La Cornuda Fiel Capítulo 4
16%

Capítulo 4

Capítulo

«Escucho los sonidos inequívocos que me indican que ya están follando»

Organizar la logística adecuada para conseguir unos cuernos de calidad.

Esa era la meta que nos habíamos propuesto.

La experiencia con la fulana poligonera no había resultado tal y como la planeamos; de hecho, casi me causó un drama existencial: ¿podían considerarse cuernos?

Se la chupó a mi marido, pero poco y mal.

Se llegó a meter la polla de mi esposo, así que por ahí sería cuernos.

Pero se la metió flácida, por lo que aquello más que meter fue un frotar de baja intensidad.

No podía considerarse que fuera todavía una cornuda completa y eso afectaba a mi libido impidiéndome fantasear correctamente.

De hecho, aunque debo reconocer que algo me excité, los días siguientes apenas intenté masturbarme pensando en aquella experiencia.

La cosa cambió cuando mi cari consiguió por fin el teléfono de una escort profesional gracias a la ayuda de Teo.

—Deja que vea la tarjeta —le dije a mi hombre mientras calentitos en la cama pensábamos en la logística fornicadora. Yo jugueteaba con la tarjetita putiferina entre mis manos—. Hay algo que me ronda la cabeza, cari.

—¿Qué?

—Mira, cari, seguramente tú te lo pases muy bien, pero…

—Sí, Lore, cojonudamente bien, como me lo pasé con la poligonera esa.

—A ver, si sale bien, lo disfrutarás, ¿no?

—Si sale bien, supongo que sí, pero ¿no es eso lo que quieres? Háblame claro porque lo de tirarme a otra ya es bastante confuso como para que andemos con segundas intenciones.

—Pues que a mí también me gustaría disfrutar.

—¿Te refieres a follar con nosotros?

—No, no, eso no, al menos no todavía, me refiero a verlo o escucharlo.

—¿Y lo del teléfono?

—Lo del teléfono, reconozcámoslo, es una puta mierda. Se escuchaba de pena. Y por culpa de tus escrúpulos de abogado remendón no quieres grabarlo en condiciones.

—Ya hemos hablado de esto, Lore, ya lo hemos hablado…

—Que sí, que sí. Pero ¿y si estuviera allí con vosotros oculta de alguna manera?

—¿Cómo en el armario o detrás de las cortinas? —Alonso ya veía por dónde iban los tiros.

—Algo así.

—En los armarios no se ve un pimiento si no se prepara específicamente y lo de las cortinas sólo sale bien en las películas.

Se me iluminó el rostro.

—Ya sé, ya sé, ya sé —estaba loca de contenta—. ¡Debajo de la cama! ¡Es perfecto!

—Mujer, tanto como perfecto perfecto no es, ¿no querías ver?

—Debajo de la cama algo se ve, pero os tendré encima ahí dándole que te pego y os escucharé y lo sentiré perfectamente.

La idea me puso tan caliente que metí la mano debajo del pijama de franela de Alonso para acariciar su polla. «Joder, qué buena idea. Joder, qué buena polla».

—Sólo hay un problemilla, pero tiene fácil solución —dijo Alonso mientras yo zarandeaba su miembro.

—Vaya, vaya, parece ser que a mi maridito le excita pensar en ello, ¿no? Se te ha puesto dura rápidamente, cabroncete, jeje.

—Para, Lore, para.

Por supuesto, no iba a parar.

—Para, joder, que la tengo seca y me estás haciendo daño.

—No hay problema —levanté la sábana lo suficiente como para ver mi mano y su cipote; con precisión de cirujano, escupí en el capullo. Ahora tendría lubricación, no podía quejarse.

—Joder, oohh.

Ya sabéis que en cuanto a pajas nadie me gana.

—¿Cuál es ese problemilla, cari? —pregunté mientras continuaba con mis manualidades.

Alonso se concentró en la respuesta.

—Que hay que comprobar antes el hotel.

—Ya —me reía mientras mi mano subía y bajaba alrededor de su mástil.

—Hay que ver si las camas son apropiadas para eso.

Es verdad. Era algo que había que comprobar.

—No hay problema, cari —le decía mientras lo estimulaba manualmente con disciplina—. Iremos a varios y lo comprobaremos, cuando lo tengamos llamamos a la fulanita.

—Para, para, Lore, que me corro.

—¿Y quién te ha dicho que no es eso lo que quiero? Córrete cuando quieras.

—Quiero follarte.

—No, cariñín. Si no queremos que tu polla vuelva a entristecerse con otra fulana, es mejor que estés deseando meterla en caliente.

Aumenté el ritmo con una mano y con la otra le froté la punta del capullo con la yema de los dedos. Técnica increíble. Magia masturbatoria. Froté y froté como una lámpara mágica y por fin salió el genio en forma de corrida abundante y espesa. Otra vez el puto pijama empapado con su crema.

—Esta vez no lo lavaremos. Que Kata lo vea cuando recoja la ropa y tenga algo de lo que chismorrear con sus amigas.

—No te reconozco, Lore, cada vez estás más salida.

—Sí que me reconoces, cari. Lo que pasa es que te asusto un poquito.

