Capítulo 5 #4
Desde que tuvo uso de razón, Charo sentía predilección por los chicos malos.
Siempre había sido así. Tolo era el chico malo de su instituto y no paró hasta hacer que cayera en sus redes.
Lo atrapó bien atrapado y después no pudo salir de la misma red que ella había tejido soportando día tras día a un tipo que la maltrataba a todos los niveles.
Petko no la maltrataba físicamente, pero como él mismo decía de sí, también era un cabrón.
Y Charo tendría la ocasión de comprobarlo esa noche.
La parte alta del Smolyan contaba con varias salas.
Una de ellas era un salón reservado para las reuniones que Petko tenía con sus subordinados.
Todo decorado con mal gusto: figuritas kitsch de falsa porcelana junto a cuadros cursis de motivos búlgaros variados junto a muebles de madera muy bien labrada que no pegaban con el entorno.
Petko y Charo entraron y se sentaron en el gran sillón principal.
Ella muy pegadita a Petko, que la tenía agarrada por la cintura.
De vez en cuando le magreaba el culo o le metía la mano debajo de la falda.
Petko no solía atender asuntos importantes delante de ella, por lo que se sorprendió cuando entraron en la sala dos de los matones más peligrosos.
Dijeron algo en búlgaro que no entendió. Petko asintió.
—Vesela ya está lista —dijo alguien al fondo. Charo ni conocía a la tal Vesela ni sabía a lo que se refería su novio, pero algo raro flotaba en el ambiente.
Los dos hombres hicieron una señal a alguien de fuera del salón que estaba esperando.
Entraron otros dos secuaces —grandes como camiones y esbozando una risa sarcástica— acompañados de una chica desnuda, Vesela.
Charo se estremeció y contuvo la respiración.
Aquella chica búlgara tendría unos diecinueve o veinte años y la palidez de su piel apenas disimulaba los moratones y magulladuras que presentaba.
Iba descalza y Charo se fijó en sus talones en carne viva por rozaduras.
Consternada por el estado de su cuerpo, tardó en fijarse en el rostro de aquella pobre muchacha.
En su nariz amoratada llevaba un aro circular, un septum que alguien había unido con una cadena al piercing del labio.
Con aquello la chica no podía hablar ni proferir nada salvo sonidos.
Lloraba en silencio intentando musitar algo en un idioma que Charo no entendía, pero cuyo sentido comprendió perfectamente: aquella chica suplicaba.
Petko se dirigió a ella en búlgaro mientras mantenía la mano bajo la falda de Charo, ajeno a la situación como si aquello fuera una escena rutinaria más de su día a día.
Charo comprendió que tal vez lo era. Cuando acabó, dio una instrucción escueta a sus hombres.
Cerraron la puerta para que nadie de fuera viese nada.
—Ahora vas a entender por qué te dije que soy un cabrón —le dijo en español, sin apartar la vista de la chica.
Charo no quiso ver más. Apartó la mirada y clavó los ojos en un punto cualquiera de aquellos horribles cuadros de la pared, intentando no escuchar, intentando no estar allí, mientras algo espantoso ocurría a su lado.
Notaba la respiración de Petko y cómo disfrutaba de aquello.
No hizo falta presenciarlo con los ojos: los sonidos que no pudo evitar oír durante los minutos siguientes bastaron para que su cuerpo se quedara paralizado de terror, ajena a cualquier atisbo de deseo, sintiendo únicamente asco, indignación y un miedo que no había sentido ni con Tolo en sus peores noches.
Cuando todo acabó y sacaron a la chica en volandas de la sala, Petko —satisfecho, casi risueño— tomó el rostro de Charo, volteándolo para que tuviera que mirarlo a los ojos.
—Ves, cariño, ¿soy o no soy un cabrón?
Charo no contestó de momento. No sabía qué decir ni qué hacer. Los ojos de Vesela continuaban grabados en su retina. Habría querido preguntar a dónde la llevaban, qué harían con ella o si le esperaban otros sufrimientos peores que aquel. Pero no se atrevió a tanto e hizo otra pregunta.
—¿Qué ha hecho? —preguntó bajito temiendo la respuesta de su novio búlgaro.
—Hablar más de la cuenta con quien no debía. Vamos al comedor, voy a pedir que nos hagan algo, hoy no tengo ganas de salir a ningún restaurante.
Charo no puso ningún impedimento. Asintió con la cabeza y se levantó todavía temblando.
—¿A qué esperas? Vamos a nuestra habitación, allí nos la subirán.
Charo se levantó y siguió a Petko de cerca, aguantándose las ganas de llorar.
No sólo sentía dolor y pena por aquella chica con la que se sentía identificada, sino que se maldijo a sí misma.
«Charo, eres estúpida. Otra vez vuelves a caer en el mismo error.
Sólo te atraen hijos de puta», se repetía mientras seguía dócilmente a Petko.
Sabía que aquello era más que una advertencia o una amenaza.
Era la forma que tenía Petko de decirle a Charo que ya era suya.
Y paradojas de la vida, en ese mismo instante, Charo dejó de querer ser nada de Petko.
Aunque todavía no había sido un cabrón con ella, sabía por experiencia que tarde o temprano le tocaría sufrir igual o peor que sufrió con Tolo.
Y si no aguantó lo de su marido y lo acabó matando, no iba a aguantar a Petko.
Sólo tendría que encontrar la forma adecuada.