Capítulo 2
Capítulo
«No serás penetrada por ningún otro varón que no sea yo»
Resulta curioso cómo funcionan las relaciones matrimoniales.
Días después de que confesara mis deseos a Alonso la cosa volvió a la normalidad.
Volvíamos a ser los de siempre, cariñosos y cómplices.
La cara de morder limón se nos fue, es cierto, pero tampoco había que engañarse.
Las cosas no eran exactamente como siempre.
Le había manifestado claramente y sin ambigüedades que me gustaría que se acostara con otras.
El magnífico sexo manual —un diez para mí— que vino tras aquella revelación no acababa con el problema, sino que lo aplazaba hasta la siguiente conversación.
Un nuevo libro de cristalografía que estábamos editando me estaba volviendo loca y me había llevado trabajo a casa. «La madre que parió a Raquel», me dije y la llamé por el móvil.
—Oye, tía, has dibujado mal los puñeteros sistemas cristalinos. El triclínico y el monoclínico están confundidos.
—¿Y no podías decírmelo mañana?
—Sí, pero no te jodería hoy.
—No jodas mañana a quien puedas joder hoy.
—Ese es mi lema. —Mi amiga ya notaba mi alegría, así que algo más quería decirle—. Fuera de bromas, además del estropicio este de los sistemas quería darte la noticia rápido. ¡Nos han llamado del Strada para un bolo!
—Joder, tía.
—Pues sí.
Raquel, además de buena compañera y una diseñadora gráfica competente —aunque algo despistadilla— era miembro del mismo grupo que yo: The Fresh-ones.
Nuestra intención era jugar con el significado en inglés («The Fresh ones»: algo así como «las frescas») y lo que parecía leerse en español: fresones.
Ella había diseñado como emblema una fresa femenina muy pizpireta que llevábamos siempre en nuestros trajes.
Éramos un grupo de armonía vocal: una mezcla de jazz y doo-woop de los años cuarenta al sesenta junto a mis adorados The Manhattan Transfer de los cuales tenía un póster enmarcado en el salón junto al sofá.
Sí, el mismo que había sido testigo de mis artes masturbatorias.
Era una pena que no pudiera hablar de mis sentimientos sexuales con Raquel.
Ni con Raquel ni con ninguna de mis amigas o conocidas.
Bajo esta capa de espontaneidad y mi lenguaje de camionero se escondía una personita a la que le costaba mucho abrirse emocionalmente.
Joder, han tenido que pasar años para poder decirle a Alonso, mi mejor confidente, que me gustaría que se follara a otras y que yo lo disfrutaría.
Desde que se lo dije me vienen de vez en cuando imágenes a modo de flashes que intento quitarme de la cabeza.
Raquel con la polla de mi marido en la boca.
Kata con las piernas abiertas en el sofá y mi Alonso allí como un campeón dándole que te pego.
Cosas así, tampoco lo pensaba a todas horas, pero cuando me venía el flash —como le decía yo— me absorbía la mente por un rato.
Comprended que no es algo que se le pueda contar a una amiga: «Sabes, Raquel, me gustaría que mi marido te horadara con su polla esa boquita de piñón que tienes».
O sale corriendo o te dice que sí y acaba cogiéndole gusto a saborear el rabo de tu esposo.
Las dos cosas causarían problemas porque las relaciones humanas, incluida la amistad, cuando hay sexo de por medio, se complican.
—Oye, Raquel, te dejo que ya está llegando Alonso.
Escuché a Alonso entrar. Su sonido era inconfundible.
—¡Cari! —le grité.
—Al final no he cenado nada en la oficina. Voy a ver qué hay.
Abrió la nevera y sacó de allí lo necesario para prepararse un sándwich de mortadela con aceitunas acompañado de una cerveza.
—Ah, no —le dije al sorprenderlo agenciándose la mortadela.
—¿Qué pasa?
—Tenemos que hablar de eso.
Mi cari sabía que «eso» podían ser muchas cosas. Y no todas iban a ser buenas para él. A los hombres hay que regañarles de vez en cuando, si no se te suben al moño con facilidad. Dejó el bocata sobre la mesa y me acompañó al salón.
—Si queremos que nuestra vida sexual acabe bien, tienes que dejar esa mierda.
—¿Qué mierda?
—La mortadela de aceitunas y los embutidos.
—Pero si la compras tú, a mí plin —puso cara de quitarle importancia.
—Sí, plin plin y te la zampas.
—¿Y qué pasa?
—Pues que si queremos que estés follable tienes que mejorar de aspecto.
«Joder», pensé. «Ya la he cagado».
—Perdona, no quería…
—Estoy follable, bonita, que lo sepas.
—Sí, ya sé. Quería decir «más follable».
—Ahora intentas arreglarlo. —Alonso se reía de oreja a oreja. Por lo menos no se ha enfadado. Lo que le he dicho me lo dicen a mí y no dejo títere con cabeza.
—Es que es importante… —hice pucheritos como niña buena.
Lo que le decía a mi Alonso no era broma. Los dos lo habíamos hablado. La vida no es una película porno. Así que, si quería convertirme en cornuda no iba a resultar tan sencillo como que Alonso saliera por las noches a cazar chatis a algún pub.
—Tú te crees que eso de ligar está tirado. Pero para los tíos no es tan fácil como para las tías. —Alonso quería justificarse con estos razonamientos.
