CAPÍTULO 36
Ala mañana siguiente de la entrega de premios, la resaca emocional todavía me daba vueltas por la cabeza.
La copa la había colocado en mi mesilla, aunque casi no cabía, y la escarapela colgaba de la lámpara del medio de la habitación porque no sabía bien dónde colocarla.
Volver a mi habitación con las chicas me hacía feliz.
Pero no podía entretenerme mucho más con mi nuevo estatus de ganadora de la Copa de Naciones, porque, por increíble que pareciera… ¡empezaban los exámenes!
—Ya me podrían haber dado de premio no hacer ni un examen más —murmuré a las chicas mientras buscaba mis apuntes de razas de caballos—. O al menos… ¡Que me perdonaran este trimestre!
Pero no. Por mucho que ahora me conociera media Inglaterra y hubiera puesto a la Academia Rider en el top ecuestre del mapa europeo, no parecía que ningún profesor fuera a perdonarme ni una sola pregunta.
Aunque, si suspendía alguna…, esperaba que, con lo que había hecho por la reputación de la academia, nadie tuviera la cara de echarme o quitarme la beca.
Por favor, un poco de compasión, que acabo de galopar a sesenta kilómetros hora en un estadio lleno de gente, entre otras mil locuras.
Aun así, no me relajé. Me puse las pilas como nunca y lo di todo. Sobre todo, en el examen de razas, que me salió tan perfecto que, si me hubieran dejado, habría firmado mi nombre con purpurina. Me sentía en mi salsa, hablando de orígenes, características, alzadas y temperamentos.
Después del último examen, justo cuando estaba dejando mi lápiz en la mesa, vi a Mark esperándome en la puerta con la mochila en la espalda y la maleta en el suelo.
El que me había hecho sudar más que nadie en la academia.
Me acerqué con una sonrisa, y él me dio una palmada en la espalda que casi me saca un pulmón.
—No sabes lo orgulloso que estoy de ti, Olivia.
Le miré con cara de «no digas eso, que me pongo roja».
—Mark…, en serio, sin ti no habría sobrevivido. Me acordé de ti en cada prueba. De todas las flexiones, de los malditos burpees , de los abdominales hasta que no sentía el cuerpo. Me salvaste la vida. Bueno, el culo más bien.
Él soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Tú hiciste el trabajo duro. Pero no te relajes ahora, ¿eh? Para un jinete, la forma física es clave. No sirve de nada tener técnica si te caes en la segunda vuelta por no aguantar físicamente el trote en suspensión.
—Lo sé. Prometo que no me olvidaré nunca de la parte de mi entrenamiento físico. Llevaré el TRX en la maleta —le guiñé un ojo.
Mark se despidió con un fuerte abrazo. Fue un momento más emotivo de lo que me esperaba. Habíamos pasado meses currando juntos y, de repente, se me hacía raro pensar que no iba a verlo todas las semanas gritándome en el gimnasio. Me dejó con el nudo en la garganta y una promesa:
—Cuando vuelvas de Europa, te quiero ver más fuerte que nunca.
Me giré para irme, pero alguien me tocó el hombro.
—Mrs. Sab…
—Hola, Olivia —dijo ella con toda la calma del mundo—. Enhorabuena.
Me encogí un poco, intentando parecer indiferente, aunque por dentro un torbellino de emociones me daba vueltas y quería decirle de todo.
—Ya… bueno…, ¿de verdad pensó que lo podía hacer bien cuando decidió poner mi nombre en la urna sin avisarme?
Ella sonrió, segura de sí misma, casi como si ya hubiera previsto mi reacción.
—No tenía ninguna duda —contestó.
—¿Y no sufría por mí y por… Liberty? —pregunté, incapaz de disimular la preocupación.
—Bah, en algún momento puntual sí —admitió—, pero sabía que con su ingenio lo sacaría adelante. Igual que sé que esta nueva aventura que tiene por delante le va a cambiar para siempre.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Me está dando miedo y… la verdad, no sé si debería agradecerle u odiarla por… hacernos participar en esa locura.
Ella se detuvo un momento y me miró.
—Algún día me lo agradecerá, señorita. No lo olvide. Si sigue aprendiendo y formándose, puede ser una gran profesional.
Mientras se alejaba, no pude evitar soltar un suspiro. Perfecto…, con profesores así, una no sabe nunca lo que va a pasar.
Los días siguientes fueron una mezcla de despedidas, maletas y una lista interminable de cosas por hacer. Porque no era solo mi maleta. Era la de Liberty también. Y preparar su equipaje era como preparar el de una familia entera de vacaciones.
