La Cornuda Fiel Capítulo 5
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Capítulo 5

Capítulo

«Las cosas claras y el semen, espeso»

La experiencia con Nila supuso un antes y un después en nuestro matrimonio.

Si iba a ser para bien, o para mal, tendría que decidirlo el destino, pero ya no había vuelta atrás.

Pedí a Alonso que me hiciera cornuda y Alonso cumplió como un machote.

Yo lo viví debajo de aquella cama de hotel y lo disfruté de vuelta en el coche.

Como suele ocurrir con estas cosas, mi marido y yo no lo hablamos inmediatamente.

Dejamos pasar unos días para que nuestras vivencias se asentaran y poder conversar con cierta distancia.

El miércoles, tras ver en la cama nuestra serie favorita en el portátil, saqué el tema directamente.

—Cari, ¿qué te pareció lo de la otra noche? —Los dos sabíamos a qué noche me refería.

—Fue algo extraño y raro para mí…

—Sí, lo sé, pero no quieras dártelas de sensible porque sé que disfrutaste.

—Claro, pero… —Alonso, con la corrección que le suele caracterizar, intentaba no herir mis sentimientos.

—No te avergüences, cari. Ese era el objetivo, que disfrutaras.

—¿Y tú, disfrutaste? —me preguntó.

—Joder, ¡claro que disfruté! Me toqué dos veces y luego de vuelta estaba tan caliente, joder, que necesitaba tu rabo entre las piernas.

Así era yo. Las cosas claras y el semen, espeso.

—Cuando miré debajo de la cama estabas allí medio despatarrada —se rio—. Me gustó ver que por lo menos te lo habías pasado bien.

—No nos desviemos. Quiero saber qué te hizo.

—Sabes muy bien lo que me hizo.

—Ya, pero quiero que me lo digas tú. A ver, que voy a ayudarte. Primero os besasteis, ¿no?

A Alonso le daba vergüenza admitir que había besado a Nila. Se sonrojó y no dijo nada.

—Luego se agachó y comenzó a hacerme una felación —masculló mi marido.

—Mamada.

—¿Qué?

—Que se dice mamada. Felación parece nombre de señora mayor: «Doña Felación Martínez, de ocupación sus labores».

—No te lo tomes a broma —Alonso quería mantener la compostura y no reírse.

—Y tú no te lo tomes en serio, cari —le increpé—. Debes tomártelo como algo divertido, porque si lo analizamos mucho, acabaremos con la perinola ida del todo. ¿Crees que yo no me como la cabeza?

—Sé que te la comes. Debajo de ese vocabulario de leñador siberiano sé que te comes la mollera. Por ejemplo, ¿por qué te gusta que me acueste con otras? No llego a explicármelo porque desde que recuerdo has sido especialmente celosa.

—Bueno, la verdad, cari, realmente no he sido celosa.

—¿Cómo es eso?

—Que no eran celos, eran remordimientos porque quería que te acostaras con otras y a la vez no quería reconocerlo.

—¿Y eso cambió cuando me viste el porno?

—En parte sí, pero es más que eso, cari. Cada vez los sentimientos son más intensos, creía que irían desapareciendo con los años, pero no desaparecen.

—¿Y por qué crees que los tienes?

—No sé, supongo que será por mi padre.

—El psicoanálisis es un engañabobos, Lore. Está totalmente desacreditado, lo que te pasa no tiene nada que ver con tu padre.

—Yo creo que sí, mi padre siempre me tomó por la tonta de la familia.

—No es así.

—Sí que lo es. La lista siempre era mi hermana.

—A mí no me daba esa sensación.

—¡Joder, Alonso! ¡Claro que no te la daba! Para él tú habías sido lo mejor que yo había hecho en la vida. ¡Por fin la loca de la Loreto ha hecho algo bien en su vida y se ha casado con un chico decente!

Alonso frunció el ceño.

—A tu padre no le caí nada bien —soltó.

—Al principio le caías mal porque pensaba que eras un tarambana como yo. Hasta que vio que eras un gran abogado. Entonces se sentía orgulloso de su yerno, el «famoso abogado especialista en derecho tributario». ¡Pero si hasta te presentó a ese tolay amigo suyo del Tribunal de Cuentas!

—¿Y eso qué tiene que ver con tus deseos sexuales?

—Pues que siempre quise agradar a mi padre y sólo lo conseguí a través de ti. Tus logros son lo único que he podido presentarle a él y a mi madre.

—Sabes que no es así.

—Me da igual saber que no es así porque yo lo siento así y es lo que me come el coco. Tus triunfos son los míos y tu triunfo sexual es el mío también. Ahí está la conexión.

—Lo veo cogido por los pelos.

—Sí, por los del coño. Piensa lo que quieras, pero tuve otros novios y con ellos no fantaseaba con que me pusieran los cuernos. Como sólo les pajeaba alguno me puso hasta los cuernos.

—Sí, el tal Luismi.

Este era un gesto que me gustaba de mi Alonso, que estaba atento a nuestras conversaciones y que recordaba las cosas importantes que alguna vez le había dicho.

—Ese. El muy cabrón se tiró a aquella pelirroja de bote.

—¿Y?

—Pues, cari, que con él me enfadé como una loca.

Esos cuernos no me excitaron nada —al menos eso creía entonces—.

Me jodió mucho que se follara en la verbena a esa tiparraca.

