Capítulo 5 #2
Alonso volvió a hablar de cómo le puso el condón con la boca, la precisión con la que lo hizo y el gustazo que sintió.
Yo ya no pude aguantar más y me retorcía de placer.
Alonso al ver que estaba vibrando de gusto se agarró la polla y se la meneó él solo buscando correrse.
Gritó de gusto. Soltó un fuerte «joder, sííí» y se corrió en parte de mi pelo.
Tras recuperarme del orgasmo me reí al notar la corrida entre mis cabellos.
—Joder, mira, ¡qué guarrada! —dije mientras me miraba en el espejo.
—Déjatelo un rato. Dicen que va bien para el cabello. —Andaba bromista mi Alonso.
—Ni hablar, cari. Ahora vuelvo.
Salí para el cuarto de baño. Alonso me siguió para continuar la conversación.
—No me gusta que tengas que estar escondida.
—Bueno, si seguimos con esto, ocurrirá muchas veces. No a todo el mundo le gusta que le vean follar. Es raro.
Yo había metido la cabeza en la bañera e intentaba quitarme los restos de semen.
—Puedo intentar preguntarle a Nila si puedes participar.
—Joder, sí. A ver si acepta. Al fin y al cabo es puta. Cosas peores habrá hecho, digo yo —acabé de lavarme—. Listo. Ni rastro.
—Mañana la llamo.
Volvimos a seguir viendo vídeos en el portátil acurrucaditos en la cama.
—o—
Sandra, a pesar de ser socia de su propio despacho de abogados, seguía metida en negocios poco claros con su antigua inmobiliaria.
En ella aprendió el oficio y en ella consiguió el dinero necesario para conseguir que Alonso continuara a su lado entrando con Teo en el bufete.
De vez en cuando se pasaba por allí a llevar algunos papeles y para tantear la situación.
—Hola, Sandra. Hoy está Ciro.
Ciro Cotrina, al igual que Sandra sobre el papel, no tenía nada que ver con aquella inmobiliaria.
Oficialmente, su vida laboral era más corta que la de un boniato.
Pero en la vida real, Ciro era uno de los principales capos del clan Cotrina.
Siempre con zapatillas deportivas de marca de última moda y ceñido pantalón, no se dejaba intimidar por nadie.
En cuanto vio a Sandra, salió a saludarla.
—¡Sandrita! —los diminutivos eran lo que le hacían más repulsivo.
—Hola.
—Siempre tan alegre —ironizaba.
—Oye, Ciro, no es bueno que andes por aquí.
—Ya lo sé, ya lo sé. Pero he venido a advertiros de que la cosa se está poniendo muy mal con los búlgaros. Andaos con cuidado. ¿Qué son estos papeles? —Ciro no abandonaba su sonrisa chulesca ni cuando daba consejos.
—Son papeles del Darío y sus clínicas. Y gracias —remarcó con tono de bruja—, ya me cuido yo solita, gracias.
—Esto no es un juego. Las cosas están mal. Esos cabrones van a por nosotros y estamos pensando cómo contraatacar. Si hay traca, os tocará algo. Manteneos alerta.
—¿Alguna cosa más?
—Sí, ¿cómo está mi primito? —se refería a Emilio.
La historia de Emilio daba para un culebrón.
Había sido un bastardo de don Paco Cotrina, el hermano del actual jefe del clan.
Un lío que tuvo con una chica que al final acabó suicidándose y dejando a Emilio en manos de su tía paterna, que acabó maltratándolo.
Aunque sus apellidos eran otros, todos los Cotrina y los bajos fondos sabían que era del clan. La familia era la familia.
—Ahora está en su oficina. Ve a verlo si quieres.
—Lo mismo me acerco.
Ciro dejó a Sandra junto a la fotocopiadora y salió del local no sin antes mirar de un lado a otro e inspeccionar la calle.
Sandra se asustó. Maldecía el mismo día que conoció a los Cotrina tanto como el día en el que Lore se cruzó en su camino.
Tomó uno de los documentos que estaba cotejando, marcó con sus cuatro puntitos de referencia en forma de rombo lo que le parecía importante al tiempo que no dejaba de pensar en Alonso.
Cada vez andaba más colada por él. «Prefiero a los búlgaros a esa malnacida de Loreto».
Marcó los puntos con tanta fuerza que uno perforó el documento.
—o—
Me sentía estúpidamente nerviosa; como una colegiala que fuera a pasar su primer examen.
Sentada en la terraza de una cafetería, me había puesto elegante.
Sin pasarme, eso sí, pero elegí un bonito vestido estampado ajustable con cordones y cuello en uve.
Con las piernas cruzadas, me tomaba el café rascándome la pantorrilla y revisando mis zuecos de tacón para pasar el tiempo cuanto antes.
Estaba esperando a Nila. Sí, la misma que había mostrado a mi marido lo bien que se puede llegar a follar.
Esa misma que se la chupa como succionadora subvencionada para ello.
Alonso la había llamado y le había preguntado si yo podía participar en las sesiones de folleteo.
Para nuestra sorpresa, Nila había puesto como condición, antes de aceptar, tener una charla conmigo.
Mi marido concertó el encuentro y aquí andaba esperando.
