Capítulo 5 #3
—Mira, aparte de las tarifas que cambiarán por ser esto algo un tanto especial, tengo mis condiciones. Si las aceptáis, tendremos nuestras citas.
—Soy toda oídos. Alonso aceptará lo que yo le diga.
—La primera es que Alonso y yo tendremos citas a solas, antes y después de que tú te incorpores al proceso. De hecho, tú no participarás en todos los encuentros, sino sólo en aquellos que te dejemos.
—Acepto. Alonso y yo tenemos el trato de contarnos todo así que no me importa.
—De estas citas conmigo a solas, Alonso no te contará nada. Será un secreto entre él y yo. ¿Puedes soportar eso, sí o no?
—No entiendo.
—Tengo que estar segura de que de verdad quieres ser cornuda.
Si tanto te interesan los motivos, te daré dos.
Por un lado, entrenaré con Alonso y podré tener complicidad con él.
Y por otro, el más importante, me ha funcionado siempre con los cornudos: podremos comprobar si realmente quieres ser cornuda o sólo fantasear como una pajillera adolescente.
No quiero que cuando tu marido esté sobre mí delante tuya comiences a gritar y me montes un numerito de celos.
Si quieres fantasía, lee un maldito libro, pero si quieres ser cornuda tendrás que aceptar ser cornuda de verdad.
Tendrás que aceptar que por la noche tu maridito sale de casa, se folla a otra y regresa alegre y satisfecho mientras tú no sabes lo que ha pasado. O es así o no hay trato.
La miré fijamente. No creáis que yo lo tenía del todo claro.
—Lo acepto completamente. —No tuve valor para decirle que ya había estado muy cerca de ella mientras mi marido se la beneficiaba y no había montado ningún numerito. Eso sí, el detalle de la «complicidad» entre ella y Alonso era algo que me preocupaba un poco. No soy de piedra.
Nila me devolvió la mirada.
—La segunda es que os hagáis los dos los análisis de enfermedades. Yo os diré cuáles, dónde y cómo. Sin ese análisis, yo no participo.
—¿Y tú?
—Yo también me lo haré, por supuesto.
—No me importa si usáis condón.
—Mira, Lore, eres novata en esto y te diré que por más condón que tengas, en este tipo de sesiones la cosa se puede descontrolar y es mejor estar seguro. Así que nos lo hacemos y podréis disfrutar sin estar la goma de por medio.
—Como tú digas, eres la experta. —No iba a decir que no a aquello; parecía seguro.
—Y la tercera, que tiene que ver con la primera, es que no mantendréis relaciones sexuales hasta que yo os dé permiso.
—A ver, bonita, estoy pensando que esto es mal negocio para mí. ¿Tú te lo tiras y yo tengo que aguantarme las ganas?
—Lo has descrito a la perfección.
—Pues no le acabo de ver la gracia.
—Funciona en el mundo cuckold y seguro que funcionará contigo, créeme.
—No me metí en esta movida para no follar; si hubiera querido eso habría seguido como estaba con Alonso.
—Lo que tú buscas no es follar, eso ya lo hacíais Alonso y tú, peor o mejor. Lo que buscas es una experiencia que no consigues sólo acostándote con tu querido maridito de modo normal y convencional, ¿no?
—Puede ser, puede ser.
Reconozcámosle a Nila que el argumento tenía sus fundamentos de hecho y de derecho.
—Pues esa experiencia no la conseguirás si no regulas tu libido. Por eso debes contenerte. ¿Por qué te crees que los cuckold practican tanto el control de la castidad? No es porque no quieran el placer sino porque cuando llega, es más intenso.
—Esa puede ser la teoría o puede servir sólo con los tíos. Alonso y yo hemos estado meses sin tocarnos o sólo un poquito y mal y la libido esa que dices no ha crecido. Más bien ha menguado.
—No es así como funciona la cosa, bonita. Tiene que haber tensión sexual para que pueda acumularse y cada vez estés más excitada. Lo que te ocurría con tu marido era simplemente aburrimiento. No había nada y nada podías acumular salvo frustración. ¿Me equivoco?
La cabrona era buena.
—Creo que no.
—Pues por eso mismo, si como dices quieres ser realmente una «cornudita» —el retintín con el que lo dijo me llegó al alma— te excitará saber que Alonso ha estado conmigo y cada vez necesitarás más liberar esa tensión y, cuando lo hagas, será más potente.
Si es mentira lo que me dices, te recomerán los celos y solamente le habrás regalado a tu marido unos buenos polvos con otra.
—No es mentira.
—Mejor para ti. Quiero saber otra cosa.
Las palabras de Nila me sentaban como disparos. Lo que no tenía claro es si eran de odio o placer. Seguramente eran las dos cosas, y eso era lo que me mantenía excitada.
—¿El qué?
—Durante nuestras sesiones, ¿puedo llamarte cornuda y cosas así?
Me quedé pensativa. No había caído en esa situación.
