La Cornuda Fiel Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

Alonso no dijo nada. Giró la cabeza y se centró en la escena. Ahora la rubia había subido una de las piernas por encima del hombro del chico y este le follaba su coño depilado.

Notaba las venas de la polla de mi marido.

Seguía bien tiesa y yo seguí con los trabajos manuales.

Ahora, mientras subía y bajaba, hice un giro de muñeca que resultó delicioso para Alonso.

Lo noté porque le cambió la respiración.

Estaba excitado, muy excitado, lo que hizo que yo también comenzara a estarlo.

Mi mano izquierda buscó el bote del aceite corporal mientras la derecha subía y bajaba regularmente por el cipote de mi amado.

Me mojé con el aceite la punta de los dedos y con esa misma mano izquierda busqué mi clítoris.

Quería masturbarme. Estaba caliente, pero no quemándome del todo.

Necesitaba más para poder correrme rápidamente.

Si no estaba tan cachonda como Alonso él acabaría antes que yo y a mí todavía me faltaría mucho, quedándome compuesta y sin orgasmo.

Así que tenía que ser proactiva. Hacerle una buena paja no era suficiente, al menos para mí.

—Quiero que me digas que te follarías a esa rubia —le pedí.

Giró la cabeza.

—No me mires, cari. No me mires. Tú sólo concéntrate en ella y no en mí que yo sé lo que tengo que hacer.

Alonso dudaba, pero tenía que confiar en mí. Lo que le estaba haciendo le estaba encantando y a la vez inquietando. Fui moviendo mi muñeca a ritmos distintos para evitar que el orgasmo le llegara rápido.

—¡Qué buena estás! —dijo.

—¿Esa zorra rubia o yo?

Volvió a girar la cabeza como no sabiendo qué decir.

—¡Que no me mires! Te lo he preguntado. ¿Está buena esa putona?

Alonso ya miraba disciplinadamente hacia la pantalla y por fin comenzó a darme lo que quería.

—Está buenísima la muy zorra. Así puta, mueve tu culo, quiero follarte con esos tacones de puta que llevas.

Demasiado teatral, pero me sirvió. Me recorrió un escalofrío.

Me cambió el cuerpo. Se me activaron los chacras.

Algo hizo clic y ahora sí comencé a lubricar abundantemente.

Estaba caliente y eso me gustaba. Seguí pajeándolo a él y moviendo mis dedos en círculo sobre mi clítoris tal como me gusta.

Le miré a los ojos y vi el reflejo de la pantalla en sus pupilas.

Concentrado en la escena ya se había olvidado de mí.

—Zorra, toma polla, toma, toma, toma, puta, toma, toma.

En la pantalla estaban ahora follando a lo perrito. Alonso seguía dándome lo que quería. «¡Toma, zorra! ¡Toma!» le gritaba.

Aumenté el ritmo. Ahora mi mano aprisionaba con más fuerza las venas de la polla de mi marido moviéndola con mayor intensidad.

Arriba y abajo. Arriba y abajo. Yo estaba alcanzando un punto muy rico en mi coño.

Me conozco y supe que iba a correrme en breve.

Quería conseguir que él lo hiciera primero, por lo que tras aumentar el ritmo, volví a los giros de muñeca cuando llegué al capullo.

—Puta, puta, puta —dijo a la rubia del vídeo que ahora se daba la vuelta para follar cara a cara con el guaperas.

Seguí meneándosela arriba y abajo; movimientos de muñeca. Arriba y abajo. Yo me seguí frotando. Las mujeres sí que podemos hacer dos cosas al mismo tiempo. Bendito sea.

El maromo del vídeo se la había sacado a la barbie rubia y tras unos cuantos meneos eyaculó sobre su vientre.

Ella sonreía como si hubiera ganado un premio.

Ahora sí, aumenté más el ritmo de la paja.

Arriba y abajo, arriba y abajo, un par de giros de muñeca en el capullo y por fin el grito potente y sin miedo de mi esposo.

—¡Joder, ahhh!

Y de su polla brotó el esperma acumulado expandiéndose por todos lados. Parte de la corrida la absorbió la franela del pijama y otra se me escurrió entre las manos para manchar el sofá.

Ahora sí. Viendo cómo mi marido se había corrido pensando en la rubia, el fuego me invadió y, tras frotarme como me gusta, me corrí.

Me corrí como siempre debería poder correrme.

Completamente. Sin fisuras. Me vibró toda la entrepierna.

Sólo arqueé la espalda y miré al techo dando gracias por conseguir que Alonso y yo pudiéramos volver a gozar juntos de nuevo.

Caímos rendidos en el sofá. No nos dijimos nada por el momento. Nos miramos y de pronto comenzamos a reírnos de modo cómplice. Estaba claro que no iba a hacer falta divorcio.

Tras unos minutos mirándonos como bobos adolescentes nos levantamos.

—Ayúdame a recoger la funda del sofá, cari, que no quiero que mañana Kata lo vea.

Recogimos la funda y Alonso la llevó a la lavadora.

—Mira, cari, a ver si también hay una rubia por allí.

—No hay una, sino tres —me dijo bromeando.

