La Cornuda Fiel Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

«Por fin parece que va a haber acción», me susurré esperando que la situación me calentara.

Ciertamente lo hacía. Mi entrepierna y mi corazón estaban conectados y cuantos más sonidos guturales escuchaba más crecía mi excitación.

Luego siguieron sonidos que no logré descifrar.

Al parecer la puta había intentado sentarse sobre él para follárselo, pero a estas alturas la polla de Alonso ya se había replegado a retaguardia.

No se le levantaba. Escuché lo que parecía ser una discusión sobre que si no se le ponía dura, bla bla bla, que si ella tenía que cobrar, que si patatín patatán.

Vi cómo la profesional salía del coche amoldándose las tetas, se estiró con arte la microfalda de plástico y se largó andando a la rotonda a buscar otro cliente.

La diversión había durado poco y no me había dado tiempo ni a acariciar mi clítoris para decirle buenas noches.

Escuché la voz de Alonso por el manos libres.

—¡Pleistoceno! ¡Volvamos! —Era Paleozoico, pero entendí lo que quería decir.

Y allá que su Audi y mi Citroën se pusieron de nuevo en circulación camino a casa. Aparcamos y volvimos al salón. Era hora de evaluar lo ocurrido.

—Vaya puta mierda —me dijo Alonso. Le estaba pegando lo de hablar con tacos. Tiene algo de catarsis soltar improperios.

—¿Qué ha pasado, cari? —pregunté con dulzura porque no era plan de herirlo más.

—Que no valgo para esto, Lore. No valgo.

Me acerqué y lo abracé. Sentí con nitidez el perfume barato de aquella zorra.

Aspiré e inspiré el aroma de aquella puta.

No voy a mentir. Me puse caliente, pero Alonso no estaba en condiciones de excitarse.

Estaba deprimido pensando que quizá me había fallado, que todo era una mierda y que tal vez por ello nuestro matrimonio no tendría solución.

Los hombres también se pueden comer mucho la cabeza con sus movidas.

Nos sentamos y lo abracé con ternura mientras Alonso miraba el póster de mis adorados Manhattan Transfer.

—No sé, Lore. No he podido.

Amigas, hay que entender que la polla de los hombres es también un misterio y no siempre está conectada con su cerebro. A veces se les levanta cuando no quieren y a veces no se les levanta cuando quieren.

—No pasa nada, cari. No pasa nada. Dime, ¿qué te hizo?

—¿Quieres que te lo cuente?

—Prometo no reírme ni nada. Palabrita de niña buena.

—Ya me conozco esa mirada tuya.

—Porfi.

—Vale, mejor pregunta y yo te iré informando.

—A ver, por lo que pude escuchar por el teléfono, te abrió la bragueta.

—Sí, me la abrió y metió la mano e intentó masturbarme. Pero de muy mala manera, joder, no como tú.

—Faltaría más, yo soy una maestra, soy la sensei de las pajas, y esa por más puta que sea no me llega ni a la altura de los zapatos con la zambomba.

—Luego intentó ponerme el condón con la boca.

—¿Eso puede hacerse?

—Al parecer sí.

—Todos los días aprende una algo.

—Pero al final no lo hizo porque no se me ponía dura. Lo hizo con las manos, pero tan mal que el condón me aprisionaba parte de la polla y me pellizcaba un pliegue o algo y me hacía daño.

—Jo.

—Luego me la chupó un poco. Yo intentaba ponerme cachondo mirándole las peras, pero la cosa no mejoró mucho.

—¿Te la chupó mejor que yo?

—No, cariño, me la chupó tan mal como tú.

Alonso me devolvía el golpe, pero hay que admitir que yo en el arte bucal todavía andaba muy novata. Pero bueno, pagar a una puta para que te haga una mamada tan mala como la que te hace tu mujer no parece un buen negocio.

—¿Y luego qué pasó? —seguí inquiriendo.

—Se subió encima de mí e intentó metérsela.

—¿Y lo consiguió? —Yo con los ojos como platos y las orejas bien atentas. Y mi coñito un poco bailarín de la excitación.

—Un poquito.

—A ver, cari. ¿Qué coño es eso de «un poquito»?

—Pues no sé, que se la metió, pero como estaba flácida la polla se salió.

Seguí preguntándole algunos detalles más sobre el pelo, el olor y cómo se veía aquella prostituta.

Aunque yo estaba algo caliente, veía que Alonso no lo estaba y no quería insistir ya que para él había sido algo un poquito traumático.

Quizá no traumático en plan películero, pero por lo menos lo había dejado inquieto.

Nos acostamos como dos tortolitos en la cama después de que él se duchara. Alonso se adormiló y yo me enfrasqué en mis pensamientos.

Veamos el lado bueno. Alonso lo había intentado y habíamos sido cómplices en nuestra aventura en la que los dos habíamos participado en la medida de nuestras posibilidades.

Por ahí la cosa bien. Trabajo en equipo.

El lado malo es que no se podían forzar las cosas.

Le di vueltas a la cabeza sobre qué hacer.

¿Cuál podría ser el siguiente paso? Alonso se levantó porque tenía ganas de mear.

Al ver que estaba despierta pensando, inició la conversación.

