La Cornuda Fiel Capítulo 1
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La Cornuda Fiel

La Cornuda Fiel

Por Isacalptica

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Capítulo 1

Capítulo

«No puedo dejar de imaginarte pensando en otras mientras te masturbas»

Todos los años igual. Fiesta de empresa en el bufete de mi marido para conmemorar el aniversario de su fundación.

Desde hace cinco años se celebraba en el mismo sitio.

«Pub El Ladrido» rezaba a la entrada en grandes letras de neón junto a una cabeza de lo que pretendía ser un desafiante perro rabioso, pero que a mí me parecía una horterada en toda regla al igual que todo el pub.

A ellos les gustaba y los demás teníamos que apechugar con la decisión.

Y cuando digo «a ellos», me estoy refiriendo a los tres socios.

La primera, la única mujer, Sandra Loriega, experta en derecho real y realmente una guarra.

Guarra no en el sentido de follar mucho, que de esto debía andar escasa con su maridito, un pollo pera tan repipi y remilgado como ella, pero pichacorta —según se decía— y salido con todas las mujeres menos con la suya.

Él decía a todo el mundo que era «empresario», entendiendo por tal cosa ser un franquiciatario de varias cadenas.

Una, la de un pollo frito muy famoso que se te acaba quedando en las cartucheras y alguna otra de unos bocadillos incomestibles para todo quisqui salvo para esnobs modernillos.

Mucho marketing, pero coño, al final lo que te vendían era un puto bocadillo por más que le pusieran cualquier mierda caramelizada.

Podía verse a distancia que lo fanfarrón y machista era impostado y que se sentía fascinado por su esposa.

Ella tenía los mismos años que yo, treinta y seis, pero se la veía triste y seria.

Morena, cuerpo compacto y con curvas, pero no gorda —se ve que no comía en los garitos de su marido— siempre muy pintada y vestida estilo «abogada seria, pero elegante» con trajes de chaqueta unos días y con falda por las rodillas otros sin muchos cambios de estilo ni siquiera para ir a la fiesta de su bufete.

Eso sí, siempre tacones que hacían retumbar su mala leche allá donde pasaba y en la pierna derecha una cadena tobillera de plata en la que colgaba una llave pequeñita.

Inquietaba y sorprendía a la vez su alfiler de vestir con una circonita en forma de rombo que solía llevar en la solapa o en cualquier otra parte.

Como podéis apreciar no me caían muy bien. Sandra se dedicaba siempre a menospreciarme porque yo, aunque de buena —muy buena— familia apenas tenía estudios. Para ella yo era la «tontita» según la pillé hablando a mis espaldas.

El segundo de los socios era Teodoro Benavente, «Teo» para todo el mundo, compañero de Uni de mi marido.

Un gran tipo del que se decía que era putañero y buena gente.

Experto en derecho penal —era un crack en lo suyo—, adicto al trabajo siempre andaba con algún libro en la mano.

De hecho, en esta fiesta se le veía de pie charlando con un pasante haciendo aspavientos con un libro sobre Dogmática penal en el contexto europeo que debía ser tan interesante como aquella fiesta.

Treinta y siete años, pelo castaño, guapo, algo musculado, cosa que siempre me había sorprendido.

¿De dónde sacaría tiempo para estar así con la de horas que le dedicaba al trabajo?

Cuando trabajaba vestía siempre de traje.

Siempre impecablemente planchado, bien peinado y oliendo a «si te han acusado de robo puedo sacarte de la cárcel con la punta de la polla».

Muy seguro con todos siempre que se hablaba de derecho.

Ya más cortado cuando las conversaciones se apartaban de su terreno.

Cuando no trabajaba, iba vestido invariablemente con chándal y zapatillas deportivas.

Y por último, y no menos importante —de hecho, el más importante, para qué voy a engañaros— mi marido.

Alonso Colmedo, experto en derecho tributario y hacienda pública.

No le saquéis el tema de los impuestos salvo que queráis dormir rápido o suicidaros escuchando una ristra de consejos con tecnicismos jurídicos.

También había cumplido los treinta y siete años, como Teo.

Para mí, Alonso era el hombre más guapo del mundo, pelo moreno —morenazo— con alguna cana que lo hacía más interesante y una sonrisa que me derretía.

Le gustaba siempre ir bien vestido aunque su estilo era más conservador y anodino que el de Teo.

Ya sea para el bufete ya sea para cualquier otra ocasión, siempre de traje oscuro.

Yo diría que no llevaba traje en casa porque no le dejaba, que si no, me lo veía metido en la cama tal cual.

