Capítulo 1 #3
Alonso quitó su mano derecha de mi teta y bajó hacia su pene dirigiéndolo a tientas debajo de las sábanas hacia mi agujero.
Y allá que me la metió. Esa gran polla me penetró como tantas otras veces y como tantas otras veces no parecía que tuviera bastante con eso.
Mi cabeza estaba en otro lugar y mi cuerpo no acompañaba a Alonso, que había comenzado a moverse dentro de mí.
Encima de mí y bajo las sábanas su culo se movía dando empujones en un misionero clásico, cambiando de ritmo de vez en cuando.
Resoplaba y resoplaba y yo miré al techo intentando no pensar en nada.
Técnicamente Alonso lo estaba haciendo bien.
Emocionalmente, por mi parte, era otra cuestión.
Necesitaba tener la mente en blanco porque de pensar en algo sólo podía ser imaginarme a mi marido haciendo esto mismo con Nuria.
De tanto buscar dejar la mente en blanco me di cuenta de que estaba seca allá abajo.
Por no pensar no pensé ni en este momento en el que mi marido me estaba follando.
Su polla rozaba mi interior sin lubricación. Me escocía y seguro que a él también.
Sin ni siquiera darme cuenta Alonso ya se había detenido, me la había sacado y se había puesto de pie.
—¡Joder, Lore, es como follarse un maniquí! No podemos seguir así, nos estamos haciendo daño. Tenemos que divorciarnos.
Y salió de la habitación.
Habéis escuchado bien. Dijo la palabra maldita: «divorcio».
Hay muchas formas de decirla. Y no lo decía ni en broma ni como chantaje emocional.
Alonso era abogado, un buen abogado, lo conocía demasiado bien como para saber que cuando decía divorcio quería decir exactamente divorcio y no otra cosa.
Debía llevar tiempo amargado. Me incorporé de la cama y salí tras él desnuda de cintura para abajo.
Estaba en el salón sentado en el sofá con la cabeza baja y llorando.
Mi cari llorando allí como una magdalena y sin los pantalones del pijama con su miembro flácido replegado por lo poco excitante de la situación.
Me acerqué y le toqué el hombro. Iba a hacer una broma, pero vi en sus ojos que aquello no era una pelea más.
Estaba dolido y mi corazón comenzó a palpitar.
Pensé que lo perdía. Me senté a su lado.
Las cortinas seguían sin estar echadas y el salón seguía con la única luz que entraba de la calle de madrugada.
—Cari, lo siento —le dije.
—No tienes por qué sentirlo. Estás en tu derecho de no quererme.
—Sabes que te quiero.
—No lo creo. Llevamos meses discutiendo y no sé cuánto tiempo sin follar o sin hacerlo en condiciones. Sé sincera y dime lo que te pasa o si es problema mío porque en estos momentos estoy decidido a que no tengas que soportarme más.
—No es así, cari.
—¡Claro que lo es!
No gritó, pero sí levantó un poco más el volumen.
Me mordí un poco el labio pensativa. Llevaba pensando en ello mucho tiempo sin querer admitir mis fantasmas interiores. O reprimía para siempre mis deseos sexuales y me volvía una amargada divorciada o si quería que mi matrimonio tuviera el más mínimo futuro tenía que sincerarme con Alonso.
—Cariño, hace unos meses te dejaste aquí tu portátil y entré en él.
La cara le había cambiado. Ya no lloraba sino que volvía en sí mi abogadito de siempre.
—¿Cómo supiste la clave?
—No fue muy difícil. Era el nombre de tu madre.
Yo estaba hecha toda una detective y él todo un experto en ciberseguridad.
—Ya.
—Y vi el porno que te habías descargado.
—Pero el porno confirma lo que digo, Lore, que hemos estado sin follar desde…
—Calla un momento —le crucé el dedo índice en la boca—; que siempre tienes que andar argumentando. No te estoy echando la bronca de nada ni soy una mojigata que va a enloquecer descubriendo que los hombres se toquetean la polla viendo guarrerías.
—Pero…
—Shshshs, cállate un momentín y déjame hablar, por favor.
Cuando encontré tu porno se despertó en mí algo que durante muchos años me ha estado comiendo el coco y que creía que podía calmar, pero que ya no puedo.
No puedo dejar de imaginarte pensando en otras mientras te masturbas.
Y me gusta. Me encanta. Me gustaría que me fueras infiel con ellas.
Ahí ya se le fue la cara de abogado listillo para pasar a la cara de «¡¿Pero qué coño ha dicho?
! ¿Ha dicho lo que creo que ha dicho? ¿Habré escuchado bien?
». Mi cari no sabía dónde mirar. ¿De verdad su mujercita le estaba diciendo que le gustaba imaginárselo follando con otras?
¿La Lore que conocía le estaba pidiendo eso?
—Espera, espera, ¿esto no será algún tipo de trampa por tu parte?
—Mírame, cariño. Mírame a los ojos y estate calladito un momento.
Nuestras miradas se cruzaron y entonces sentí el escalofrío que siento siempre que Alonso y yo tenemos esa complicidad de enamorados. Mi marido sabía que estaba hablando en serio.
