La Cornuda Fiel Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

Así vestida fue a ver a su abogado dispuesta a follárselo bien follado.

Con sus cincuenta añacos había tenido que tirarse lo que podía durante muchos años aguantando lo que no eran sino violaciones de su marido y estaba dispuesta ahora a acostarse con quien realmente quisiera y le pusiera el coño a punto de caramelo.

Así se lo ponía Petko, un amigo especial —muy especial—, búlgaro, y así se lo ponía Teo.

—Pasa —le dijo su abogado—. Perdona que no pudiera ir a tu salida, pero tenía una vista a esa hora en el juzgado. Me ha fastidiado mucho porque estaba cerca, pero al final no pude felicitarte en persona.

—No te preocupes, Teo, con tu audio de WhatsApp ya he tenido suficiente. Estuvieron mi hija y algunas de mis amigas.

—¿Muchos medios? —preguntó mientras pasaban al salón.

—Sí, sobre todo de los periódicos. Tele no hubo ninguna.

—Menos mal. Esos cabrones siempre metiendo mierda. ¿Sabes lo que respondieron a mi escrito? —Teo se refería a un famoso programa de tertulia rosa en el que habían soltado porquería sobre Charo y sobre el marido fiambre a partes iguales. Teo les mandó un escrito dejando las cosas claras.

—¿Qué?

—Pues que si querías ir al programa te pagaban dos mil euros. Ni disculpas ni nada.

—Que se vayan a la mierda.

—Siéntate que voy a por unas copas para el vino.

Charo se sentó en el sofá. Cruzó las piernas. Estaba nerviosa como una colegiala. Quería saborear a Teo. Este llegó con las dos copas y se sentó en el sillón de enfrente. Charo lo quería tener al lado, pero no se movió.

—Esto ha sido lo fácil, Charo.

El tono serio y profesional de Teo era otra barrera que la alegre viuda tendría que vencer si quería que pasara algo.

—Ahora viene lo difícil —continuó—. He estado revisando los papeles que había en tu casa y todos los que me diste después y hay mucho donde meter mano. ¿Sabías que eres la gerente de un par de empresas?

—¿Yo?

—Sí, están a tu nombre.

Teo extendió unos papeles que confirmaban su afirmación. Charo los tomó y revisó lo escrito.

—La primera vez que oigo hablar de estas empresas, Teo. De hecho, la primera vez que me entero de que Tolo —se refería al marido finiquitado— tiene empresas.

—Esa es la cosa, Charo. Bartolo no aparece en ninguna de esas empresas.

—¿Cómo?

—Así es. En ninguna. Lo que sí aparece es tu nombre y el de una tal Yolanda.

—Esa zorra.

—¿Es la Yoli que se acostaba con tu marido?

—La misma —confirmó Charo al revisar otro papel que le extendió Teo—. Veo que ella también tiene empresas a su nombre. Ahora va a resultar que somos socias.

—Y más cosas que se deducen de todos los papeles. Tengo que estudiarlo con calma. Quizá indague sobre Yoli, ¿te parece bien?

Charo sonrió como si hubiera conseguido su objetivo y asintió con la cabeza.

Y abrió las piernas mostrando sus bragas.

Teo llegó a verle hasta los pelitos que sobresalían por los lados del encaje.

Charo no iba a depilarse la entrepierna a ningún sitio.

Era autosuficiente y claro, los resultados no eran los más precisos.

Tampoco estaba para sutilezas. El rudo de Tolo no era de preliminares y ella no tenía ni la edad ni la picardía para sutiles indirectas sexuales.

Si una mujer quería follar lo mejor siempre ha sido abrir las piernas.

—Charo, ¿qué haces? —preguntó Teo como si no fuera evidente.

—Vamos a celebrarlo como hay que celebrarlo. El vino sólo era el entrante.

Teo repasó con sus ojos el cuerpo de Charo. Era una mujer de pechos exuberantes y cara curtida por el tiempo. Le daba morbo y se estaba ofreciendo espléndida ante él. Estas oportunidades no pasan a menudo.

—No deberíamos —farfulló Teo. Había miles de motivos para no caer en la tentación, pero el código deontológico no tenía las tetas de Charo.

Charo se arrastró de rodillas gateando y se acercó a Teo, que seguía sentado con la copa de vino.

Puso sus manos sobre el paquete del abogado, metió la mano, bajó el pantalón del chándal y liberó con soltura la polla de Teo, que seguía balbuceando «no deberíamos» sin mucho convencimiento de causa.

Arrodillada ante él dejó a la vista sus hermosas tetas embutidas en un sujetador negro con filigranas.

La muy picarona se había abierto el vestido.

El pene de Teo estaba ya tieso y listo para la acción.

