Capítulo 1 #5
Loreto siempre había querido a Alonso con locura y por alguna extraña razón psicológica soñaba con que su marido le pusiera los cuernos.
Reprimía a menudo estos sentimientos, pero volvían recurrentemente, llegando, de vez en cuando, a dominarla.
Y sin embargo, para que os hagáis una idea del odio que le tenía a Sandra, jamás Loreto había fantaseado con que Alonso se la tirara.
Loreto fantaseaba con que su esposo se tiraba a todas sus amigas.
Soñó con que se follaba a Kata, su empleada doméstica.
En su interior, Loreto deseaba llegar algún día a casa y encontrarlos allí fornicando como conejos sobre el sofá para su disfrute.
Pero era incapaz de fantasear nada con Sandra.
Esto de fantasear con la infidelidad no es universal.
Que te gusten los pasteles en general no significa que por obligación te tenga que gustar un croissant seco.
Y Sandra era el croissant seco de Loreto.
No quería que su marido hiciera nada con ella.
Ya le jodía que estuvieran trabajando juntos.
Ese fue realmente el motivo por el que en su día tras discutir a solas con Sandra para echarle en cara su comportamiento no le dijo nada a Alonso.
El dinero que había ganado ella en la inmobiliaria fue clave para que pudieran formar el bufete.
Y Alonso estaba tan contento de formarlo con su amigo Teo que Loreto no quería fastidiarlo contándole nada.
Por fin, Sandra y Emilio llegaron al portal. Subieron en el ascensor y entraron en su piso. Encendieron las luces. Nada más cerrar la puerta tras de sí, ella ya comenzó a dar órdenes.
—Ve a desnudarte.
Emilio fue obediente al dormitorio y allí, nervioso, comenzó a desnudarse. Sabía que cuando Sandra ordenaba esas cosas era porque iba a haber algo de acción sexual.
Mientras Emilio se quitaba la ropa, Sandra entró en el servicio a orinar.
Demasiada cerveza 0,0. Al salir se dirigió al dormitorio mientras se quitaba la chaqueta y se desabrochaba la camisa.
Emilio, sentado en la cama, la vio entrar.
Todavía con sus tacones, con su falda y sólo luciendo el sujetador.
Como siempre, la cara de asco no se le quitaba. Pero esto excitaba más a Emilio.
—Échate para atrás, putita —ordenó ella mientras Emilio dejaba las piernas colgando al borde de la cama y se tendía boca arriba—. Eres un puto maricón de mierda.
Sandra, manteniendo el equilibrio sobre su pie izquierdo, colocó su pie calzado derecho sobre la entrepierna desnuda de su marido con tal precisión que su tacón quedó encima del candado de la jaula de castidad que llevaba puesta Emilio.
Una jaula de acero que aprisionaba sus pelotas y dejaba encorvado y retraído su pequeño pene.
Presionaba cada vez más para clavar la jaula de castidad en la ingle de Emilio aumentando su dolor.
Sí, señores. Emilio, el aparente machista repipi que andaba salido todo el rato, además de pichacorta era un sumiso algo acomplejado.
Delgado, de rostro ovalado y poco músculo, no parecía hombre para Sandra.
Ciertamente no lo era y esto generaba preguntas sobre los motivos que la habrían llevado a casarse con él.
—¿Qué quieres, niñata?
Para que no haya confusión: ahora «la niñata» era el pobre Emilio, que miraba al techo excitado con el rabo ensanchado, pero sin poder tenerlo erecto a causa de la jaula que lo constreñía.
—Lo que usted ordene, Ama.
La señora ahora movía su pie en círculos sobre aquel artilugio castrante.
—¿Quieres esta llavecita, verdad, putita? —giró el pie e hizo tintinear la llave de la cadena tobillera que llevaba.
—Lo que mi Señora ordene.
La señora se metió las manos debajo de la falda y se quitó las bragas.
—Toma, niña, que lo estás deseando —le dijo mientras se las metía en la boca.
Se dejó la falda y se la enrolló hacia arriba.
Se recostó en la cama encima de Emilio y se desplazó poquito a poco hacia su cabeza.
Sandra se arrodilló en la cama sobre el rostro de Emilio, de cara a él, encajando allí su coño.
Ella bajó la mano y le sacó las bragas a su maridito de la boca para cubrirle los ojos con ellas como si fuera un antifaz.
Como antifaz las bragas usadas no eran muy efectivas porque algo podía verse a través de ellas, pero no mucho ya que Sandra bajó sus genitales posándolos sobre la boca de Emilio y se bajó la falda para cubrir la cabeza de su sumiso.
Parecía que sentía vergüenza ajena de ver debajo de sí a todo un «empresario» con la polla aprisionada y medio asfixiado por el coño de su señora aceptando devotamente los insultos que le profería.
