La Cornuda Fiel Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Charo se había acercado aquella tarde a la vivienda de Petko para darle una buena noticia.

Hacía tiempo que se lo tiraba y estaba encantada de esta nueva vida.

No sólo se beneficiaba a aquel búlgaro cuarentón, sino que había conseguido echar un buen polvo con su abogado Teo.

Estaba exultante de seguridad. Ya no tenía que preocuparse por el indeseable de Tolo que recibía su castigo bajo tierra.

Tocó el timbre y Petko en persona le abrió.

—Pasa.

Y Charo pasó al centro de operaciones de Petko Steilov.

Petko no era un búlgaro cualquiera. Era uno de los lugartenientes de los Petrov, una familia mafiosa de Smolyan.

Desde hacía años los Petrov habían intentado expandirse por la ciudad, pero se lo había impedido el clan local, los Cotrina, que habían conseguido limitar los negocios búlgaros a un club de escorts y a surtir de armas ilegales a algunos grupos de delincuentes locales.

Petko era grande, fuerte y con cara de «como me mires mal te rajo el cuello».

No todo en él eran músculos, que los tenía, sino también cabeza como para haber ideado un plan para acabar con los Cotrina.

—Los Cotrina —le había explicado en su día a Charo— tienen su fuerza en su fuente de ingresos.

Y su fuente de ingresos es la especulación inmobiliaria.

Tienen montada una red para saltarse el Plan de Ordenación Urbana y urbanizar suelo no urbanizable que consiguen legalizar gracias a su red de contactos locales.

Tu maridito era uno de los esbirros de los Cotrina.

El muy cabrón ponía empresas a nombre de testaferros para hacer los chanchullos.

Por eso era importante que Teo tuviera aquella documentación. Era imprescindible que el talento de Teo se pusiera en marcha para que tirara de la manta y sacara a la luz los delitos inmobiliarios de los Cotrina. Así el nombre de los Petrov quedaría al margen y se evitarían conflictos innecesarios.

—¿Le pasaste los documentos que te di?

—Sí, cariñito —confirmó la buena noticia que ella venía a traerle—. Pero yo te aconsejo que no le demos muchos más. No puedo estar descubriendo papeles nuevos de mi marido durante tanto tiempo.

—Con lo que le hemos dado, si no es tonto, tiene suficiente.

—No tiene nada de tonto. Va a investigar a la Yoli.

—Genial.

Yoli también estaba metida en los tejemanejes de su amante.

—Oye, Petko, ¿te apetece hacer algo?

«Hacer algo» era el eufemismo para «follar». Charo estaba desatada al respecto. Tenía que recuperar el tiempo perdido.

Pero Petko parecía no responder a la directa de Charo.

—Mira, Charo, me lo paso genial contigo y me caes muy bien, pero creo que no deberías encoñarte conmigo.

—Yo me encoño con quien quiero, que para eso el coño es mío.

Petko rio con aprobación. Se dirigió hacia ella y le tocó el culo con descaro. Lo amasó con una mano y se acercó a Charo para darle un beso.

—Ya lo sé. Pero no te convengo.

—Claro que sí. No eres un cabronazo como mi marido.

—Ser mejor que tu marido es fácil. Y no te equivoques, yo también soy un cabronazo.

—Lo sé, pero no conmigo, que es lo que me importa.

—Sabes que no quiero nada serio contigo. Ayer me la estuvo chupando una del Smolyan. ¿No te molesta? ¿No te pone celosa?

Petko se hacía el chulo y marcaba terreno. Aquello no era un romance mojigato. Si Charo quería seguir, tendría que aceptar las cosas tal y como eran. Lo que Petko ya intuía es que Charo las había aceptado hacía mucho tiempo. Después de todo, una nueva vida requiere una nueva mentalidad.

—¿Creías que no sé que te tiras a otras tías? Puede que no haya vivido mucho, pero no soy una niñata que no sepa cómo funciona el mundo.

Petko quiso seguir magreándola, pero Charo lo apartó y le ordenó firme y decidida que se sentara en el sillón.

Llevar las riendas sexuales era algo que había aprendido hace poco y que le encantaba.

Cuando Petko se hubo sentado, se arrodilló entre sus piernas y tonteó con su camisa desabrochándola para ver sus hermosos pectorales.

Una tableta de chocolate que quería comerse enterita onza a onza.

«Qué bueno estás». Le fue besando poco a poco y con calma.

Pasados unos minutos en los que Charo fue saboreando cada centímetro del pecho y los abdominales de Petko; se fue dirigiendo hacia su bragueta.

Pasó su aliento sobre ella. Corrió la cremallera sonriente y liberó la polla búlgara de los calzoncillos.

En su mano se veía magnífica, besó el capullo y fue masturbándola delicadamente, poquito a poco.