Lo quise desde el primer día que lo vi hace diez años cuando se acercó a la editorial en la que trabajo.

Porque sí, amigos, trabajaba en una editorial.

Pero no os penséis que era de esas editoras yuppies estilo «Fornicio en Nueva York» con una vida interesante publicando novelas románticas pseudo-bondage sobre cuán grande es el amor y cómo nos gusta que algún ricachón nos azote con él sintiéndote primero novata, luego puta, luego un poco más puta y al final, una dama respetable.

Lo que editábamos eran libros técnicos de Geología y Ciencias de la Tierra.

Y yo no era realmente editora, que ya me gustaría, sino maquetadora y correctora.

Correctora de galeradas, la última fase antes de publicar un manuscrito.

Siempre se me dio bien la cosa y ahí seguía.

Nunca me ha gustado estudiar y no acabé ninguna carrera universitaria, pero mi familia tiene pasta y contactos, así que por esta parte no me quejo.

Un día, hará cosa de diez años, entró Alonso a la editorial.

Por entonces era pasante en un bufete y lo habían mandado a imprimir nosequé que querían editar sobre derecho minero.

El destino quiso que mi compañera Marta estuviera de baja y fuera yo la que se puso a atender en recepción.

«A ver cómo le digo yo a este chico tan guapo que aquí no editamos nada salvo que salgan estratos o pedruscos».

Charlamos intrascendentemente. Le tomé sus datos.

—Consultaré con mi jefa a ver si podemos editarlo —le dije mintiendo descaradamente ya que sabía que aquello no podíamos sacarlo.

—Vale; toma, mi nombre es Alonso y puedes llamarme aquí.

Lo llamé por la tarde para darle la mala noticia y para que se pasara a recoger el manuscrito al día siguiente.

Así lo hizo y entonces fue cuando él me pidió salir.

«Tienes algo», me dijo, tras concertar una cita para ese fin de semana.

Un año y pico después estábamos casados.

Por increíble que parezca hoy en día, llegué virgen a mi día de bodas.

Lo amo con locura, pero hay un problemilla con mi amor que lo hace bastante raro.

En general soy bastante normal en sí misma.

Por fuera puedo parecer normal: piernas normales, ni largas ni cortas.

Brazos normales, tengo dos como todo el mundo.

Pecho un pelín más pequeño que la media, aunque no completamente plana.

Pelo castaño ceniza y ojos también castaños, pero claros.

Pies pequeños y manos con dedos demasiado largos para mi gusto.

Adicta a los zuecos y mules de todo tipo siempre que estén cerrados por delante y al uso de cremas para la piel; las pruebo todas.

Y sin embargo soy rara en un aspecto que nadie conoce: fantaseo a menudo con que mi marido me ponga los cuernos.

Tal cual. Que se folle a otras. No hay otra forma de decirlo.

Eso es lo que me gustaría que ocurriera.

He excavado en internet y por más que he intentado, poco me sale del tema.

De los cuckold mucho porno, muchos foros, muchas fantasías, novelas, relatos, y todos los niveles fetichistas que te puedas imaginar a cada cual más raro.

Pero las cuckquean estamos olvidadas como si sólo a los hombres les fuera este rollo y las mujeres tuviéramos que estar desterradas de tan morboso asunto.

El mundo está lleno de cornudas y es imposible que todas ellas sean miserables —alguna habrá contenta y consentida, digo yo— por lo que algo raro pasa. Un pelín machista me parece la cosa.

Ahora lo verbalizo fácilmente («Quisiera ver a mi marido empotrando a otras»), pero no siempre me fue tan fácil admitirlo.

Mi familia siempre ha sido muy tradicional y estricta en temas morales.

La de Alonso tenía menos dinero que la mía; le inculcaron el sentido del honor y del respeto que luego aumentó al estudiar derecho y ejercer la abogacía.

«Hay que hacer lo correcto», decía. Y lo correcto no suele ser ir metiéndosela a toda hembra receptiva si ya tienes tu mujer.

Ironías de la vida, el problema en estos días era que ni siquiera a su mujer se la metía.

Y no por culpa suya. Era culpa mía que llevaba días de mal humor.

Cuando quiero puedo ser muy cabrona y cuando no quiero puedo ser todavía más.

Hacía unos meses que le había visto porno en su portátil.

No soy una paranoica y no suelo verle el portátil, pero —cosas de la vida— se lo dejó en el salón y la contraseña la adiviné a la primera.

Al dejar de estar bloqueado vi que mi marido estaba viendo páginas guarrindongas.

Nada anormal. Sólo rubias pechugonas plastificadas a las que se la metían por todos lados.