La Cornuda Fiel Capítulo 3
12%

Capítulo 3

Capítulo

«Yo me encoño con quien quiero, que para eso el coño es mío»

Una de las ventajas al ofrecerme como cornuda era que podía manejar mejor a mi esposo.

No sólo en la comida y el ejercicio físico, que era lo que habíamos pactado.

También en otros aspectos, la balanza matrimonial parecía estar desequilibrada a mi favor.

Mientras que yo me mantendría fiel, Alonso podría follar con otras.

Esto en machirulos tóxicos sería la perdición de cualquier mujer.

Pero para Alonso suponía cierto problema moral.

Aunque no lo dijese, yo sabía que mi marido tenía la sensación de que, en el fondo, él disfrutaría más que yo.

Esto hacía que tuviera cierto sentimiento de culpabilidad que venía muy bien para manejarlo.

—Oye, cari, quiero poner en el salón mi colección de minerales.

Desde hacía años sabía que era una idea que Alonso odiaba. Era el momento de intentarlo. Solíamos pactar esta clase de cosas, pero en pareja pactar puede ser un proceso muy retorcido.

—No tenemos sitio. En el salón no caben más cosas. —Clásico intento de racionalizar sus sentimientos de odio hacia mis pedruscos.

—Sí que tenemos. Te las apañas siempre para ponerme alguna excusa. Ya quedamos en que pondríamos mi colección…

—En primer lugar —Alonso se iba a duchar y andaba en gayumbos y con la camiseta descolorida de Los Ramones.

Cualquiera diría que no tenía otra camiseta para estar por casa—, no dijimos nada de «poner tu colección».

Dijimos que veríamos los minerales más bonitos y les buscaríamos un lugar en el salón o en alguna otra parte de la casa.

—Eso son matices de leguleyo.

—No tenemos sitio —repitió.

—Y dale con lo mismo. Verás cómo yo saco sitio, tú déjame.

Alonso se tranquilizó porque no quedaba —eso creía el muy incauto— espacio en el salón.

En las estanterías había recuerdos que no iba a tocar como la foto que mi hermana me había regalado al graduarse en la que las dos aparecíamos haciendo muecas ante la cámara.

O mi foto de boda. Pero había otras cosas que ya me encargaría de despejar.

—Espera, ibas a ducharte, ¿no?

Alonso asintió con la cabeza.

—Pues espera que te acompaño.

Seguro que mi marido se llevó una impresión equivocada de aquello. Cuando entré en el baño, abrí el armario y me puse a buscar en sus profundidades.

—¿Qué haces?

—Busco la maquinilla de pelar.

—¿Me vas a cortar el pelo? Pero si ya tuve que aguantar ayer ir a esa peluquería.

—Ajá, aquí está la cabrona. —Saqué la maquinilla del submundo de aquel armario—. No es la cabeza lo que te quiero afeitar.

—¿Qué?

—No pongas esa cara. Voy a afeitarte las pelotillas.

—¿Cómo? —Mi cari alucinaba.

—Perdón, las pelotas. Se me olvidaba que los hombres sois muy susceptibles con el tamaño.

La cara de Alonso era un poema. Quería decirme que no, pero no sabía cómo.

—Mira, cari —dejé las cosas claras—, voy a pelarte ahí abajo que eso parece los bosques tropicales de Borneo.

—No hace falta, no tienes que molestarte, no hace falta, no…

—Espera, ¿tienes miedo?

No tuvo que decirme nada para confirmarlo.

—¿Sabes que yo voy a menudo al centro de depilación y no me he muerto, verdad?

—Esto es distinto.

—Sí, claro, claro. Dejaré pasar el comentario sexista porque sé que al final vas a dejarme hacerlo. —Por supuesto, yo ya estaba enchufando la maquinilla a la corriente.

—No entiendo por qué ahora quieres que me depile, nunca me habías dicho nada.

—Mira, cari, a mí personalmente no me importa. No es algo que me dé asco o me disguste. Pero ahora tienes que estar presentable porque van a verte otras. Y no es depilarte, es afeitarte. Depilar es cuando te quitan todos los pelos y no es eso lo que quiero hacerte. Al menos no todos los pelos.

—Lo dices como si fuera a follarme a media ciudad.

—No seas tonto, lo digo porque Teo seguramente te dará la dirección de esas escorts refinadas y tienes que estar a la altura.

Llegado a este punto, Alonso sabía que no le quedaba más remedio que obedecer.

—Bájate los calzoncillos. —Se los bajó sin rechistar.