Estaba encantada de tener a su merced a un hombre como Petko igual que hacía poco había tenido a Teo entre sus tetas.

Podría ir a la cárcel si las cosas no salían bien en el juicio por lo de su marido y estaba dispuesta a llevarse todo lo que pudiera en experiencia.

«La vida es muy jodida —pensaba— como para no joder de vez en cuando».

—¿Sabes, Petko? Yo también tengo mis truquitos.

—No te enfades, pero no creo que la chupes mejor que las del Smolyan.

Charo miró con picardía a los ojos marrones intensos de Petko. Petko el macho quería marcar el territorio; no sabía que ella no había dicho su última palabra.

—Lo que voy a hacerte ahora, cariñito, no te lo ha hecho nadie en tu vida. Será sólo para ti.

—Sorpréndeme —Petko engreído pensaba que alguien como Charo no podría sorprenderlo sexualmente nunca.

—Tranquilo. ¿Te conté que un día Tolo llegó borracho y el hijoputa no sólo me insultó, sino que me pegó un puñetazo en la cara?

—Sí, bueno, no sé ya si me lo has contado o lo he escuchado en la tele.

—Pues sí, me destrozó media mandíbula y parte de la dentadura. Me tragué tres dientes. Tuve miedo de denunciarlo y dije que me habían atracado —Charo seguía acariciándole el cipote, moviéndolo con soltura.

—Vaya, tenía sus recursos ese Tolo —esbozó una sonrisa—, aunque lo mismo te lo merecías por ser una niña mala. Tuvo que ser una mierda…

—Sí, una mierda. No sólo fue eso. Se me infectó y pasé unos meses muy chungos. Los médicos tuvieron que sacarme el resto de los dientes para evitar que la infección se extendiera. En ese momento decidí que iba a mandarlo al infierno.

Charo seguía pajeándolo con dulzura. El búlgaro se empalmaba con facilidad, así que ya tenía el mástil cargado y listo para la acción esperando a que su viudita le diera la sorpresa.

Y vaya si se la dio. Con decisión, Charo se metió la mano en la boca y se quitó la dentadura.

Petko se sorprendió al ver cómo Charo ponía la dentadura sobre la mesita de al lado y sin dientes le hablaba.

—Ahora tú disfrutarás la putada que me hizo mi marido.

Y, doblando el cuello, se metió la polla de Petko en su boca desdentada.

Petko no se lo creía. De la sorpresa inicial y de cierto recelo ante una situación tan rara pasó a la total excitación y la explosión de morbo.

Charo le estaba comiendo la polla sin dientes.

Y era una delicia. Bien lubricada la polla con su saliva, Charo no tenía dificultad para desplazarse por toda la gran polla búlgara.

Movía su cuello, movía su cabeza, subía y bajaba engullendo y saboreando la carne de Petko.

Él no había sentido nada igual en la vida.

Le habían mamado la polla muchas veces, pero eso era otro nivel.

Tenía que contener la excitación para no correrse rápidamente.

El roce en el paladar, las contracciones de la boca, el roce del capullo con la lengua, todo parecía diferente, más intenso.

Allí pasaron unos minutos riquísimos en los que ella chupaba agradecida.

Sincronizaba la respiración con los movimientos por lo que no se detenía en sacarla y hacer tonterías con el capullo. Aquello era cien por cien una mamada.

Pasaban los minutos y Charo no paraba de mamar.

Petko se dio cuenta de que Charo quería activar al Petko malote que tanto la atraía.

Se sentía poderosa y no cesaría hasta hacer que ese machito se rindiera ante ella y le entregara su leche espesa.

Decidido, el búlgaro se puso de pie sin que por ello Charo dejara de mover el cuello manteniendo el ritmo mamatorio.

Petko metió sus manos entre los cabellos despeinados de Charo y comenzó a marcarle el ritmo tal como a él le gustaba.

Cada vez más rápido quería ver hasta dónde llegaba el arte de chupar polla de aquella mujer.

Y ella resistía los envites. Petko se estaba follando su boca desdentada, una sensación que jamás había sentido, unos rozamientos y unas texturas que jamás había experimentado su polla en la boca de otras fulanas.

Follar aquella boca era una de las cosas más deliciosas que había sentido.

Aumentó el ritmo de la follada bucal gritando poseído por el placer.

Seguía follándole la boca. La cadencia se volvía frenética, pero Charo aguantaba como una campeona.

La había minusvalorado. Mantuvo la follada de boca a gran velocidad hasta que su esperma acabó inundando el esófago de Charo acompañado de un estruendoso grito de placer.

Una corrida de campeonato para una mamada de campeonato.

Charo estaba satisfecha. Jamás en la vida hubiera imaginado que sería capaz de dar semejante placer a un hombre como Petko.