Pero contigo no es así. Tú has sido el único con el que he sentido que sería una delicia que me pusieras los cuernos. ¿Por qué coño es así?

—Lo de tu padre ahora tiene algo de sentido.

—Lo tiene completamente, cari. Te necesito triunfador para ser triunfadora, te necesito poderoso en el trabajo y te necesito poderoso en tu vida sexual.

—Voy con la pregunta que te va a doler, Lore. —Tomó un poco de aire y me soltó la pregunta clave—. ¿Y por qué si sólo follo contigo soy un perdedor? ¿Es que sólo puedo ser un rompedor sexual, como dices, cuando me follo a otras?

—No me duele porque sé la respuesta.

—¿Y cuál es?

—Porque en realidad la que quiere ser poderosa soy yo.

—¿Y cómo va a ser eso si me voy follando a otras?

—Qué cándido eres, cari.

—¿Por qué lo dices?

—Mi poder consiste en que después de follarte a todas las zorras que quieras siempre vendrás a mi lado porque soy tu mujer.

Eso es lo que me excita. Saber que quien se las tira es mi hombre, aquel con quien hablo por las noches y aquel que tolera que lo ponga a régimen, lo vista como a un muñeco y le afeite las pelotas.

Aquel que aguanta mi música. Aquel que soporta mis neuras y mis berrinches.

Eres mi prolongación, ya sabes, cuando las posees a ellas siento que también las poseo yo de alguna forma.

Y al humillarme, veo cómo aumenta tu poder y con ello el mío y me excito, en fin, una movida.

—Creo que ya te comprendo. Es parecido al fútbol —dijo Alonso y no iba descaminado a pesar de que los hombres a veces parezcan monotemáticos con ese deporte—. ¿Acaso cuando gana mi equipo no disfruto como si fuera yo el que hubiera ganado?

No dije nada y lo besé tiernamente. Así estuvimos unos minutos. Cuando sentía que Alonso y yo conectábamos emocionalmente era como un orgasmo para mí. Y me encendía.

—Voy a comerte la polla.

—Últimamente se te va la olla de una manera… No hace falta, sigamos hablando.

—Sigue hablando tú, que yo voy a intentarlo.

Despejé la sábana y le bajé los pantalones del pijama. Metí la mano y la saqué del calzoncillo que aprisionaba aquel trozaco de carne. Comencé a pajearlo hasta que pasó de señorita morcillona a señora verga. Doblé la espalda y allá que chupé el capullo.

Con el tiempo he ido mejorando mi técnica de chupar pollas, pero entonces —hay que ser honrada— era un desastre comiendo rabos.

Lo que realmente hacía no era una mamada, sino una especie de paja con el capullo metido en la boca.

Sólo me metía el glande entre los labios y no pasaba mucha más carne para dentro.

Y en vez de mover la cabeza —las buenas mamadas se hacen con la cabeza más que con la boca—, lo que hacía era mover la mano pajeando y pajeando esperando que saliera la sorpresa con la puntita al filo de mi boca.

Yo paraba de vez en cuando para seguir hablando.

—Esa zorra te la chupa mejor que yo, ¿eh?

Alonso no hablaba. Notaba cómo la presión de la sangre en su pene bajaba, señal inequívoca de que se cortaba al hablar de estas cosas.

—Dilo o te pego un bocado —bromeé haciendo como si fuera a morderle de verdad el capullo.

—¡Joder, Loreto! —Dio un respingo asustado. Cuando me llama por mi nombre completo es mala señal.

—Tranqui, cari, que es broma. —No pude dejar de reírme.

—Sigue chupando que estás más guapa así —Alonso tenía que devolverme la bromita.

—¡Por fin! Así me gustas, coño, con decisión.

Y continué con mi pseudomamada.

—Nila la chupa mejor, oh joder, sí que la chupa mejor. Ni comparación contigo ni con aquella fulana del polígono. Joder, ha sido la mejor mamada que me han hecho en la vida y me la ha hecho ella no tú, cari, ella.

Así sí. Este era el camino. Ya estaba en brasas, pero ahora aquello me encendió completamente.

Con la mano que me quedaba libre me bajé los pantalones piratas del pijama y busqué los pliegues de las sábanas para restregar mi coño con ellos.

Alonso hizo el intento de masturbarme, pero la mano no le llegaba. Tuve que calmarlo.

—No te preocupes, no me hace falta tu mano, cari. Sigue hablándome así.

Y allá que comencé a restregar mi clítoris por la manta moviendo mis caderas.

Cuando encuentras el pliegue adecuado el rozamiento puede ser muy rico y ahí que lo encontré.

Así que, por un lado, estaba con mi paja-mamada de tercera división y por otro, rozándome como una posesa con las sábanas. Alonso continuó dándome lo que quería.

—Y no sólo la chupa bien, esa puta se subió encima de mí y comenzó a cabalgarme como nadie lo ha hecho. ¡Cómo se movía! Y qué cuerpo, por Dios, qué cuerpazo tenía, qué tetas. Llegué a besarlas, a lamerlas, más firmes que las tuyas, cari, oh…

Por supuesto, mientras me hablaba yo me restregaba más y más contra la sábana desviando mi atención de aquella mamadita —si es que puede decirse así— que le estaba haciendo. Ya era una mala mamada poniéndole atención, imaginaos cuando me concentré únicamente en frotarme sin parar con la sábana.