Charo arrodillada se lo metió en la boca y comenzó a mamarle la polla como sólo una mujer agradecida sabe hacer.

Era buena mamadora y sus precisos movimientos de cabeza lo confirmaban.

Sentía sus labios, sentía su lengua y sentía cada uno de los movimientos de succión que multiplicaban la sensación de placer.

Pasaron unos minutos en los que Charo mamaba y mamaba.

Teo, excitado, pasó a la acción. Se levantó y agarrándola de la barbilla la puso de pie.

La besó en la boca, sus lenguas chocaron durante unos minutos.

Teo la fue desnudando hasta dejarla en bragas y sostén.

Le tomó una mano y la condujo a la cama.

La hizo tenderse y le quitó las bragas. Charo iba a desabrocharse el sujetador, pero Teo se lo impidió.

—No lo hagas, déjatelo —Charo obedeció. La mano de Teo buscó el clítoris entre los pelos y cuando lo encontró empezó a masajearlo como un maestro.

«Qué bien lo hace el cabrón», pensó Charo mientras comenzaba a lubricar.

Con sólo dos dedos sobre el capuchón los movimientos circulares de Teo la estimulaban tal como le gustaba.

Pasados unos minutos y mientras el abogado la besaba un tercer dedo se sumó a la acción deslizándose ahora a la entrada de la vagina.

Charo chorreaba y resoplaba de gusto. Se había encendido.

—¡Métemela ya, por favor!

Pero Teo sabía los trucos del oficio de follar y no le hizo caso.

Retrasando la acción aumentaba la excitación de la espera.

Charo, cada vez más caliente, iba ya a correrse cuando Teo paró.

Descansó un rato metiendo más la lengua en la garganta de Charo y ahora sí, abrió las piernas de la viuda, las separó lentamente, se incorporó sobre ella y su polla perforó aquella húmeda entrepierna.

Sintió perfectamente la polla caliente de Teo.

Estaba rellena de su cipote y Teo comenzó a moverlo sin parar sosteniéndole las piernas.

Se la estaba follando bien follada. Teo se la follaba como a una mujer no como el cabrón de su marido que la montaba como si fuera un saco de mierda.

Teo se movía rápido. Sin contemplaciones.

Allí estuvo todo un buen rato metiéndosela boca arriba cuando Teo le ordenó que se diera la vuelta.

Obediente se volteó y a cuatro patas se la volvió a enchufar por el coño.

Esta vez Teo se colocó en una posición estratégica levantando el culo para que su polla friccionase el clítoris de ella.

Ahora sí, no sólo lo sentía dentro. No sólo sentía cómo entraba y salía sino cómo rozaba perfectamente su clítoris.

Teo aumentó el ritmo. Aumentó la fricción y aumentó el placer en el botón mágico de Charo.

Mordió las sábanas al tiempo que el calor se intensificaba en sus profundidades.

Gritó sin sentido. El ritmo de Teo era ya frenético y los rozamientos tan ricos que sólo necesitaba dejarse llevar por la electricidad.

Se corrió gritando poseída como si aquel orgasmo la hubiera electrocutado de placer.

Teo no se había corrido todavía. Se la sacó y volvió a voltear a la viuda.

Ahora Charo estaba tendida completamente en la cama de su abogado mirando al techo recuperándose de los calambres de placer que todavía recorrían su cuerpo.

Su macho se subió a la cama buscando sus tetas y se colocó de rodillas sobre su pecho.

Teo levantó un poco el sujetador, escupió para lubricarla y metió su polla entre las ubres.

Teo comenzó a mover su polla. Le estaba follando las tetas con el sujetador puesto.

El sujetador aprisionaba con fuerza unos pechos que a su vez rodeaban la polla de Teo, que no paraba de desplazarla para atrás y para adelante.

Charo nunca había hecho esto, pero le gustaba.

Le gustaba ver el rosado capullo de Teo a corta distancia entrando y saliendo entre sus pechos.

«Me está desvirgando las tetas». Así era.

Teo se movía cada vez más rápido buscando ahora su propio placer.

El placer de follarse aquellas tetas que tanto le excitaban.

Teo aumentó el ritmo frenéticamente y gritó de placer, se retorció entonces encima de ella.

Charo sintió cómo vibraba la polla del macho que tenía entre sus ubres y vio en primer plano cómo la corrida fluía entre su canalillo.

Teo se seguía retorciendo de placer mientras su polla palpitaba entre las tetas.

Teo se tendió en la cama junto a ella y allí estuvieron un buen rato recuperándose del polvo.

A pesar de que aquello le había gustado, Teo sabía que no había estado del todo bien.

Y no era sólo porque era su clienta, sino por lo fácil que había resultado metérsela entre las piernas.

Algo no cuadraba, pero le daba igual. El polvo había valido la pena.