La Cornuda Fiel Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Era médico y atractivo. A Emilio, que contemplaba excitado la escena desde el fondo, le encantaba para Sandra.

Y Sandra ya se hacía a la idea de verse con una buena y elegante verga premium entre las piernas después de años de sequía.

Habían sido muchos meses de conformarse con la lengua o la pollita aprisionada de su marido.

Sandra intentaba coquetear lo mejor que podía aunque no se le daba muy bien.

Facilitaba la cosa que aquel médico fuera resuelto y extrovertido.

En medio de una interesante charla sobre la actual situación de las clínicas privadas, una veinteañera de cabello negro y despampanante figura con la que antes había estado hablando los interrumpió sobando la entrepierna del médico y diciéndole algo al oído que Sandra no consiguió escuchar.

Él sonrió, y le dijo a la morena «espérame».

La morena faldicorta se fue hacia la puerta del local.

El médico se despidió educadamente de Sandra y salió como alma que lleva el diablo.

Aquella noche el apuesto médico se follaría bien follada a aquella morena mientras Sandra comprendía que había sido utilizada para darle celos a la otra como si la veinteañera fuera ella.

Se la comían los demonios por dentro por lo tonta que había sido.

Otra vez volvía a descubrir que los productos premium suelen ser un timo.

Acabó el resto de copa que le quedaba. Buscó a Emilio y con la mirada le hizo el gesto inequívoco de querer largarse de allí.

Los sentimientos de Emilio eran agridulces.

Por un lado, le hubiera gustado que Sandra recibiera una buena polla y —a ser posible— contemplarlo él para su humillación y disfrute.

Por otro, sabía que nada mejor para un sumiso que tener a su Ama frustrada y con ganas de desquitarse.

Y así lo hizo Sandra cuando llegaron a casa.

Esta vez ordenó a Emilio que la desnudara completamente. Cuando lo hizo, le dio permiso a su sumiso marido para que también se desnudara. Sandra en cueros estaba frente a Emilio, cuya única vestimenta, si se le puede llamar así, era la jaula de castidad.

Su señora no tenía que hablar mucho en esa situación.

Él se tendió en la cama y esperó la tortura que habitualmente ella le preparaba.

A Sandra no le gustaba especialmente aquello.

Nunca se había considerado dominante en la cama, pero había que calmar la calentura de alguna forma y ella se había reservado algo especial para joder a su maridito: el alfiler de vestir que siempre llevaba y que ahora se guardaba en el puño.

Sandra tomó lubricante de la mesilla de noche y recubrió con él la jaula de la que la pollita de Emilio intentaba escaparse.

Estaba muy excitado y no poder empalmarse todavía lo excitaba más.

Una vez que el acero de la entrepierna estuvo bien lubricado, Sandra se abrió y se montó sobre su marido.

En las caderas de su sumiso, Sandra se acomodó sobre la jaula de castidad que ahora tenía bajo su vulva.

Empezó a frotarse con la jaula buscando el punto exacto que le daba más placer.

La teoría es fácil, pero la práctica no tanto.

Para poder llegar a correrse, tenía que encontrar el sitio exacto de la jaula que no le destrozase los labios vulvares y que pusiera en funcionamiento su clítoris.

Tras unos minutos moviéndose sobre el metal, al final consiguió dar con la postura adecuada y comenzó a restregarse contra la jaula. El lubricante ayudaba.

—¡¿Te gusta cómo te follo, mariquita de mierda?!

—Sí, mi Ama.

—¡Más alto! Ni siquiera se te levanta jodido cabrón.

—¡Sí, sí, mi Ama!

Sandra todavía llevaba el alfiler entre las manos; al tiempo que aumentaba su ritmo comenzó a pinchar el pecho de Emilio siguiendo un patrón automático de cuatro pinchazos en forma de rombo que había interiorizado desde que marcaba así las partes más importantes de los documentos.

Emilio era ahora su expediente. Como buen masoquista lo estaba disfrutando.

Su pene constreñido y atrofiado respondía a la excitación de su estado mental y eyaculó un pequeño grumo.

Como de costumbre, el orgasmo no fue completo ni totalmente satisfactorio, lo que hizo que el placer psicológico de Emilio fuese aún mayor.

Sandra seguía cabalgando sobre él rozando su coño con el metal lubricado ahora con los restos de semen de Emilio.

Intentaba pensar en algo que la excitase.

Alonso le volvió a la cabeza, pero como siempre, tras él aparecía Loreto en sus pesadillas para arruinarle la calentura.

Los piratas ya no le valían, por lo que se imaginaba que estaba cabalgando al médico que hacía apenas una hora había conocido.

Apuesto, guapo. Seguramente polludo. Ahora estaría perforando a la morena en cualquier hotel o esquina de la ciudad.

Debería haber sido ella la que hubiera sentido la carne de aquel semental entre los muslos y no esa niñata.

Siempre eran niñatas. Unas veces Loreto Guzmanrique con su lenguaje soez y su aire de superioridad moral.

Otras eran jóvenes y alegres sin reparos ni una mínima conversación.