—No sé ni qué pensar. No me lo había planteado la verdad.
—Pero parte del placer del juego está en la humillación, ¿no?
—Sí, claro; si es para exaltar a Alonso la humillación me pone, pero no sé si me va a gustar.
—Bueno, esto es fácil. Haremos como se hace con los cuckold. Yo me lanzaré a llamarte cornuda, a humillarte y a todo lo que nos lleve la situación. En el momento en el que quieras detener el proceso o algo no te guste, lanzas una palabra de seguridad y ya recomponemos la situación.
—Paleozoico —no le dejé tiempo ni de acabar la frase.
—¿Qué?
—Esa es nuestra palabra clave.
—Pues perdona, pero es una mierda. No voy a acordarme de ella. Tú y tu marido sois un poco frikis. Mejor utilizaremos mi nombre como palabra de seguridad cuando estéis conmigo.
—¿Nila?
—No, Petronila.
Tuve que contenerme las ganas de reír. ¿Petronila? ¿Quién coño le pone hoy a su hija Petronila? Debe ir contra los derechos humanos o algo así.
—¿Petronila, en serio?
—Sí. ¿Paraliza o no paraliza cualquier cosa?
Entre risas nos acabamos el poco café que ya nos quedaba.
—o—
Teo entró en la oficina de su detective privado de cabecera.
Ser detective privado es algo muy diferente a lo que nos muestran novelas y películas.
La profesión de detective privado está regulada por ley y el setenta por ciento de los casos suele consistir en ser testigo de dónde va o viene una persona —generalmente algún infiel ya sea a su pareja ya sea a la empresa—, el veinte por ciento es trabajo de rata de archivo y el diez por ciento restante cosas raras que mejor no saber.
En este caso, el abogado penalista venía a pedirle algo normal.
—Necesito que me investigues a Yolanda Manzanares, aquí tienes la información.
—¿De qué se trata?
—Era la querida de Tolo, el marido de mi defendida.
—Sí, la Charo. Al parecer «neutralizó» al cabroncete de su marido.
—Exacto.
—Y la tipa esta, ¿dices que se tiraba a Tolo? ¿Quieres que lo confirme?
—Ya sé que se lo tiraba. Lo que quiero es saber por qué demonios aparece como propietaria de empresas. Ella y mi cliente, que dice no saber nada.
—Pero eso lo puedes hacer tú o alguno de tu despacho. Los abogados sois buenos ratones de archivo.
—Es que quiero que vayas más allá. Ese trabajo ya lo he realizado yo.
Aquí está toda la documentación. Hay cosas que se me escapan y quiero que investigues un poco y busques conexiones.
No sé, cosas que no aparecen en el Registro Mercantil ni se ponen sobre el papel. Tolo estaba metido con los Cotrina.
—Joder, eso son palabras mayores —sentenció el detective.
—Ya lo sé.
—Mira, si encuentro algo, te lo doy para que lo presentes al juzgado o la policía, pero a mí ni me nombres. Los Cotrina son cosa chunga. Ahora andan a la greña con los búlgaros.
Teo no conocía esa información.
—¿Los búlgaros?
—Sí, tienen el puticlub ese tan finolis que creo que conoces tan bien, jejeje —a Teo la broma no le hacía ni puñetera gracia—. Pero quieren expandirse en la ciudad y los Cotrina les estorban. Va a correr sangre, así que mejor no estar por medio.
—Vendré dentro de unas semanas —afirmó Teo sacando los últimos papeles de su portafolio.
—Mejor ya te llamo yo cuando tenga algo.
Teo salió de allí derecho al despacho. Una vez en él, llamó al Smolyan intentando concretar una cita con Nila. Por alguna razón Nila ya tenía toda la agenda ocupada para las siguientes semanas. Al parecer, unos nuevos clientes apartarían durante tiempo a Nila de Teo.
—o—
A Charo le gustaba ser la primera dama del Smolyan.
Como novia oficiosa de Petko era respetada cada vez que entraba en aquel edificio.
Nadie la cacheaba. Nadie le pedía explicaciones.
Se sentía como de la realeza. Las chicas agachaban la cabeza al verla y los secuaces de su novio búlgaro marcaban la diferencia entre ella y el resto de mujeres del entorno.
Charo y Petko solían llegar al local en un lujoso Mercedes clase S y una vez allí, por pasillos reservados, subían por el ascensor hasta la última planta en la que se encontraban las dependencias del jefe.
Petko estaba completamente enganchado a las mamadas desdentadas de Charo.
Ya se sentía el macho alfa de aquel tugurio, pero follarse una boca de aquella manera disparaba su sensación de poder.
A Charo le hubiera gustado un poco más de variedad en lo sexual, ya que casi no utilizaban otro orificio corporal que no fuera el que la naturaleza le había dado para comer.
Pero todo eran ventajas: ropa nueva y cara, joyas, estatus y, sobre todo, excitación por ser la consorte del macho alfa del lugar.