Allí estaba todo flácido el pito de mi marido rodeado de su habitual mata de pelo. Puse en marcha la maquinilla y noté que Alonso contenía la respiración como si fuera a aplicarle una tortura china milenaria.

—Tranquilízate que pareces un niño chico.

La cosa no tenía mucho misterio. Comencé a pasar la maquinilla tras ajustar el corte y fui rasurando de fuera de la entrepierna hacia el centro dejando caer el pelo afeitado al suelo o soplando cuando se quedaba adherido.

Tuve más cuidado en la base de la polla.

Al estar flácida era un poco más difícil.

Una vez que estuvo eliminada la mayor parte del vello púbico sólo quedaba ir perfilando con la cuchilla de afeitar una vez embadurnara la entrepierna con el gel.

Esta fue la parte en la que Alonso más pánico pareció pasar.

Las cuchillas hicieron bien su trabajo salvo que a veces se me embotaban por el pelo tan grueso de la zona.

Cuando esto pasaba, daba algún que otro tirón, no muy fuerte.

Alonso no decía nada, el campeón. Aguantaba.

Puede que parezca una situación excitante.

A mí me lo parecía, pero si tomamos como referencia el grado de erección de su pene no parecía que a él aquello le pusiera mucho.

Mientras apuraba con la maquinilla de afeitar, mi marido ni respiraba.

Quieto como una estatua miraba hacia la lámpara esperando que aquello pasase.

—Creo que así está bien. No es profesional, pero así no parecerá que te has preparado para la ocasión. Queda más informal.

Alonso respiró. Por fin acabó el tormento. Lo limpié con la toalla húmeda y le di un besito a su polla. Se lo había ganado.

—Cari, no te olvides de darte luego crema que si no se te va a irritar. Te dejo que voy a cocer los espaguetis. La salsa la preparas tú.

—o—

Sandra y Emilio no solían salir mucho de noche. De hecho, salían más bien poco a pesar de las insistencias de Emilio para disfrutar del ocio nocturno más a menudo.

Aquella noche Emilio había insistido y Sandra, para no escucharlo más, había aceptado.

La ilusión de Emilio no era otra que conseguir que Sandra se enrollara con algún maromo y, si hubiera suerte, le pusiera los cuernos.

Hasta ahora Sandra había tenido nulo éxito en la empresa de hacer cornudo a su marido.

Siempre malhumorada, agria y altiva, su aspecto demasiado formal entre abogada respetable y madre superiora no era lo suficientemente atractivo y morboso como para conseguir atraer a los hombres.

Cosa rara porque los hombres, sobre todo conforme avanza la madrugada, no es que suelan ser muy exigentes, pero aun así había algo en la belleza de Sandra que repelía a los varones que intentaban remolonear en torno a ella.

El otro problema, obviamente, era que a Sandra no le valía cualquier maromo.

No soportaba ni a niñatos, ni a perdedores, ni a incultos, ni a fantasmones, ni a hombres cuyas camisas llevaran botones en el cuello, ni a fanáticos del fútbol, ni a…

ni a toda una larga lista que restringía mucho el campo de futuros folladores.

Todavía había otro problema añadido: Sandra insistía a Emilio en no ir a los bares caros y elegantes.

Parecía una broma: Sandra sólo estaba dispuesta a dar el paso de los cuernos con alguien culto y elegante, pero se negaba a ir a los lugares donde, precisamente, estaban esos hombres «de alto valor».

El motivo no era otro que la prudencia desmedida que sentía Sandra ante la posibilidad de encontrarse con algún cliente, alguien del mundo inmobiliario o de los juzgados: «Me muero de vergüenza si me ven ligando con alguien que no es mi marido», le decía a Emilio.

Y era verdad, pero no toda la verdad. Sandra se habría muerto igualmente de vergüenza si alguno de sus conocidos tan sólo la hubiera visto en un pub.

Sandra procedía de una familia humilde que con mucho esfuerzo consiguió darle una carrera a su hijita empollona.

Sandra, buena estudiante y trabajadora, siempre fue consciente de la importancia de aparentar y crearse una imagen ante la gente rica.

Para ella era más fácil no arriesgar e ir a los bares populares a la espera de que alguien elegante, menos escrupuloso que ella, se atreviera a entrar.

Aquella noche sí que parecía que había habido suerte.

En la barra se había encontrado con un cuarentón interesante que había pasado su exigente escrutinio.

Su reloj caro lo delataba. Los niñatos de ahora ya miran el móvil y no tienen reloj.

La camisa, por supuesto, con un bonito cuello italiano sin botones.

Él mantenía una conversación con unas chicas cuando se le acercó preguntándole por una trivialidad y así comenzaron a conversar.