Niñatas que decían palabras extraterrestres como «followers», «hashtag», «influencer».

Ella podía mantener una discusión interesante, pero seguramente a aquel médico polludo lo que más le interesaba de las bocas femeninas era tenerlas succionando alrededor de su capullo.

No podía dejar de pensar estas guarradas mientras se frotaba intensamente sobre el metal que aprisionaba la escasa masculinidad de su marido.

Se estaba calentando, pensando que era ella la que montaba al médico, la que le ofrecía sus agujeros, la que por fin conseguía llevarse al guapo a la cama.

Ahora sí que estaba caliente y se restregaba y restregaba hasta que su clítoris se contrajo de gusto y un orgasmo intenso la estrujó.

Lo necesitaba. Necesitaba esa electricidad que raras veces conseguía.

—o—

Teo estaba enfrascado en su despacho metido en LexNet subiendo documentos cuando Alonso tocó a su puerta. Pasó y cerró tras de sí. Gesto inequívoco de que el buenazo de Alonso iba a hacerle alguna confidencia importante.

—Espera un momento, tío, que acabe con esto.

Alonso se acomodó en una silla y para hacer tiempo revisaba unas carpetas que llevaba en la mano y que nada tenían que ver con lo que iba a pedirle a su amigo.

—Ya está. Dime qué es.

—Tengo algo delicado que pedirte.

—Dime.

—No se lo puedes decir a nadie.

—Vale.

Así eran los amigos. Nada de explicaciones ni condiciones.

—¿Tienes el teléfono de alguna de esas escorts con las que «sales»?

Teo frunció el ceño intentando procesar lo que su amigo —amigo casado— le pedía.

—Vamos a ver, Alonso. ¿Para qué quieres tú el teléfono de esas escorts?

—Para asesorarlas sobre el devengo de impuestos no te jode. Pues para qué va a ser, tío, para llamarlas.

Teo no se lo acababa de creer. Sabía que Alonso y su mujer se querían y se llevaban bien dentro de lo que es la rutina matrimonial. Aquella petición le dejó un poco fuera de juego.

—¿Tan mal están las cosas con Lore? —Estaba realmente preocupado por su amigo. Por su mujer no tanto—. Sabes que puedes contar conmigo. Yo te apoyo cien por cien. Si quieres cortar con ella, lo tendrás fácil, no tenéis hijos y ya sabes que el divorcio sin hijos…

—No me quiero divorciar. Sólo quiero que me des el número y me digas cómo se hace.

—Hombre, a lo de follar no voy a enseñarte. —Una broma para calmar el ambiente. Alonso no parecía darse cuenta de la broma.

—A meterla no; a que me enseñes cómo se les llama. No sé, supongo que habrá códigos o algo así.

—Sí, código Morse.

—¿Cómo? —Alonso hasta parecía creérselo.

—Que no hay ningún código, tío. Es simple.

Llamas a este número —sacó una tarjeta de su cartera.

Tenía serigrafiada en letras plateadas la inscripción «Smolyan» junto a la silueta de unas piernas femeninas—, preguntas por una cita y te preguntarán luego si quieres la cita en el local o quieres un hotel particular.

Por lo del hotel particular, tienes que pagar más por el servicio, pero es mejor, créeme, el Smolyan no es un buen sitio.

—Bien.

—Luego te dirán si quieres a una chica en particular o no.

—¿Y cuál pido?

—Hombre, si quieres una recomendación, yo te recomiendo que preguntes por Nila. Es muy buena chica. Y muy guapa.

—Entendido, Nila —tomó la tarjeta y la guardó con cuidado en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Bueno, tú sabrás lo que haces. Por lo menos resultará más fácil decirte lo que tengo que decirte.

—¿El qué? —preguntó Alonso.

—Me he acostado con Charo.

—Joder, tío, ¡venga ya! Es que eres incorregible.

—¡Incorregible! Pero si nunca me había tirado a ninguna cliente.

—¿Y la Sara aquella?

—Esa ya no era cliente cuando me la tiré, no cuenta.

—Ten cuidado, estas cosas nunca se sabe en qué pueden acabar.

—Sí, sí, sí… no me sermonees que te acabo de pasar una tarjeta para irte de lumis estando casado.

—Es más complejo de lo que imaginas.

—Uy, sí, muy complejo, complejísimo: tú quieres meter el churro igual que yo. Fíjate qué complejo.

—¿Se lo has dicho a Sandra?

—¿Y por qué iba a decirle a Sandra que me he acostado con Charo?

—Pues porque si ocurre algo…

—No va a ocurrir.

—Pero si ocurre…

—Si ocurre algo, a Sandra no le sorprenderá como no te ha sorprendido a ti. Es muy estirada y no quiero que ahora esté dándome la brasa con el código deontológico y con que ella patatín patatán…

—Tú mismo. Yo no diré nada —Alonso se levantó para irse del despacho.

—Oye, tío.

—¿Qué?

—¿No puedes arreglar lo tuyo con Lore?

—Si yo te contara… Adiós.

Alonso volvió a su despacho. Mandó un wasap a su mujer: «Ya tengo lo de Teo».

—o—