Tenía que llevarme: mantas de verano, mantas de viaje, sudaderos, vendas de descanso, vendas de trabajo, la montura de doma, montura de salto (porque, por supuesto, no sabía dónde iba, pero quería seguir saltando), varias bridas, filetes, protectores, cabezada de cuadra, cuerda de dar cuerda, su pienso e incluso la caja con sus cepillos y sus golosinas favoritas.
Menos mal que la academia se iba a encargar de todo y habían contratado una empresa especializada en transporte equino que iba a hacer todos los portes de ese mes.
Liberty viajaría como un rey en camiones con aire acondicionado, grandes redes de heno, zanahorias, paradas cada cierto tiempo y personal veterinario que iba a controlarlo.
Liberty iba a estar mejor atendido que yo en el avión, eso seguro.
Yo, por otro lado, intentaba meter toda mi ropa en una maleta mediana, sin esperanzas de que me entraran el casco y las botas. Básicamente, el 80 % de mi maleta era ropa de montar. Mi ropa de diario se reducía a tres camisetas y un vaquero, aunque en la academia tampoco tenía mucha más.
La despedida fue agridulce. No solo por decir adiós a la academia por un tiempo, sino porque también tenía que despedirme de los jinetes de otros países.
Sobre todo, de Marie, Magnus y Nil. Con ellos había compartido risas, nervios y visitas secretas a las habitaciones por la noche.
Nos abrazamos fuerte, como si estuviéramos cerrando un capítulo importante.
—Esto no es un adiós —dijo Nil, apretándome los hombros—. Es un «hasta muy pronto».
— Pinkie promise —dijo Marie, alargando su dedo meñique.
Nos entrelazamos los meñiques y repetimos al unísono:
— Pinkie promise .
Nos prometimos que haríamos algún viaje a nuestros respectivos países.
Que nos visitaríamos. Que no dejaríamos que esta experiencia quedara solo en recuerdos.
Yo ya me imaginaba con Liberty en Noruega con todo nevado, o en un campo de Andalucía con la garrocha en la mano moviendo vacas o trotando junto al río Loira con Marie.
De cualquier manera, fue un momento agridulce para todos.
El día del vuelo, me levanté antes de que saliera el sol.
Tenía las maletas preparadas desde la noche anterior.
El pasaporte listo. El casco que iba a atar en la mochila y mis botas bien limpias y guardadas con mimo en una bolsa de tela que iba a llevar aparte, esperaba que la línea aérea con la que volara no fuera de las baratas, ya que, si solo me dejaban pasar con una mochila, ya me veía teniendo que ponerme las botas y el casco y pasarme todo el trayecto de avión así, llamando la atención.
Era la primera vez que salía del Reino Unido. Y lo hacía con Liberty. Y bueno, la primera vez que cogía un avión. Viajaba para montar en centros de alto rendimiento, con la ilusión de quien va a cumplir un sueño que ni sabía que tenía.
Jack vino conmigo en el taxi. Me ayudó a cargar las maletas y, durante todo el trayecto al aeropuerto, no dijo mucho. Hasta que, ya en la zona de salidas, me miró con cara triste.
—Prométeme que vas a disfrutar cada segundo, ¿vale? —dijo, forzando una pequeña sonrisa.
—Lo prometo —le dije con una pena enorme por no vernos en tantas semanas.
—¿Vas a escribirme todos los días? O al menos uno sí y uno no.
—Pesado… todos los días, lo prometo —le dije acariciándole el dorso de la mano.
—Y que te vas a acordar de mí cuando rompas algunas normas de los centros a los que vayas —añadió Jack, y juntamos nuestras frentes mientras nos mirábamos a los ojos.
—¿Y cómo sabes que voy a hacer eso?
—Porque te conozco. Y porque me he leído todo el programa de los sitios a los que vas, y te aseguro que hay MUCHAS normas por romper.
Reí. Le di un empujón suave y le abracé.
—No puedo estar tantos días sin verte —dijo en voz baja—. Así que a uno de los países… voy a ir. No sé aún cuál, pero aprovecharé mis vacaciones así. Lo prometo.
Le abracé con tanta fuerza que me crujieron los huesos. No necesitaba más y nos dimos un último beso de despedida que se me iba a quedar grabado en la memoria.
Liberty ya se encontraba en camino. Yo estaba a punto de embarcar, con el casco colgando, la mochila en el hombro y una voz en mi cabeza gritando que todavía estaba a tiempo de dar la vuelta. Pero no, debía continuar.
Primera parada: Francia.