La Cornuda Fiel Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Dejé pasar unos minutos para que no hubiera sorpresas.

Alonso me estaría esperando abajo en el coche.

Salí de la cama y me recompuse los leggins y la camiseta como buenamente pude.

Casi me dejé un zueco debajo de la cama.

Ya estaba lista para irme, pero algo me lo impedía: la cama deshecha.

Me recosté sobre ella. Me coloqué boca abajo buscando los olores.

Olí a mi Alonso, el macho que hacía unos minutos montaba a esa fulana.

Respiré profundamente oliendo la almohada y cada mancha que vi.

Volví a estar cachonda y excitadísima. Aquel escenario todavía me encendía más.

Si Alonso no me hubiera estado esperando, no habría dudado en restregar mi coño húmedo sobre aquellas sábanas.

Intenté controlarme diciéndome a mí misma que tuviera calma. Por fin me serené y me incorporé.

Otra idea me invadió de inmediato la mente.

Me dirigí al baño sabiendo exactamente lo que buscaba.

Allí, en la papelera, había dos condones usados y anudados.

Cogí uno y no pude evitar olerlo. Esto lo negaré ante cualquiera, pero no pude resistirme a las ganas de tocarlo con la punta de la lengua.

Quería sentir el sabor de aquella zorra y de mi marido mezclado con el inconfundible sabor del látex.

Aquello era una guarrada, pero me ponía a cien.

Apenas lo rocé un poquito con la punta de la lengua y apenas sentí ningún sabor.

Intenté desanudarlo. Lo conseguí y dejé entonces que el esperma de Alonso me cayera en la mano.

He tenido muchas veces el semen de mi marido entre mis dedos, aunque nunca de aquella manera: frío, pegajoso y extraído por otra que no era yo.

Seguía excitadísima y con ganas de un tercer orgasmo.

¿Cómo era aquello posible? Mi récord personal lo tenía establecido en dos veces en una Nochevieja con Alonso.

Corté estos pensamientos. Me limpié la mano con papel higiénico y salí de allí antes de que el placer me paralizara.

Caminé por el hotel como si estuviera en un sueño.

La excitación no me dejaba pensar mucho y ya no sabía dónde coño estaba el ascensor, así que bajé por la escalera esperando que el ejercicio aminorara mi calentura.

Entregué la tarjeta de la habitación sin mirar al recepcionista a la cara y salí casi corriendo.

Noté el frescor de la noche mientras buscaba con la mirada el Audi de Alonso.

Me hizo señal con las luces y me dirigí corriendo para meterme en el auto como si hubiera acabado de atracar un banco.

Alonso ya lo tenía arrancado, por lo que salimos en dirección a nuestra casa. Tardaríamos unos quince minutos en llegar. Mi marido y yo no nos dirigimos la palabra. Él concentrado en conducir y yo mareada de sentimientos de placer.

—Necesito que me folles ya. Cari, para el coche ya, no puedo más. ¡Páralo!

Alonso giró para aparcar debajo de unos árboles al lado de una tapia de la carretera que conducía a nuestra casa.

Nos besamos apasionadamente. Le quité el cinturón y bajé los pantalones. Necesitaba que me la metiera ya. No aguantaba ni un segundo más. Alonso intentó bajarme los malditos leggins, pero los tenía pegados por el sudor.

—Joder, putos leggins. Arráncamelos, joder, no aguanto más, fóllame, ¡fóllame, coño!

Alonso, en un gesto que me calentó todavía más, los rompió.

Casi me los arrancó completamente. Quedaron jirones por aquí y por allá entre mis piernas.

Intenté quitarme las bragas, pero estaba nerviosa, se me enredaban con los trozos rotos, así que cuando las tuve en las rodillas abrí las piernas y las rompí con toda la fuerza y calentura que acumulaba.

Mi marido ya se había sacado la polla. Reclinó mi asiento y lo echó para atrás todo lo más que pudo.

Se colocó encima y me penetró. Joder, sentí un escalofrío.

Esa polla hacía unos minutos había estado metida en el coño de otra.

Su culo se movía marcando unas embestidas frenéticas.

Mis piernas lo rodeaban y mis pies, estirados, tocaban el cristal delantero del coche.

Noté el olor de Nila; el mismo olor que había olfateado en el hotel, el olor a hembra follada. Me calenté todavía más.

—Así, así, cari, así, no te pares, no te pares. Dime cómo te la chupaba esa guarra, dime.

—Ah, oh —Alonso no podía más que emitir sonidos.

Mis piernas lo abrazaban con fuerza y yo saboreaba con mi entrepierna cada una de sus embestidas.

Mi marido había acomodado ahora mejor las rodillas en el asiento y pudo metérmela en el ángulo que me gustaba.

Ahora su enorme miembro me estaba penetrando y rozando el clítoris a la vez.

Tenía que mantener las caderas un poco levantadas, pero el placer lo merecía. Por fin, comenzó a hablar.

—La chupa mejor que tú, Lore, la chupa, la chupa, joder, la chupaaa mejor que tú.

Sus palabras eran poesía para mi coño. Lo tenía ya completamente licuado y no podía evitar correrme de nuevo.

Esta vez no me callé, no silencié mi placer.

Grité como una loca de gusto mientras la electricidad hacía de mí una piltrafa porque ya no sentía mi cuerpo.

Mis músculos no me respondían ante las sacudidas placenteras de mi entrepierna.

Alonso siguió follándome un poquito más, hasta que paró.

—No puedo, Lore, no puedo más.

Se había corrido esa noche dos veces. No iba a exigirle una tercera. Los hombres no son supersementales.

—No te preocupes, campeón, lo has hecho muy bien —y le di el beso más amoroso que recuerdo.

Me excitaba mucho que aquella prostituta hubiera ordeñado los huevos de mi marido de tal forma que ya no pudiera correrse conmigo. Desde luego, ya era una cornuda y me gustaba la sensación. Os parecerá extraño, pero sentía a la vez humillación y poder. ¿Era aquello normal?

Allí nos quedamos un rato hasta que nos repusimos.

—Tápate con mi chaqueta, Lore. No es plan que te vean así —Alonso me dio la chaqueta del traje que le había comprado para la ocasión.

—Es de noche, no te preocupes. Además, la casa está cerca. No quiero manchar el traje.

—El traje se lava.

Y cubrió con la chaqueta mis piernas desnudas mientras arrancaba y ponía el coche en marcha.

Por fin habíamos llegado a casa y esta vez sí que todo nos había salido bien. Muy bien.