—Perdona, bonito, pero para las tías tampoco es fácil.
—Nada de eso. Si una tía quiere salir a follar, acaba follando esa noche.
—Te equivocas.
—¿Por qué?
—Pues porque para nosotras no se trata de salir a follar así sin criterio como si cualquier cosa pegada a una polla nos valiera. Elegimos y nos gusta el que nos gusta. Y el que no nos gusta, pues no nos gusta y punto.
—¿Ah, y nosotros no?
—Al final cualquiera os vale. Nosotras somos gourmet y vosotros de menú del día…
—No es así y lo sabes. Al menos yo no quiero eso.
«Qué tierno», pensé mientras me hablaba.
—Joder, Lore —continuó— lo que me costaba cuando estaba en la Uni. De hecho, no ligué nunca en un puñetero bar. En fiestas en los pisos de mis compañeros sí, pero en garitos, lo que se dice en garitos, nunca.
La conversación siguió por diversos derroteros.
En gran medida sabía que Alonso tenía razón.
No era pan comido. De entrada, descartábamos conocidos del trabajo y amistades.
Éramos primerizos y necesitábamos algo manejable.
Hacerlo con las del trabajo, amigas o conocidas acabaría generando movidas y problemas que por ahora no necesitábamos.
Estuvimos de acuerdo en que lo mejor era contratar a una profesional.
Y cuando digo «profesional» quiero decir puta.
Tampoco es que tuviéramos los dos un máster en putiferio. Era un mundo desconocido para nosotros, pero por lo menos discreción habría.
—Antes de empezar con esto —mi cachorrito me miró a los ojos. Sabía que iba a decirme alguna cosa importante de abogado—, tenemos que tener unas reglas claras.
Era casi matemático. Siempre tenía que sacar alguna regla. Pero tenía razón. Si queríamos mantener el control había que ser sinceros con los límites y con lo que buscábamos.
—No sé —le dije.
—Sí que lo sabes. Esto ha sido cosa tuya y tú eres la que pone las reglas.
—Vale. Pues tengo clara la primera: no quiero acostarme con nadie que no seas tú —fui rotunda.
—Eso es poco preciso.
—¿Poco preciso? Pues yo creo que está clarito.
—¿Y si alguna de mis amantes te pidiera hacer algo en su cuerpo o te hiciera algo?
Vaya, vaya. Parece que mi Alonso ha pensado más en mi propuesta de cuernos de lo que parecía.
Me gustó que hubiera tenido fantasías al respecto.
Me estaba sintiendo un poco mal por ser yo la que lo conducía; saber que él ya estaba metido en estos pensamientos me ayudaba.
Claro que no debería haberme sorprendido mucho, a fin de cuentas, que tu mujer te diera carta blanca para follar con otras no debe ser de los grandes traumas en la vida de un hombre.
—Bueno, es verdad. Tampoco es tan radical la cosa —admití.
—Propongo la siguiente redacción.
—No te me pongas nerd.
—«No serás penetrada por ningún otro varón que no sea yo» —dijo como si estuviera sentenciando un magistrado del Supremo.
—Mmmm —musité pensativa. Así dicho la cosa daba para muchas y excitantes posibilidades—. Te lo compro.
—Vale.
—Voy con la segunda, cari. —Me puse también con tono épico para no ser menos que mi Alonso—.
La segunda es que voy a cuidar tu imagen y tu alimentación.
Antes de que digas nada ya sé, ya sé, estás muy bien, yo te quiero mucho, tienes una buena polla, te quiero tal cual y todo eso.
Sabes que es verdad así que no me malinterpretes.
—Concreta.
—Pues que aunque me gustas así quiero que seas rompedor. Es lo que me pone. Mi fantasía necesita algo de humillación y de poder. Me excita verte poderoso y que a la vez seas mi marido. Eso me pone mucho. Y sé que puedes mejorar, sé que puedo conseguir un mejor Alonso. Estéticamente hablando.
—Ok. Yo te compro ahora eso.
—Además. —Ahora sí que me puse seria—. No quiero que me engañes.
Alonso se extrañó. No sabía a qué venía eso.
—No entiendo, creía que…
—Sí, sí, no se trata de no follar con otras.
Evidentemente eso es lo que quiero. Pero no quiero que me engañes.
Quiero que lo hablemos todo. Quiero que me cuentes cada una de tus experiencias y emociones.
Quiero que si te follas a una en cualquier esquina me lo digas, me lo cuentes, me excite con ello.
Si yo no lo sé, es un engaño y sí que lo considero una infidelidad.
Sé fiel conmigo contándome todas tus infidelidades, porfi.
—Te entiendo. Esto no tendría sentido si tú no lo disfrutas.
—Si los dos no lo disfrutamos, cari, esto no tiene sentido. En el momento en el que esto no nos ponga, cortamos y apechugamos con las consecuencias. Pero sinceridad el uno con el otro.
—Como siempre.
—Eso.
—Y deberíamos tener una palabra de emergencia.
—Vaya, veo que no ha perdido el tiempo, señor letrado. Algo así como en el sado, ¿no?
—Sí, como en el bondage. Una palabra que sea nuestra voz de alarma.
—Ya sé cuál —le dije.
—¿Cuál?
—Paleozoico —era lo último que había corregido del libro de cristalografía.