—Tal vez no sirva para esto. No te comas mucho la cabeza.

—Mírame, Alonso —le dije seria—. Claro que sirves. ¿Acaso no te la machacabas con las del porno?

—Sí, pero es distinto.

—Es distinto porque tiene que ser algo que te guste y no algo medio forzado como hoy que íbamos a ver qué pasa. Tenemos que buscar calidad. Nos hemos contentado con lo barato y lo barato sale caro —sentencié el topicazo como si fuera una Buda iluminada por un saber sexual superior.

—¿A qué te refieres?

—¿Teo no va de putas?

—Sí, creo que sí.

—No me digas que «crees». ¿Se va o no se va? No defiendas a tu amigo que no estamos en condiciones de juzgarlo.

—Se va, se va.

—Y seguro que no se va con fulanitas poligoneras baratas como las de esta noche, sino con fulanas de esas caras que huelen a jazmín y hacen mamadas de primera división.

—Supongo.

—Pues ya tienes tarea. Háblalo con tu amiguete y pregúntale.

—Esto ya lo hemos discutido, Lore. ¿Qué pensará de mí?

—Pues que ya sois dos los puteros en el despacho —me reí y le lancé la almohada mientras le hacía burlas.

Era el momento de buscar calidad.

—o—

Teo andaba enfrascado en la elíptica moviéndose sin parar mientras escuchaba el OK Computer de Radiohead.

En su amplio apartamento tenía una habitación para aquellos cacharros de gym: pesas, una multiestación de musculación, una cinta para correr, una bicicleta estática multifuncional y demás utensilios fitness.

En la habitación de al lado tenía su estudio, todo rodeado con estanterías llenas de libros de derecho penal a cada cual más gordo.

¿De verdad los abogados se leen esos libracos o los tienen ahí sólo para fardar?

Teo desde luego que sí, pues era un firme defensor de lo analógico.

Mente sana en cuerpo sano, era su lema. Y por ello andaba allí, dándole duro: ese cuerpo no se conseguía leyendo el comentario al código penal. Había que trabajárselo.

Llamaron al timbre. Cogió una toalla para secarse el sudor, dejó la bebida isotónica y fue a abrir la puerta.

—¡Charo!

Allí estaba ella con una botella de Rioja.

—¡El champán lo dejamos para cuando ganemos el juicio!

Teo había conseguido sacar a Charo de prisión provisional.

Estaba a la espera de un juicio cuyo caso se había hecho famosillo en el país.

Durante años el marido le pegaba, la vejaba diariamente y la tenía asustada y chantajeada para que no lo abandonara.

En una ocasión le pegó tan fuerte en la cara que le rompió media dentadura que luego se infectó y pasó un infierno.

Charo decidió que la mejor forma pasivo-agresiva de acabar con semejante hijoputa era ir envenenándolo poco a poco y así el cabrón acabó sus días entre fuertes dolores y maldiciones.

Nadie hubiera podido negar que se lo merecía.

Teo, al aceptar su defensa, había intentado comprenderla.

Siempre le interesaba comprender a la víctima o al culpable y aquí parecía que las dos cosas se unían, pero no en la misma proporción.

Una de las claves de la defensa de Charo, según Teo, era constatar el miedo paralizante que ella tuvo por su marido.

Un miedo real ya que aunque el mierda había sido capataz de obra era mucho más que eso.

Esto la llevaría a querer debilitarlo, «pero no matarlo», según pretendía argumentar Teo.

El marido finado estuvo metido en asuntos turbios con mala gente de los Cotrina («Me dijo que si lo abandonaba o lo denunciaba lo mejor que me iba a pasar era cortarme el pescuezo»).

Charo nunca había sido una mujer totalmente sumisa.

Obsequió al maridito con algún que otro cuerno esporádico que ponía con quien pudiera.

Las circunstancias hacían que no tuviera mucho donde elegir.

El trabajo en casa y en la mercería le ocupaba todo el tiempo y además tenía que ser especialmente cautelosa.

Si el cabronazo maltratador se enteraba de su infidelidad era capaz de matarla a ella, a la hija y al desafortunado follador con el que hubiera buscado una pizca de consuelo.

Ponerle los cuernos e irlo envenenando poco a poco era parte del mismo proceso de liberación.

Esos días habían pasado y ya no tenía por qué acostarse con el primero con el que pudiera.

Estando vivo su marido, no sabía si al follar con uno la cosa no se volvería a repetir hasta dentro de tres o cuatro meses como de hecho ocurría.

No es fácil poner unos cuernos y ocultarlos cuando eres pobre y trabajas todo el día.

Ahora la cosa había cambiado. Su marido ya no estaba y era ella la que se había propuesto pasar a mejor vida.

Por eso al salir de prisión lo primero que hizo fue ir a una tienda y comprarse un traje bonito.

Eligió uno tipo cóctel con algo de vuelo y anudado por la cintura con un hermoso cinturón de cuero.

Sobrepasaba en algo la rodilla y podía lucir unos tacones a juego que compró hace años y que todavía no había estrenado.

Este era otro secreto femenino. Muchas veces no es que tengan el vestido y le busquen el complemento sino que buscan el vestido ideal para el complemento que ya tienen.