Alonso se durmió y yo me masturbé durante media hora sin llegar al orgasmo. Estaba cansada y no podía fantasear. No quería imaginar nada, quería verlo, quería presenciarlo, quería estar allí cuando ocurriera. El deseo de realidad dominaba mis fantasías.

—o—

Por fin había llegado el día. Nos habíamos tirado una semana visitando hoteles a la búsqueda del adecuado.

En algunos directamente no había hueco debajo de la cama; en otros el hueco era demasiado pequeño.

No estoy gorda y cabía sin problemas, pero como sardina en lata.

En cuanto Alonso se sentaba sobre la cama, acababa medio aplastada.

En otros había espacio, pero las patas y la ropa de la cama estaban dispuestas de tal forma que quien entrara en la habitación me vería inmediatamente allí abajo.

Encontramos la cama ideal en el Hotel Moncada.

Limpio y confortable; la cama de matrimonio era verdaderamente doble —odio cuando unen dos camas simples—, por lo que podía quedarme en el medio y no había forma de que nadie supiera que yo estaba abajo.

No es que el espacio entre el suelo y la cama fuera espléndido, pero no me aplastaba.

Hicimos varias pruebas en las que Alonso se tendía y saltaba sobre el colchón y todo perfecto.

Además, el suelo estaba enmoquetado, por lo que no tenía que preocuparme del frío en la espalda.

Decidido el hotel, Alonso llamó al Smolyan para concertar la «cita» tal y como Teo le había indicado.

Lo hizo en manos libres y yo seguía atenta a todo el proceso.

Me sorprendió que el pago fuera por adelantado y mediante PayPal.

No me esperaba estas modernidades en el arte del putiferio.

Claro que se suponía que era putiferio fino, en algo debía diferenciarse.

Tras la llamada, Alonso desvarió con el tema del IVA y los impuestos en las compras online y tuve que enfadarme cariñosamente con él para que se centrara en nuestro ardid: una hora antes del encuentro, Alonso me registraría en la habitación y daría una generosa propina al recepcionista: «Sea discreto».

Supongo que el chico pensaría que íbamos a hacer un trío con la escort, lo cual no dejaba de ser verdad, pero no toda la verdad.

Una hora antes ya me encontraba yo en la habitación toda nerviosa. Me había puesto unos leggins negros y una camisa de lycra azul marino y me había calzado mis zuecos bajos de Zara.

No paraba de mirar el móvil. En cualquier momento Alonso me haría una señal. Me movía de un lado para el otro de la habitación.

Al rato, una llamada perdida de Alonso. Había llegado el momento.

Me agaché y me deslicé bajo la gran cama de matrimonio acomodándome en el centro. Noté cómo el pulso y la respiración se me disparaban.

Intenté pensar en algo. En mi Alonso. Ya comenzaba a notársele el deporte.

Yo había sido su dura entrenadora. Esa misma semana, mientras íbamos probando hoteles, también íbamos de tiendas buscando trajes modernos.

Me sentía Richard Gere en Pretty Woman comprándole ropa a Julia Roberts.

Le hacía probarse uno tras otro. Mi marido aguantó la tortura china como un campeón hasta que di con uno que me gustaba.

Uno color crema de chaqueta ajustada y pantalones estilo slim. No era su estilo, pero esa era la idea.

Insistí mucho en que no se pusiera corbata.

«Cari —intentó convencerme—, sin corbata me parece que voy desnudo».

Pero no coló. Mejor si se sentía desnudo, así se sentiría más sexi.

También le hice ir a la peluquería, aunque según él «todavía no necesito pelarme».

No era para que se pelara sino para que lo peinaran de una determinada forma que estilizara su flequillo.

Un aire casual con muchos minutos de trabajo detrás.

Y lo conseguí. Me lo hubiera follado directamente cuando lo vi así vestido si no fuera porque todavía me daba más morbo que se lo follara otra.

Ah, además, personalmente le había afeitado los bajos para que estuviera presentable.

Mi Alonso estaba rompedor. La que no sabía cómo estaba era yo, allí debajo inspirando y espirando para calmarme. «Espero no estar cagándola al meter a Alonso en esto».

Por fin oí cómo pasaban la tarjeta por la cerradura. Había tenido mucho cuidado en que no hubiera ningún indicio de mi presencia. No había movido nada ni tocado nada.

Escuché cómo se acercaban. Hablaban algo. Pude ver los zapatos negros tipo cónsul de Alonso y los tacones, también negros, estilo pumps de la escort. Muy finos y bonitos. Tenía estilo la tipa. En el empeine de sus bonitos pies tenía un tatuaje alargado que no conseguía distinguir.

—¿De verdad que, si hago eso, al final pago menos impuestos? —le preguntaba ella.

La madre que lo parió. Ya estaba con lo mismo. Supuse que se sentía seguro con un tema que dominaba.

—Completamente.

—¿Eres inspector de Hacienda o algo así?

—Abogado. Experto en Derecho Tributario —dijo «Derecho Tributario» como el que dice: «La polla me mide treinta metros sin empalmar».

—Vaya, qué interesante —dijo «vaya, qué interesante» como la que dice: «No tienes que convencerme, cariño, voy a chupártela de todos modos que para eso has pagado».

A continuación, Alonso propuso tomar algo en el minibar. Nila —que así se llamaba la ricura de muchacha— rehusó amablemente diciéndole a mi esposo que mejor empezar. Y empezaron.