La Cornuda Fiel Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Lo jodido del asunto es que a la vez me cabreé y me excité.

Es más, creo que me cabreé porque me excité al pensar que Alonso se la cascaba mirando a aquellas actrices despampanantes.

Me cabreé conmigo y lo pagaba con todo el mundo.

Lo pagaba en el trabajo y lo pagaba con él discutiendo por tonterías.

Quisiera haber podido cabrearme como toda esposa por haber pillado a mi esposo viendo cochinadas.

En el fondo sabía que me calentaba la idea de imaginar a Alonso toqueteándosela pensando en otra que no fuera yo.

Siempre he tenido estos sentimientos y siempre los había conseguido reprimir.

Ahora tenía una prueba palpable de que se la había meneado pensando en otra y eso daba alas a la posibilidad de realizar mi fantasía.

A la vez, me resistía. Por eso me callé y no le dije nada.

Por eso no quería ir a la puñetera fiesta de su oficina y volver a ver a la repipi de Sandra y todo el cortejo de pasantes y administrativos con sus parejas y consortes.

Fui de mala cara y en el coche ya discutimos por alguna gilipollez.

Si no la había, yo la provocaba. No paraba de comerme el coco con todo aquello y otros sufrían las consecuencias.

Durante la fiesta del bufete, Alonso dejó por fin de discutir sobre el procedimiento de apremio con el mismo pasante al que antes Teo había torturado con dogmática nosequé europea.

Yo lo observaba desde el fondo en el que nos encontrábamos sentadas las esposas «legas en derecho».

Ninguna teníamos ni pajolera idea de leyes, por lo que entablábamos conversaciones insustanciales.

Las letradas estaban apartadas al otro lado, Sandra y su aquelarre de pijas charlando amigablemente sobre cualquier tontería.

Nuestro grupo nutría su conversación con los últimos temas de los programas televisivos del corazón.

Gasolina para el alma. Podías despellejar a cualquier fulana que hubiera salido con el jugador de fútbol Menganito sin que tuviera ninguna consecuencia. Era como hablar del tiempo.

Pero mientras daba mi aprobación al último novio de una modelo famosísima vi por el rabillo del ojo cómo tras hablar con el pasante se acercaba a Nuria.

Veintiséis añitos tenía esta ricura de pelirroja.

Diez menos que yo. Faldita corta, zapatitos acharolados y jersey marcadito.

Lo curioso es que Nuria no pertenecía al bufete sino a la cafetería de enfrente que les sirvía los cafés y les suministraba el catering.

Porque estos abogados no pueden tener como en mi editorial un cuarto con una cafetera, un microondas y una nevera.

No. Ellos más «fisnos» que nadie, tenían un catering y les servían el café.

Nuria debía de ser encantadora sirviéndolo dado que la habían invitado a aquella fiesta.

Moví la cabeza para mirarla bien y se notaba descaradamente su fascinación por Alonso.

Luchaba para impedir que sus ojos conectaran con los de mi marido.

Estaba en tensión, con las piernas cruzadas y los pies de puntillas pivotándolos sobre la punta de sus bonitos tacones mientras tocaban el suelo.

Mi marido, sin embargo, era otra cosa. Lo conocía bastante como para saber que estaba intentando argumentar cualquier chorrada.

Nada de deseo. Para él era sólo una charla intrascendente.

Y eso me jodía. Me hubiera gustado ver a Alonso coquetear con ella, que saliera algún atisbo de macho ibérico, no sé.

Algo. Pero no hacía nada y yo quería que lo hiciera.

Y a la vez me comía la cabeza. «¿Crees que estos pensamientos son normales, Lore?

», me dije. Tal vez necesitaba un psicólogo, pastillas o algo.

De vuelta a casa, en el coche, comencé mi particular interrogatorio.

—¿Qué hacía «esa Nuria» pelo-zanahoria en la fiesta?

—No sé —me dijo mientras girábamos a la derecha.

—¿Cómo que no sabes?

—No sé, Lore, no sé. Alguien la habrá invitado. Ya sabes, es la del café.

—Ya sé que es «la del café», pero te he preguntado por qué estaba en la fiesta.

—La habrá invitado Sandra.

—¿Sandra? ¿Y por qué coño la invita Sandra si no es del bufete?

Cada vez que salía ese nombre de mi boca ponía cara de estar oliendo mierda. No la soportaba.

—Sandra es la que se encarga de contratar el catering.

—¿Y eso lo tiene que hacer un socio del bufete? ¿Mañana vas tú a encargarte de que haya tóner para la fotocopiadora?

Alonso me miró extrañado.

—No, claro que no. Pero ella es muy tiquismiquis con el café.

—Sí, tiene que ser café de alguna mierda de esas que le gustan a ella. No puede tomar un puto café con leche como todo el mundo, no. Ella quiere que el café esté hecho con agua del coño de una burra de la India o algo así. ¿Me equivoco?

Alonso quería estar serio, pero se rio. Estaba guapísimo.

