

Alonso se puso un traje gris de sport, muy bonito y ajustado, que le había comprado y esta vez me sorprendió al llevarlo con una corbata de bolo.

—¿Y eso? ¿Ahora te crees Vincent Vega? —Pulp Fiction había sido toda una referencia para mi generación.

—¿Qué te parece? —Alonso no comentó mi referencia.

—La verdad es que te queda chulo. Estás muy bien.

—Lo mismo digo —mi cari me examinó de arriba abajo, pero no lo noté muy convencido con esta afirmación. Tal vez paranoias mías.

Nos montamos en el Audi y nos fuimos al hotel.

Llegamos diez minutos antes de lo acordado y Nila todavía no estaba allí.

Esperamos sentados revisando nuestros móviles cada uno a lo suyo.

¿Qué conversas con tu pareja antes de montar una sesión de cornamenta consentida?

Nos parecía que discutir sobre cambiar el microondas que nos daba problemas o poner una pérgola decente en el patio eran minucias en comparación con lo que íbamos a vivir en unos minutos.

Nila entró despampanante en el hotel. Quería comerse el mundo, polla de mi marido incluida.

Vestido azul marino ajustado de talle alto y cuello estilo barco.

Ahora sí, la vi maquillada y su rostro parecía más duro y serio, pero también rematadamente sexi.

El color del pintalabios era de un rojo tan intenso que a ratos parecía negro.

Se nos acercó pisando fuerte con sus tacones pumps a juego.

Parecía la señora de aquel lugar, la reina y soberana de cada baldosa que pisaban sus zapatos.

—Buenas noches, parejita, ¿nos tomamos algo antes?

Alonso me miró y yo asentí con la cabeza en señal de aprobación.

Pasamos al bar del hotel y allí nos pedimos unos refrescos.

Ninguno pidió nada con alcohol sin haberlo planeado.

Nila estaba de servicio, lo entiendo, pero al parecer ni Alonso ni yo queríamos perder parte de nuestras facultades sensoriales ante lo que se avecinaba.

—Alonso me ha contado que estás en un grupo de música, qué chulo.

La muy cabrona sabía repartir cuchilladas. No sólo follaba con mi marido sino que hablaban sobre mi vida. Vale, era parte del juego, pero me jodía un poco. Y tal vez porque me jodía era un juego terriblemente excitante. Nuestro coco es jodidamente complejo.

—Sí, hacemos doo-wop y jazz vocal. Armonías vocales, sobre todo.

—A mí me gusta más la salsa.

—A mí la salsa sólo me gusta con el pescado —le solté.

—Es mezzosoprano —añadió Alonso como si a alguien le importase que diera una información que nadie había pedido.

Nila dio un sorbo a su bebida para no tener que hacer ningún comentario más.

Acabamos nuestros tragos y por fin subimos a la habitación.

Los tres íbamos en el mismo ascensor y la tensión era tan espesa que podía untarse en el pan.

Sólo hablábamos de cosas intrascendentes.

El tema estrella de la intrascendencia era lo poco que llovía en estos días y que tal vez había sequía.

Si el cambio climático ese tiene que acabar con todos nosotros, por lo menos, que nos pille bien follados.

Dentro de aquel ascensor tenía la sensación de que sólo al cruzar el umbral de la puerta de la habitación seríamos nosotros mismos y no gente fingiendo ser normal.

Por fin entramos y, en efecto, nos transformamos en nosotros mismos.

—¿Qué tal te has portado estos días? —me preguntó Nila.

—Ni hemos follado ni me he masturbado. Eso sí, pensamientos impuros tengo para estar confesándome esta eternidad y parte de la siguiente.

—Buena chica, Lore —me acarició la barbilla—. Tienes una buena esposa, Alonso. Lástima que no pueda satisfacerte como yo.

Uff, Nila empezaba fuerte. Quería ponerme a prueba y no se andaría con medias tintas. Iba a saco. Si era verdad que yo quería ser cornuda, iba a tener que serlo ante ella sin fisura ninguna. Pero por ahora, sólo estaba allí de pie como una estatua, mirándolos sin moverme.

—¿A qué estás esperando, cornuda? Desnuda a mi hombre.

Miré a Alonso y él me cogió de la mano acercándome hacia sí mismo. Cuando los dos estábamos pegados, Nila volvió a dar la orden alto y claro.

—Desnúdalo. No tengas prisa.