La Cornuda Fiel Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Ah, por cierto. —Ups, algo gordo iba a venir cuando Alonso utilizaba ese tonito—. Tengo una condición que quiero que cumplas.

Arqueé mis cejas.

—¿Cómo dices?

—Yo estoy dispuesto a cumplir con tus fantasías. Pero tengo una condición.

—Es más que una fantasía, ya hemos hablado de ello. Y tampoco creo que para ti sea una tortura, así que tampoco te me pongas gallito. —Mi sonrisa aminoraba el reproche.

—Sí, sí. Todo lo que tú quieras, pero tengo una condición.

Conociendo a los hombres, seguro que la condición era desvirgarme el culo o algo parecido.

—Que vuelvas a la Universidad y acabes la carrera —me soltó.

Casi prefiero lo del culo.

—Cari, ya sabes que yo lo he intentado…

—Lore, eres inteligente. Tú me quieres convertir en un rompedor. Vale, de acuerdo, pero yo necesito que no te quedes estancada.

—No lo estoy.

—Sí que lo estás. Aunque lo niegues siempre has querido un título universitario.

—Me importa una mierda. Un título no significa nada. Eso era cosa de mi familia. Sobre todo de mi padre. Pero ya no está.

—Con más motivo ahora que el viejo ha muerto. Ya es seguro que no lo haces por él. Ahora significa que has tenido un objetivo y lo has cumplido. Un objetivo que no sea yo ni tenga que ver conmigo sino algo que hagas tú misma y para ti. Si no supiera que lo quieres de verdad, no te lo propondría.

—Vale, acepto. El curso que viene hago Geología.

Reí. Alonso había conseguido moverme de nuevo la fibra.

Sabía que se guardaba para sí que quería que yo acabara los estudios.

Me conmovió, es la verdad. Pero también me resultó fácil aceptar.

Todavía quedaban un par de semanas para que acabara el plazo de matriculación y en ese tiempo podían pasar muchas cosas. Y vaya si pasaron.

—o—

Al fin de semana siguiente, Alonso y yo ya habíamos montado nuestro pequeño plan.

En principio mi iniciación cornuda iba a ser con una prostituta poligonera.

No era muy glamuroso, pero era lo que creímos más accesible sin que pudiera írsenos de las manos.

Muchas veces habíamos pasado por allí y las habíamos visto en posición sugerente tras volver de algún bolo mío o ir a tomar copas.

Además estaba fuera de nuestra esfera de amistades y conocidos. Podría valer.

—El problema es, cari —le decía yo a Alonso—, que me gustaría ver o escuchar algo. Si me lo tienes que contar vale, pero no es lo mismo.

—Entiendo.

—¿Y una grabadora?

—Ni hablar.

—¿Y eso por qué? Las hay muy pequeñitas.

—Pues porque es ilegal.

—¿Y?

—¿Cómo que «y»? ¡Que soy abogado, Lore!

—Bueno, pues alguna otra cosa intermedia.

—¿Como qué, a ver?

«Mmm», pensé relamiéndome al momento.

—¿Y si me llamas por el móvil y dejas la llamada encendida? Así yo podré escucharlo todo.

Alonso se quedó dubitativo. Algo estaba maquinando. Algo jurídico. Le leí la mente.

—Haremos eso —sentenció—. Si lo descubren siempre podré decir que antes te había llamado y se me olvidó colgar la llamada. Va a ser más creíble eso que pensar que dejé conscientemente encendido el aparato para que mi mujer me escuchara follando con otra.

—Ah, y protección. Muy importantes los condones, cari. No es plan de que acabemos pillando alguna mierda venérea y acabes tú con la polla cayéndosete a trozos y yo con el coño como unas natillas de flan Dhul.

Mi Alonso no pudo aguantar la risa. Siempre le había cautivado mi forma directa y gráfica de hablar.

Tal vez por eso la pazguata de Sandra nunca tuvo ni la más mínima oportunidad con él.

De todos modos, detrás de mi vocabulario siempre hay un rescoldo de fragilidad.

Ojalá algún día consiguiera follar con Alonso con la misma soltura con la que le hablo.

—o—

Había llegado la noche indicada. Si todo iba bien, acabaría cornuda. A Alonso ya lo tenía bastante estricto con el ejercicio y la comida, pero todavía no se veían los resultados. Ya perfeccionaría eso. Lo miré y allí estaba mi marido peinándose en el baño.

—Tendremos que cambiar eso —le dije.

—¿Eso? ¿A qué te refieres?

—A tus trajes. Pareces un vendedor del Corte Inglés.

—No sé. Son trajes. Tampoco hay mucho dónde elegir.

—Sí que lo hay. Mira a Teo. Tiene su estilo, su sex appeal. Tengo que lograr darte el tuyo.

—Voy a ser tu muñeco, ¿eh? —me sonrió.

—¿Acaso lo dudabas?

Me acerqué. Yo ya estaba vestida con unas mallas negras y un jersey negro. Las zapatillas de deporte eran blancas. Tenía la conciencia de estar haciendo algo inmoral e ilegal y me dije que nada mejor que ir vestida de lo que pensaba que era una ladrona. Al menos en los cómics iban así.