—Bueno, es café Kopi. Realmente no es Kopi, es un sucedáneo muy parecido, hecho igual.

—¿Y qué demonios es eso del Kopi?

—Es un café muy caro de Indonesia.

—La puta que la parió, lo sabía. ¿Y qué coño tiene ese café?

—Que es procesado en el vientre de una civeta.

Me quedé con cara de querer partir piernas.

Era ese café cuyos granos se procesan en el vientre de un animal y luego los caga —no voy a decirlo más finamente— para luego tostarlos y allá que van los pijos remilgados a pagar un pastizal por el café que sale del culo de un bicho parecido a una mofeta.

—Esta tía es tonta. Pero más tonto sois vosotros que le consentís esas gilipolleces.

Alonso no dijo nada. Sólo le dio al mando para que se abriera la puerta del garaje de nuestra casa. Una casa bien cara en una zona bien cara de una urbanización bien cara en un distrito muy caro.

—Por cierto, y no me cambies de tema. ¿Te querías enrollar con esa tipeja?

Alonso giró la cabeza para mirarme. Arqueó las cejas.

—¿Quién?

—Nuria, no me cambies de tema.

—Eres tú la que has sacado el tema y te has puesto como loca.

—¡No me llames loca!

Tenía que montar el numerito aunque reconozco que aquello muy cuerdo no era.

Alonso no contestó. Nos bajamos del coche tras aparcarlo y nos fuimos caminando hacia el dormitorio.

No nos dirigimos la palabra, pero notaba que Alonso estaba bastante cabreado porque iba delante de mí.

Generalmente me acompañaba cerca por detrás.

No encendió las luces de casa porque se veía bastante bien.

Las cortinas no estaban cerradas y entraba la luz de las farolas de la calle.

—Kata ha vuelto a olvidarse de correr las cortinas —dije refiriéndome a Katarzyna, nuestra criada polaca.

Alonso no hablaba y seguía a lo suyo. Se quitó los zapatos, luego el traje. Lo dejó en una percha y se puso el pijama.

Yo hice lo propio. Me desnudé, me quité la falda, las pantimedias y me coloqué el pijama. Fui al cuarto de baño a limpiarme los dientes.

—¿No te vas a lavar los dientes? ¡Hemos comido canapés de esos que sabían como a morcilla!

—¡Joder! —gritó. No era un «joder» de esos que quieren decir «joder, qué buena idea, Lore». O «joder, Lore, gracias por avisarme, mi vida depende de ello». Era un «joder, ahora tengo que levantarme de la cama para limpiarme los putos dientes».

—Sabían a morcilla porque eran de morcilla deconstruida —dijo mientras se enjuagaba ya los dientes con Listerine.

Lo miré mientras me quitaba el salvaslip con mala cara.

Nos metimos en la cama. Nuestros pijamas desde luego no eran el culmen del erotismo.

El de mi marido era uno masculino clásico de franela a cuadros con botones y solapas.

Ancho y cómodo. El mío era de algodón. También de dos piezas: una camisa abotonada con unos muñequitos estampados —un osito y una osita dándose la mano— y un pantalón tipo pirata con el mismo estampado.

Nos metimos bajo las sábanas. La cama aún estaba fría cuando noté que Alonso se me acercó y metió su mano entre los botones del pijama acariciándome el vientre.

Sabía que cuando hacía esa clase de gestos era que quería que hiciéramos el amor.

Y llevábamos ya varias semanas sin hacerlo y no quería que la cosa se alargara más tiempo.

Se me venían flashes mentales, como fotos, de Alonso y Nuria hablando en la fiesta.

Sobre todo de Nuria tan avergonzada de que le gustara Alonso que ni lo miraba.

La escena me excitaba, la verdad. Con estos pensamientos correspondí a la casta caricia de mi marido dándole un beso en la boca.

Nuestras lenguas se entrecruzaron y al poco él sacó la mano de entre mi pijama para acariciarme un pecho con suavidad.

—Espera —le dije mientras bajaba mis manos entre las sábanas para quitarme el pantalón del pijama.

Lo arrojé al suelo y me bajé también las bragas, que lancé esta vez a la cómoda quedando enganchadas en uno de los tiradores.

Alonso, más práctico, se quitó el pantalón y los calzoncillos al mismo tiempo y los dejó sobre la alfombra.

Estábamos ya bajo las sábanas desnudos de cadera para abajo.

Le agarré el miembro y lo zarandeé un poco.

Luego un poco más esperando a que aumentara su dureza.

Él puso una de sus grandes manos sobre mi vello púbico y lo acarició suavemente.

Mi esposo quería jueguecitos previos, pero yo andaba ofuscada en mis pensamientos.

«¿Cómo sería esa Nuria en la cama? ¿Cómo lo haría con mi marido?

¿En qué posturas?» Estos pensamientos me ponían más cachonda.

Más preliminares eran más pensamientos y no quería pensar, así que le pedí que me la metiera ya.