—Marica de mierda, méteme la lengua en el coño, que es lo único que sabes hacer.
Emilio, obediente, sacó su lengua, que era larga.
Su punta tocó primero el clítoris y al alargarla un poco más se deslizó entrando en la vagina.
Todavía podía sentir el sabor salado de los orines de su señora mezclado con el sabor inconfundible, genuino, de su coño.
Comenzó a mover la lengua en círculos primero, luego hacia adelante repasando el clítoris y frotando con esmero el botón de su ama.
Sandra, encima de él, miraba al frente amargada.
«No es esto lo que quiero», se decía. A ella lo que le habría gustado es tener una polla reglamentaria en la entrepierna y no esa especie de gusano que le frotaba el coñito.
Ciertamente con esmero, pero el esmero pocas veces puede reemplazar a un pollazo.
Sobre todo, si son pollazos con esmero. Emilio rotaba la lengua en varias direcciones, algunas más placenteras que otras.
Para poder correrse, Sandra tenía que pensar en algo que la excitara.
Durante mucho tiempo había fantaseado con Alonso.
Con su sonrisa, su alegría, su cuerpo, sus brazos y con el bulto que se le dibujaba en la entrepierna.
En el despacho había mirado de vez en cuando el paquete a Alonso.
No es que los trajes de abogados dejen mucho a la fantasía, sobre todo los de los hombres, pero entre muslo y muslo podía entreverse que se escondía un magnífico miembro.
Así era. Y no lo disfrutaba ella. Lo disfrutaba la niñata.
Lo disfrutaba Loreto Guzmanrique. Y eso le recomía el coño.
La enfurecía. La enfurecía tanto que ya no podía excitarse pensando en Alonso porque inmediatamente su odio caía sobre Loreto y perdía la excitación.
Así que fantaseaba con piratas. Un poco cursi, pero efectivo.
Ella era una pobre damisela victoriana —poco le importaba la precisión histórica— que era abordada durante un crucero por un pirata de pata de palo y polla de buena carne.
La rescataba de aquel mundo infernal y allá en el mismo camarote principal del barco le abría las piernas y le metía el mástil loco de pasión por su belleza.
Había que tener mucha imaginación para pensar que la lengua de Emilio era el mástil enhiesto de un pirata polludo, pero la necesidad hace virtud.
Y Sandra comenzó a mojarse un poquito. Los flujos resbalaban por la lengua del sumiso, que ahora volvía a centrarse en el clítoris de su dueña.
Sandra no se movía hasta que alcanzaba el punto de excitación necesario.
Y llegó el momento. En sus pensamientos el pirata ya le había dado la vuelta y la follaba a cuatro patas sobre un camastro miserable.
En la realidad la lengua del adefesio que tenía bajo su coño frotaba y frotaba sin parar sus genitales centrándose cada vez más en el clítoris.
Y se corrió débilmente. Un pequeño estertor.
Un sucedáneo de orgasmo para ir tirando.
—Quédate así, mariquita.
Ella se bajó de la cama, se puso una bata y salió a la terraza a fumar un cigarrillo.
No era el cigarrillo de después de un buen polvo.
Era el cigarrillo que intentaba suplir un mal polvo.
Mirando a las luces de la calle pensaba por qué su vida sexual era tan miserable.
La frustración no era sólo sexual; también laboral.
Desde los años en los que entró a trabajar en la inmobiliaria servía como asesora del clan de los Cotrina, mafia local que especulaba de modo fraudulento con la compraventa de terrenos.
Con habilidad lo había mantenido oculto a sus compañeros de despacho, pero era algo que cada noche la carcomía.
Por eso trataba de ser tan perfeccionista con los pequeños detalles en el bufete.
Era la forma de olvidar que de alguna manera lo estaba traicionando.
Al volver, allí seguía Emilio, tendido en la cama mirando al techo y relamiéndose con lo que le quedaba en la boca de la reciente degustación del coño de su mujer.
Sandra se acercó y metió un dedo entre la jaula.
Con la yema de su dedo logró frotar levemente el capullo de Emilio dentro de aquel artilugio.
La jaula apenas vibró. Emilio eyaculó débilmente.
Aquello era casi un orgasmo arruinado: el semen salió, pero no hubo realmente orgasmo, sino unas pequeñas contracciones musculares poco placenteras.
Si ella había tenido un orgasmo de pena no iba a dejar que el marica de su marido tuviera uno completo.
—Ve a lavarte esto, anda.
Obediente, allá se fue Emilio a enjuagar sus partes con la jaula todavía puesta y secarse con el secador para que no quedara humedad en el interior de aquel artilugio.
Sandra se desnudó por completo, se puso una bata y se metió en la cama. Cuando Emilio volvió ya se la encontró dormida.
—o—