—Me gustaría que te acostaras con otras mujeres —le confirmé.
Silencio durante un rato. No incómodo, simplemente estábamos procesando el bombazo que acababa de estallar en nuestro matrimonio. Alonso no sabía si era la mejor o la peor de las cosas que una esposa le puede decir a su marido.
—¿Y qué es eso, alguna fantasía? —preguntó.
—Es más que una fantasía. Si fueran sólo fantasías no pasaría nada. Es algo más intenso que te atraviesa el alma en cada pensamiento.
—¿Como un fetichismo?
—No; más intenso. Es más que eso. Es mi condición, es casi mi identidad sexual. Lo necesito para ser yo. Es de una intensidad que no lo soporto. Si pudiera, créeme, me habría guardado estas mierdas en el interior y las habría dejado encerradas allí hasta que murieran por falta de alimentación.
—Te cambia hasta el semblante.
—¿Cómo? —sonreí. No me lo esperaba.
—Sí, cuando estás hablando de esto noto que vuelve la antigua Lore. Es alucinante.
—Alucinante es que sepas descifrar mi interior de esa forma, cari. Te quiero. Lo sabes.
—Yo también.
Y nos dimos un buen morreo. Un morreo de verdad. De esos en los que casi te tienen que poner luego una botella de oxígeno. Nuestras lenguas se cruzaron y nuestras salivas fluyeron alegremente mientras cerrábamos nuestros ojos. Volvíamos a besarnos como dos esposos deben besarse.
—Espera aquí —le dije.
Me levanté y de puntillas, como si estuviera haciendo algo malo y prohibido, me perdí por la casa. Volví con el portátil bajo el brazo y la botella de aceite corporal.
Abrí la computadora y la encendí. «Sería una putada que ahora no tuviera batería», me dije.
Salió la clave mientras Alonso me miraba sin saber si tenía que poner cara de agradecimiento o de inspector de Hacienda.
Escribí «Adela» y ¡ale-hop!, ya estaba dentro.
Busqué la carpeta con las guarrerías que había intentado ocultar bajo el nombre de «derecho clásico noruego».
—¿Cuál pongo?
—¿Eh? —sólo me miraba a mí. Qué ricura de hombre.
—¿Que qué abro? ¿Esta que pone «I love big boobs fucked»?
—No esa no, la que pone «Big boobs blonde fucked in laundry».
Cliqué y se activó el reproductor. En una colorida lavandería entró una rubia pechugona alta, de pelo largo y con unos taconazos de aguja transparentes y plataforma meneando el culo mientras llevaba lo que los espectadores debíamos de suponer que era un cesto de ropa con cortinas para lavar.
Ya era un fallo de guion, pues no me veía a esta rubia oxigenada lavando cortinas.
Dijo algo en inglés a un maromo que estaba allí; una especie de Ken rubio de facciones cuadrangulares que no llevaba camisa sin saber muy bien por qué.
La rubia, moviendo unas kilométricas pestañas postizas, le venía a decir que le faltaba crema y necesitaba un centrifugado.
No tenía ningún sentido lógico salvo el evidente.
El Ken sueco a diferencia del muñeco sí se calzaba una buena polla y allá que se la enseñó a la rubia como si esta no supiera ya que venía a empotrarse a la lavandería.
Se abalanzó sobre el miembro del rubiales y se puso a lamer la verga del muchacho como si dependiera de ello la paz mundial.
—Desde luego, cari, no me dirás que te gusta por su guion —dije riéndome al tiempo que comenzaba yo a acariciar la polla de mi marido.
No es por nada, pero la polla de mi marido era mucho mejor que la del Ken nórdico este que ahora andaba dándole pollazos en la cara a la lavandera.
Y eso que todavía no estaba en su punto.
Fui recorriéndola con la yema de los dedos acariciándola mientras veía cómo comenzaba a erguirse poderosa.
Necesitaría las dos manos para cubrirla y aún me sobraría polla.
Empalmado ya; vertí un poco de aceite corporal sobre el capullo.
El líquido chorreó y con mi mano derecha lo extendí bien extendido por todo el miembro.
No es por fardar, pero siempre he sido una buena pajillera de rabos.
Reconozco que hasta ahora lo del folleteo con Alonso era francamente mejorable.
Aunque nunca he sido una folladora espectacular sí le he hecho muy buenas pajas.
Así pude llegar virgen al matrimonio, porque le zarandeaba la polla cada dos por tres y en cualquier sitio.
Mi técnica de frotamiento del capullo con la palma de mi mano rozaba el Nobel.
Tras casarnos la cosa disminuyó, pero de vez en cuando seguía demostrando que, como montar en bicicleta, hay cosas que nunca se olvidan.
Pero esta vez los dos sabíamos que no era un pajote corriente.
Los había habido furtivos en lugares morbosos, pero esto era otro nivel.
Nunca le había pajeado diciéndole explícitamente que no pensara en mí.
Quería que no pensara en mí. Me cabreaba que pensara en mí por una mínima fracción de segundo.
Así se lo pedí mientras mi mano subía y bajaba por su tronco.
—No me mires —ordené—. Mira la escena y concéntrate en ella.