Absorta en revisarme las piernas, escuché que alguien se me acercaba por la espalda y me preguntó:
—¿Lore?
Me volví. Aunque sólo la había visto desde debajo de la cama la reconocí perfectamente.
Sonará cateto y un pelín retrógrado, pero me decepcionó que no pareciera una prostituta.
Iba vestida de «civil». Pantalón vaquero, zapatillas y camiseta cómoda.
Su pelo rubio, recogido con una coleta. No llevaba maquillaje y mostraba unas sonrojadas mejillas llenas de pecas al estilo Pippi Långstrump, aunque no dejaba de estar seria en cada gesto.
A ratos me parecía una niña por sus expresiones, pero su complexión era mucho mayor que la mía.
Ante ella me sentía una enana y eso que la diferencia de altura no era mucha.
Su actitud altiva parecía empequeñecerme y no paraba de buscarle defectos.
¿Las orejas? Bonitas, bien pegadas y con un único agujero para el pendiente.
Nada de piercings raros. Nariz pequeña y ojos de un azul alucinante.
A fuerza de escanearla, le encontré una pequeña verruguita a la derecha de su labio.
Hasta para los defectos tenía suerte la cabrona porque aquello podía dar mucho juego sabiéndolo resaltar con maquillaje.
—Sí —le contesté después de repasarla de arriba a abajo—. Yo ya he pedido un café con leche.
Nila hizo un gesto de quitarle importancia, levantó el brazo para que el camarero nos atendiera.
—Un café solo con estevia.
Por fin estábamos las dos juntas cara a cara.
La esposa cornuda y la puta corneadora tomándose un café como si fueran amigas de toda la vida.
La situación me superaba un poco, lo reconozco.
Más que incomodidad era una de esas situaciones sociales en la que no tienes referencia de cómo tienes que comportarte.
—Alonso me comentó que querías que tuviéramos una cita los tres —directa y sin preliminares, Nila entró a saco—.
No suelo aceptar tríos; de hecho, no acepto tríos cuando hay dos tíos.
He tenido malas experiencias. Pero cuando es con otra mujer, la cosa es diferente.
Generalmente suele ser con compañeras del Smolyan, pero esto me resultó extraño.
—Ya —yo movía la cabeza como una imbécil en señal de aprobación. La Lore resuelta y asertiva estaba en otro lugar, pero no en aquella cafetería.
—¿De verdad que te gusta ver a tu marido con otra? —esa fue directa al bazo.
Asentí con la cabeza.
—De hecho, yo he sido la que ha metido a Alonso en esto.
—Vaya.
—Bueno, no sé; no es tan raro, estamos ya en el siglo XXI. Ahora me siento como si le estuviera comentando mi vida a la madre superiora de un convento.
Nila sonrió.
—Mira, quiero saber que no hay nada raro —dulcificó su tono—, sobre todo que no se están aprovechando de ti.
Eso de la esposa que le gusta ver a su maridito con otras me suena a fantasía de pajilleros.
¿Seguro que tu marido no te ha comido el tarro para justificar que él pueda follar con otras sin remordimiento?
—Te aseguro que no ha nacido hombre que me fuerce a hacer lo que no quiera hacer en la vida. ¿Acaso no hay hombres que les pase lo mismo? Seguro que has tenido clientes que les gustaba que le pusieran los cuernos, no sé, internet está lleno de cosas de esas. Lee a David Lovia, por ejemplo…
—Pero lo de los tíos no cuenta, los tíos son unos salidos. Créeme, los conozco bien. Nosotras somos distintas, por eso me ha extrañado la propuesta. ¿No serás de esas lesbianas frustradas?
—No soy ninguna lesbiana frustrada.
—No sería la primera vez que una esposa lesbiana le propusiera un trío a su maridito porque ella siente vergüenza de estar a solas con una mujer.
—¿Y a mí qué? No soy ninguna lesbiana frustrada ni una tonta engañada por su marido —me encendí y salió por fin la Lore de siempre—.
Te juro que es lo que quiero, joder, es lo que me gusta.
Cuando Alonso me contó cómo te había follado, se me encharcó el potorro, joder, Alonso y yo follamos luego como nunca.
Tuve que cambiar un poquito los hechos para ocultar nuestro ardid. Por cierto, en la mesa de al lado unas abueletas parecía que habían escuchado algo. Las cabronas no se sobresaltaron. Debían estar ya de vuelta de todo.
—¡Por fin! Por fin te sinceras, parecía que tuvieras un palo metido en el culo —Nila ya no se cortó.
—Pues sí, tía. Piensa lo que quieras. Que estoy enferma, que Alonso es un salido, me da igual.
Que necesito haloperidol, yo que sé. Quiero hacerlo y si no es contigo será con otra porque quiero poder verlo.
Quiero ver cómo otra se folla a mi marido.
¿Lo he dicho lo suficientemente claro o te lo dibujo?
—agarré un papel. Estaba dispuesta a dibujar allí una gigantesca polla pegada a un monigote, pero no encontré mi maldito boli.
—Tranquila, que te creo. Y, además, no creo que sólo quieras verlo.
—¿Cómo?
—Supongo que te gustará algo más que simplemente observar, ¿no?
Me gustaba por dónde iba la conversación. «Eres buena, Nila, eres buena», pensé.
—Sí, claro.