—No tienes por qué ponerte eso en la cabeza, Lore.

Se refería a un gorro andino azul marino que me habían regalado hace cosa de cuatro milenios cuando mi cabeza era más pequeña. Me aprisionaba la sien, pero yo me veía muy chula en plan amazona nocturna.

—Vale, me quito el gorro. Estoy nerviosa.

—Y yo. Mira mis manos.

Joder. Alonso estaba temblando. Nos íbamos a ir de putas y parecía que íbamos a atracar el Banco Hispano-suizo.

—Te amo —me dijo—, pero, si no quieres…

—No sigas, joder. No te me pongas sensiblero. Es lo que queremos. Llevamos días hablándolo. Llevamos sin follar un buen tiempo, sólo aquello del sofá.

«Lo necesitamos». En verdad lo necesitaba. No sé si Alonso lo necesitaba igual que yo, pero por lo menos estaba dispuesto a intentarlo.

El plan que habíamos maquinado era simple.

Mi marido saldría solo, iría delante en su Audi A4 Sedán y yo iría detrás en mi Citroën C3 a corta distancia.

La idea era que parara, subiera a la prostituta y estacionara en algún lugar en el que yo pudiera intentar ver algo.

Llevaba unos prismáticos pequeños que tenía desde niña y tenía la esperanza de que con ellos y el móvil encendido no tuviera que recurrir mucho a mi calenturienta imaginación.

—¿Alonso? —pregunté por el manos libres al recibir la llamada de mi marido.

—Dime.

—Te escucho bien.

—Dejaré el móvil bocabajo al lado de la palanca.

—No, ahí no —objeté cual experta detective.

—¿Y por qué no?

—Pues porque si hay folleteo ahí se va a mover. Se caerá y lo descubrirá.

Lo cambió a su guantera y allí lo dejó. El sonido era mejorable.

Llegamos a la zona. Los polígonos industriales por la noche dan más miedo que los cementerios.

Todo cerrado y sin vida salvo una fila de coches dando vueltas por una rotonda en la que las fulanas estaban apostadas esperando a los clientes.

Yo seguía circulando lentamente sin quitar ojo al Audi de mi esposo.

—¿Alguna novedad?

Pregunté, pero no me escuchó o la señal no llegó.

El Audi de Alonso se paró, bajó la ventanilla y habló con una despampanante africana de ébano.

Escuché por el manos libres: «Yo ya con aquel».

No estaba disponible. Se subió al coche que estaba inmediatamente detrás de él.

Habló con otra y ahora sí, la pilingui se metió en el coche.

La cosa estaba emocionante. Arrancó y circuló unos metros aparcando tras salir de la rotonda al lado de una nave industrial que ponía «Piensos Egabrenses S.L».

Pasé de largo y aparqué detrás de unos árboles que había más adelante.

En teoría podría ver la acción desde allí.

En teoría claro. Porque la puñetera realidad es que no veía una mierda.

Ni prismáticos ni leches. En las películas queda todo muy bien, pero con o sin prismáticos, de noche y a oscuras no se veía una puta mierda.

Y el sonido no es que fuera mucho mejor.

Sin embargo, algo escuché. Mi imaginación podía apañarse con lo que tenía.

Al menos me había fijado cómo era ella al montarse en el auto.

Llevaba un vestido imitación al látex —de plástico barato— que se ceñía a ella sin miramientos marcándole los michelines.

No es que estuviera gorda, pero aquel vestido reluciente de plástico marcaba cada uno de los pliegues que tenía su barriga.

Su traje más que minifalda lo que tenía era una microfalda que cubría solamente la mitad del culo dejando ver la mitad de los glúteos.

Hasta yo podría darle mejores consejos para vestir de prostituta.

El sujetador debía ser dos tallas más pequeñas porque sus melones sobresalían pidiendo auxilio.

Mechas rubias, maquillaje barato y muy recargado.

Más que rímel parecía que llevara un antifaz en aquella cara curtida por mil polvos.

«Son noventa euros por un completo», llegué a escuchar.

¿Completo? Ni que follar fuera un sándwich.

A estas alturas le había comenzado ya a meter mano a mi Alonso abriendo la bragueta y yendo directamente a su polla.

Quería pajearlo para poder ponerle un condón. Mi cari no se empalmaba.

—¿Eres marica, o qué? —le dijo a mi marido.

No creo que fuese la mejor táctica para excitar a un hombre.

Reconozco que me cabreé un poco con la furcia y salió ese lado machista que muchas mujeres llevamos dentro.

«Como vuelvas a poner en cuestión la hombría de mi marido salgo del coche y te parto la cara, puta», advertí en mis pensamientos.

Siguieron sonidos que no llegué a distinguir.

Alonso había buscado la erección excitándose mirando las tetas de la fulana, pero el perfume que desprendía era tan intenso que le mareaba y apenas podía concentrarse.

Cuando la polla alcanzó a estar algo salchichona, la puta le puso el condón a duras penas y comenzó a darle lametones.

Escuché, por fin, los sonidos que parecían ser de una mamada.