Cuando volvió, yo ya estaba en nuestro dormitorio, me había lavado las manos, vuelto a poner las bragas y el pantalón del pijama. Él buscó sus pantalones, que estaban limpios. Se los puso y, de momento, parecía que iba a dejarse puesta la camisa con la corrida.

—Espero que no se te ocurra dormir con eso.

Alonso lo entendió, se quitó la prueba de nuestra lujuria, sacó del cajón una camiseta descolorida de Los Ramones y se acostó con ella y los pantalones de franela.

Nos acurrucamos y dormimos como tortolitos.

Por cierto, no os he dicho mi rutilante y pomposo nombre: María de Loreto Guzmanrique de Peralta y Lozano. Lore para mis amigos. Y acabo de empezar una aventura que no sé a dónde me llevará.

—o—

De madrugada Sandra y su esposo Emilio caminaban por la calle en dirección a su piso.

No vivían lejos del bufete ni lejos del pub «El Ladrido» por lo que no tenían que preocuparse por el transporte.

La fiesta de aniversario había acabado y ya se recogían.

A esas horas la calle estaba vacía salvo por los operarios de la limpieza que regaban el asfalto y las aceras del otro extremo.

—Esa niñata no tiene remedio —le dijo a su marido, al que no tenía que dar ningún tipo de detalles. Cuando Sandra hablaba de la niñata se refería a Loreto Guzmanrique.

—¿Qué ha hecho esta noche?

—La he escuchado hablando con las tipas de administración. No paraba de soltar tacos. Es una malhablada. No para de soltar vulgaridades. Habla como un camionero.

—¿Y qué le escuchaste?

—Algo de que «nos podíamos meter por el culo esta mierda que sabía a morcilla».

Le había dolido bastante el comentario porque ella misma había seleccionado los aperitivos con Nuria.

Un bufete debía ser perfecto, según ella, y eso incluía cuidar los pequeños detalles aunque no supiera explicar muy bien los motivos.

¿Por qué servir canapés deconstruidos de morcilla con puré de alcachofa y cilantro era un detalle y servir sándwiches de mortadela con aceitunas no lo era?

Cada cual tiene sus neuras y Sandra tenía alguna que otra.

—Además, esa música hortera que canta con sus amigas. Mi abuela escuchaba música más actual que ella. ¡¿Pues no me dijo que teníamos que pinchar esa porquería en la fiesta?! ¡Por encima de mi cadáver!

Por la calle sólo se escuchaba el eco de sus tacones.

Sandra y Loreto, es cosa sabida, no se caían muy bien.

El odio era recíproco. Cero empatía de cada una por la contraria y cien por ciento de desprecio.

La cosa venía de atrás cuando Loreto comenzaba a salir con Alonso.

Entonces vivía en la casa de un matrimonio que le había arrendado una habitación.

La «Lore» era la rebelde de la familia Guzmanrique y había dejado por entonces la carrera de Sociología a mitad del primer semestre para comenzar al año siguiente Bellas Artes.

Resultó que no le gustaba y también la dejó por Geología, que tampoco consiguió acabar pero que le sirvió para entrar en una editorial del ramo.

Entre medias de todo aquello había conocido a su chico y entre su grupo de amigos estaba Sandra.

Al principio pareció caerle bien. Sandra siempre fue una estirada, pero entonces no estaba tan relamida como ahora.

Alonso y Teo eran pasantes en distintos bufetes y ella ya trabajaba asesorando una inmobiliaria.

En una de sus charlas en el bar, Loreto había soltado de pasada que aquel matrimonio que le alquilaba la habitación estaba a punto de cerrar la compra del siglo.

Un terreno que iba a ser la bomba dentro de unos años por muy poco dinero.

Ellos se habían enterado por un amigo de un amigo.

Una ganga que nadie conocía y que, con lo que sacaran, iban a poder mejorar su jubilación.

Sandra no dijo nada, ni habló aquel día.

Pero en tres días aquel terreno ya lo había comprado la inmobiliaria en la que trabajaba.

Loreto supo que había sido ella porque se lo sonsacó cuando se lo echó en cara a solas.

Además, Sandra no paraba de hablar mal de Loreto a las amigas del grupo sin que la Guzmanrique supiera, por entonces, por qué tenía tanto interés en soltar aquella basura sobre ella.

Lo peor que hizo, y lo que llenó de odio el alma de Loreto, es que un par de meses antes de su boda estuvo a punto de hacer correr el bulo de que se había follado a un tipejo que entonces rondaba con la pandilla.

Rápidamente Loreto consiguió cortar el rumor entre sus amigas —por entonces esto de las redes sociales no estaba como ahora— y Alonso no se enteró de aquella mentira.

No es que le preocupara que la gente creyera o no que iba a llegar virgen al matrimonio, lo que sí quería era llegar a su matrimonio y eso iba a ser imposible si Alonso se pensaba que Loreto se había tirado a alguien a sus espaldas.

No hace falta haber acabado la carrera de Sociología —menos la de Bellas Artes— para saber que algo le pasaba.

Y lo que le pasaba a Sandra era que estaba enamorada de Alonso Colmedo desde la punta de sus pies hasta la coronilla.

Desde que lo conoció en la carrera siempre había pensado que acabarían juntos.

Pero Alonso no se fijaba en ella y cayó en el embrujo de Loreto muy pronto.