Capítulo 4 #2
Al principio vi cómo sus pies se juntaban estando de pie.
Ella se ponía de puntillas. Se estaban besando, seguramente en plan guarro.
Tras unos minutos de escuchar los leves sonidos del morreo, ella se acomodó junto a Alonso en la cama.
Ahora mi marido estaba sentado. Le vi los pies y entre ellos las perfectas y sensuales rodillas de Nila se incrustaban protegidas por la moqueta.
Una no tiene por qué dejarse las rodillas en el suelo por comerse una polla.
Escuché el sonido inconfundible de una bragueta al que siguió el sonido del sobre del condón.
Al parecer se lo estaba poniendo con la boca.
Desde el ángulo en el que me encontraba pude vislumbrar por momentos cómo se movía Nila comiéndole la verga a Alonso.
Escuché sonidos guturales. Era la polla de mi marido metida en la boca de esa fulana que la recorría de arriba abajo de modo eficiente.
Escuché también, clara y distintamente, la respiración de Alonso.
Estaba gozando con la comida de rabo. Conozco bien sus reacciones y aquel trabajo con la boca le estaba gustando. Le estaba gustando mucho.
En este punto ya no me hacían falta más preliminares.
Los ruidos de mi marido se me clavaban en el cerebro y activaban todos los resortes de mi cuerpo.
Mis pezones se endurecieron y mi coño comenzó a derretirse.
Estaba caliente, ya lo creo. Muy caliente.
Sonreí al comprobar que aquello me gustaba, que era lo que realmente me gusta.
Metí mi mano bajo los leggins y mis bragas buscando el clítoris.
Puse dos dedos sobre el capuchón y lo fui moviendo lentamente.
Quise disfrutar del momento. Mientras me estimulaba el coño me metí un dedo en la boca al tiempo que vi los movimientos de rodillas de Nila mientras engullía el rabo de mi esposo. Lo estaba disfrutando.
Se interrumpió la felación. Nila se levantó y perdí de vista los pies de mi marido, que ya debía de estar tendido en la cama. Lo estaba desnudando.
—Me gusta tu traje, es bonito.
«Gracias, zorra, se lo he comprado yo para ti», pensé. Cinco horas en comprarlo y cinco minutos para desnudarlo.
Nila se subió a la cama. Alonso no se había movido, por lo que era ella la que estaba encima de él.
El colchón comenzó a moverse. Escuché los sonidos inequívocos que indicaban que ya estaban follando.
Esa puta estaba ahora sobre mi marido cabalgándolo a ritmo constante.
Follándoselo con esmero. Seguí frotándome, cada vez más fuerte.
Me levanté la camisa de lycra y, sin desabrocharme el sostén, liberé una de mis tetas para estimular mi pezón.
Joder, qué bueno. Como en el grupo de música, intenté no desafinar acompasando mi ritmo al de ellos.
Cada vez la cadencia era mayor y los sonidos guturales de Alonso más raros y desconocidos para mí.
Estaba gozando, ya lo creo que le estaba gustando.
«Oh, oh, sí, sí» era todo lo que lograba proferir.
Escuché cómo le propinó unas cachetadas en el culo a Nila, que debía continuar cabalgándole la polla.
Cambió para adoptar el rol de puta melodramática y comenzó a inflar el ego de mi marido: que si la tenía muy grande, que si la tenía muy grande, que si la tenía muy grande…
Si alguna vez os dice eso una puta, chicos, no os fiéis porque se lo dicen a todos.
Pero esta vez a Nila no le faltaba razón.
Alonso se calzaba una buena tranca y ahora ella lo disfrutaba.
Me sentía ya una cornuda plena, una cornuda realizada.
Froté sin parar mi coño al tiempo que me pellizcaba la tetilla aumentando mi ritmo al compás que ellos iban marcando.
Cada vez más rápido y cada vez sonidos más intensos hasta que el grito inconfundible de Alonso indicó que se había corrido.
Su grito de placer me atravesó y en ese momento no podía dejar tampoco de convulsionar de gusto debajo de aquella cama.
El orgasmo me recorrió toda, completamente.
Me he corrido muchas veces, no he sido una frígida.
Pero ese tipo de placer en el que cuerpo y mente se funden, en el que al orgasmo del cuerpo le acompaña el orgasmo del alma es inigualable.
Supe que ya no había vuelta atrás porque quería seguir probando más de este néctar.
Me mordí uno de los dedos para evitar gritar.
Los movimientos cesaron. Escuché risas. Al poco los pies descalzos de Nila se posaron sobre el suelo e iniciaron su camino hacia el baño. Allí tiró algo a la papelera. Se lavó las manos y volvió a la cama.
—Se te ve un poco tenso —le dijo.
Alonso farfulló algo.
—Bueno, esto es nuevo para mí. —Era lo único que alcancé a entender.
—Ya, bueno. No creo que sea muy difícil.
Debajo de la cama analizaba cada palabra. ¿Qué sería lo «nuevo» para Alonso? ¿Acostarse con una prostituta o follar de aquella manera? Si era lo primero, la cosa no era exactamente así, aunque habría que reconocer que ni yo hubiera admitido ese primer polvo en un juicio como folleteo decente.
Risitas y risitas. ¿De qué coño se reían? Como Alonso se había corrido, supuse que la partida se había terminado y estaban charlando, pero apenas llegaba a alcanzar qué se decían.
Al poco rato, y tras frases en voz baja que tampoco logré descifrar, noté que la cama comenzaba a moverse levemente.
Algo estaban haciendo, pero no sabía el qué.
Al poco escuché un frotar característico que conocía perfectamente: Nila le estaba masturbando.
Ah, amiga, en esto yo te gano. La respiración de Alonso era normal.
Desde que estamos casados nunca se ha corrido más de una vez en cada polvo.
En cuanto soltaba la crema, se quedaba mustio y relajadito incapaz de retomar la jodienda.
Pero Nila, toda una profesional, había conseguido que su polla estuviera de nuevo en funcionamiento porque escuché otra vez el sonido del sobre del condón al rasgarse.
Se lo estaba volviendo a poner, al parecer de nuevo con la boca porque los sonidos de Alonso habían vuelto a cambiar.
Noté por su respiración cómo crecía su excitación.
Seguro que su pollón ya estaba tieso y se desplazaba firme dentro de la boca de Nila.
—Ahora voy a follarte yo —sentenció Alonso.
Sentí movimientos en la cama que indicaban que Alonso había cambiado de posición.
Ahora era él quien estaba arriba. Nila ronroneó como una gatita cuando mi marido le metió la tranca.
En un momento la cama comenzó a moverse con el mete-saca.
Una segunda follada había comenzado y lo hacía ya con una secuencia rítmica trepidante en la que mi esposo había tomado la iniciativa y la metía sin descanso.
—¡Toma! ¡Toma! —le gritaba. Debía de sentir vergüenza de llamarla puta. Pero se la estaba follando como tal.
—Sí, fóllame, fóllame, más fuerte, más fuerte, así, así… —Nila no se quedaba atrás.
La cama cada vez se movía con más fuerza.
Aunque habíamos comprobado su elasticidad, yo creía que en alguna embestida me aplastarían contra el suelo.
Los sonidos resonaban cada vez más altos y cargados de placer.
Yo, con la sorpresa de comprobar cómo Alonso volvía a una segunda tanda de folleteo, me había quedado un poco en shock.
Ahora retomaba el control sobre mi cuerpo.
Mi coño seguía calentito y húmedo. Volví a la carga con mis dedos: a frotar se ha dicho.
Quería poder correrme cuando Alonso descargara sus huevos.
Me froté con frenesí mientras volvía a acariciar mi pezón erecto.
Me concentré en los sonidos: los gritos de apareamiento se mezclaban con el chirrido de la cama y marcaban el ritmo de mi masturbación.
Nila seguía gritando que la follasen. «Eso, cariño —pensaba—, fóllatela bien folladita».
Alonso aceleraba el ritmo de la penetración cada vez más rápido hasta que otro grito gutural inundó la habitación.
Descargó su corrida mientras yo me frotaba y me metía uno de mis finos dedos en la vagina al tiempo que otros dos seguían con su trabajo con el clítoris.
Aceleré mientras todavía Alonso seguía gritando de placer y orgasmé de nuevo tan intensamente como la vez anterior.
Me partí en dos de gusto. Quería flexionar mis piernas, gritar a los cuatro vientos de placer, pero tenía que morderme el puño para no delatar mi presencia. Casi no podía respirar.
Allá abajo estaba medio mareada. Por un momento había perdido la noción del tiempo y del espacio.
Oí el ruido de la ducha. Nila ya se estaba bañando.
Casi pegué un grito al ver la cabeza de Alonso asomándose debajo de la cama.
Me miró y yo le sonreí lanzándole un beso con la mano indicando que todo estaba bien.
Continuamos mirándonos fijamente; él con la cabeza bocabajo y yo allí tendida todavía con la mano en la entrepierna y retorcida por los restos de placer que todavía recorrían mis músculos.
Cuando cesó el ruido del agua, Alonso se incorporó de la cama y fue a bañarse.
Nila ya había acabado y se estaba secando con una toalla.
Podía ver sus hermosos pies paseando desnudos sobre la moqueta.
Ahora sí distinguía que en cada empeine llevaba una linda serpiente tatuada.
Comenzó a vestirse y por los sonidos, deduje que también andaba mirando el móvil.
Alonso salió rápido de la ducha. Quería salir lo antes posible para que yo también pudiera hacerlo.
No habíamos pagado los servicios de Nila para toda la noche, sino para un servicio de hora y media que ya se estaba alargando un poquito con la ducha.
Cuando ambos estuvieron vestidos, salieron de la habitación del hotel.